Estaba embarazada de mi tercer bebé y en cuidados intensivos, porque querían observarme por un cuadro delicado que presenté.
Después de sufrir preeclampsia en mi primer parto y verme cerca de la muerte por el Covid, una de mis peores pesadillas era volver a estar aislada en una sala de cuidados intensivos. Así que, mientras ocurría todo esto, solo repetía: Señor, esto no. Pasa de mí esta copa. Sabes lo que viví. Padre, te lo suplico. Pero el Señor quería llevarme allí para enseñarme algo importante.
El temor que tuve que afrontar
Aunque tuve que permanecer en cuidados intensivos un tiempo prolongado, esta vez fue diferente a las anteriores. Allí tuve que enfrentar mis peores miedos y Dios usó esto para construir en mí una mejor visión sobre la vida y la muerte. ¡Bendito sea Dios, quien no respondió mi oración a mi manera!
Mis principales preguntas y pensamientos en ese lugar eran: ¿Y si muero hoy? ¿Y si dejo a mis hijos tan pequeños huérfanos? ¿Qué hará mi esposo? ¿Y los proyectos que tenemos como familia? Padre, ¿dónde quedará todo? ¡Me queda demasiado por hacer!
Como una brisa delicada, así me llegaban las respuestas una tras otra: Todo queda aquí, Paola. No puedes llevar nada contigo en el ataúd. Las casas, los hijos, los proyectos, la pareja, la familia, las amistades, hasta el cuerpo físico… todo queda aquí. Pero… no todo termina aquí.
Podemos tener seguridad de que, si Él permite la muerte de una persona en cualquier momento dado, esto no sucede por confusión o error
Quizás no hayas vivido lo que yo experimenté, pero seguramente has asistido a funerales y escuchado frases como «Tan pequeño que era, ¡cuánta vida tenía por delante!», «Ella no logró casarse ni tener hijos», «Mira todos sus niños huérfanos ahora, ¿qué será de ellos?», «Se había graduado justamente hace un mes», «Se había mudado a un país nuevo y estaba muy feliz», «Ella estaba en medio de una misión en la India», «Él estaba ahorrando para la casa de sus sueños».
Todos estos comentarios dan cuenta de la trágica realidad de la muerte: esta llega muchas veces de forma totalmente inesperada, generando una ola de dolor y un sinfín de preguntas sin respuestas.
Pero, aún así, te puedo decir que hay esperanza.
8 verdades sobre la vida y la muerte
En este artículo quiero recordarte la esperanza viva que tenemos los creyentes, y cómo cambia nuestra perspectiva sobre la vida y la muerte.
Saber que nuestra vida no termina cuando morimos nos permite caminar como verdaderos peregrinos en el tiempo que el Señor nos dé. Por eso te comparto ocho verdades y recordatorios que han traído mucho ánimo y luz a mi vida frente a este tema.
1. Dios seguirá a cargo.
El Dios que liberó a Israel, que quitó el velo de tus ojos y que nos acompaña cada día, es el mismo Dios que está y estará a cargo de los tuyos y de los míos. Él no cambia, ni miente (Nm 23:19).
Presta atención: no es «cualquiera» quien se queda a cargo, es el gran Yo Soy (Éx 3:14).
2. Dios es santo y sabio.
El Dios que permite la muerte de las personas, aún cuando parezcan inesperadas, es el Dios santo, santo, santo. En Él no hay maldad, y por eso, aunque no siempre tengamos respuestas, reconocer Su santidad, sabiduría y bondad nos recuerda que no estamos a Su altura para ofrecerle una opción «más santa» o mejor que la que Él ha orquestado (Ap 4:8).
Podemos tener seguridad de que, si Él permite la muerte de una persona en cualquier momento dado, esto no sucede por confusión, error o cambio de planes en Dios. Su voluntad es buena, agradable y perfecta.
3. Es probable que muramos inesperadamente.
La vida implica un constante movimiento y «todo tiene su tiempo». Es altamente probable que cuando nos toque partir, estaremos iniciando un sueño, en medio de una etapa o finalizando un proyecto. Esto es parte de la vida misma, de sus tiempos y de sus ciclos (Ec 3:1-2).
Así que, a menos que nos quedemos paralizados por el temor, o encerrados en un cuarto por miedo a vivir realmente, la muerte llegará cuando estemos en movimiento.
4. Dios es el protagonista de la historia.
El ser humano suele medir la vida por lo que finaliza o logra. Tales cosas se consideran verdaderas victorias. Pero ¿y si la vida victoriosa del cristiano no se debe medir así?
Recordar la finitud de nuestros días puede llevarnos a vivir en constante ansiedad, o bien a caminar con sabiduría
Ya que todo es por y para el Señor (Ro 11:36), los eventos de nuestras vidas, desde los más ordinarios hasta los que parecen grandes, todos están diseñados para ensanchar Su nombre, a fin de dar testimonio del Dios vivo que envió a Su Hijo para rescatarnos (Gá 2:20). Tanto nuestras buenas obras —incompletas o no— como la misma muerte giran en torno de los propósitos de Dios. No somos los protagonistas de la historia, ¡y eso es liberador!
Así que, quitémonos del trono y contemplemos cómo nuestras vidas apuntan a una historia más grande y llena de propósito.
5. Pensar en la muerte puede hacerte sabio.
Recordar la finitud de nuestros días puede llevarnos a vivir en constante ansiedad, o bien a caminar con sabiduría (Sal 90:12).
Por ejemplo, considerar la temporalidad de nuestros días en este mundo, así como la vida venidera que esperamos en Cristo, es un aliado poderoso que nos ayuda a evitar perder tiempo valioso corriendo detrás de las cosas pasajeras del mundo. En cambio, nos anima a ir con más diligencia tras los tesoros del cielo (Mt 16:19-21).
6. Considerar la vida eterna te impulsa a ser generoso.
Tener conciencia de la finitud de esta vida y la infinitud de la venidera nos debe mover a ser intencionales y dadivosos con los múltiples dones que Dios nos ha dado para ser de bendición a muchos (1 P 4:10).
Esto se verá en que «sembraremos semillas» en todos los lugares donde Dios nos permita estar, pues daremos libremente de lo que hemos recibido por pura gracia. Hermanos, no nos apeguemos a lo que hemos recibido ni escondamos los talentos, sino que veámoslos como lo que son: regalos que podemos dar abiertamente. Sobre todo, compartamos el evangelio con nuestras vidas y nuestras palabras.
7. La eternidad te hace libre para disfrutar el presente.
Si pensamos que nuestra vida puede acabar pronto, vivimos afanados y apurados por sacarle el mejor provecho. Pero saber que Dios quiere darnos vida juntamente con Cristo por la eternidad nos hace libres para disfrutar el presente, mientras buscamos vivir con diligencia para Su gloria.
Esto se traduce en saborear más los momentos: aprender a amar mejor al prójimo como Dios nos manda, deleitarnos más en las conversaciones, las miradas, las comidas compartidas y las risas. Además, al vivir así, nos asombramos como niños de la creación de Dios, disfrutamos del mundo que Él hizo para nosotros y pausamos tantas veces como sea necesario para gozarnos de las bondades que Él nos da por gracia en este lado del peregrinaje (Sal 39:4).
8. Contemplar esta vida te hace anhelar el cielo.
Pensar en la posibilidad de morir nos puede sumergir en la tristeza al ver todo lo bueno, maravilloso y hermoso que estaríamos dejando aquí. Sin embargo, también podemos reflexionar en lo siguiente.
Todo lo bueno que vivimos aquí no nos debe quitar la mirada del futuro glorioso que nos aguarda
Solo conocemos lo bueno, maravilloso y hermoso de manera parcial en este mundo caído. Sus bondades son solo una representación, como un pedacito de cielo, un fragmento de la luz de Dios y de Su hermosura aquí en la tierra. El cielo es el lugar donde podremos conocer a plenitud y de manera perfecta la definición de todo lo bueno, verdadero y hermoso, cuando estemos a Sus pies, en Su presencia y con un cuerpo glorificado. ¡En ese lugar ya no habrá lágrimas ni dolor!
Vive con gratitud y anhela la gloria venidera
Quizás lo que he dicho te suene distante o no te mueva tanto como lo bueno que ya tienes aquí en la tierra. Te entiendo, también me pasa en ocasiones. Pero todo lo bueno que vivimos aquí no nos debe quitar la mirada del futuro glorioso que nos aguarda. Más bien, son regalos que debemos disfrutar, compartir y agradecer profundamente, mientras alabamos a todo pulmón al Dios tan grande, bueno, misericordioso y todopoderoso que tenemos. Un Dios que le ha placido crear un mundo donde las flores parecen dibujadas y los astros asombran aún a los ateos.
Recordemos que la muerte no dicta el final del creyente, ¡es tan solo la puerta que nos conducirá a la vida eterna! (Ro 15:13). ¡Cristo vive! Y el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos vive en nosotros aquí y ahora en la tierra. Así que, ya sea que Dios nos conceda diez, veinte o setenta años más de vida, caminemos más despacio, con gozo, con un asombro tierno, buscando la sabiduría de lo alto, con una mochila ligera, caminando por el poder del Espíritu y confiados plenamente en el Dios que nos ha amado con amor eterno (Jr 31:3).
Por Su misericordia, salí de esa clínica llena de una esperanza que no defrauda. Hoy disfruto de ese bebé tan anhelado y continúo asombrada de cómo nuestro Padre sigue usando todo para nuestro bien. Así que ahora te animo, sigue uniendo las piezas del rompecabezas de tu vida que tienes al frente, tomado de Su mano y bajo Su guía, confiando que en el futuro glorioso conoceremos aún mejor al Dios que nos amó y diseñó el rompecabezas completo de nuestras vidas. ¡Vive hoy y disfruta en Cristo la vida que Dios te ha regalado! Y al hacerlo, alábale y proclama Su nombre.




