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Satisfechos en Dios: Tres lecciones sobre el valor del ayuno

Cada domingo, luego del servicio congregacional —mientras salimos en nuestro auto—, nos preguntamos: “¿Dónde comeremos?”. Indecisos, mencionamos nombres de diferentes restaurantes. ¡Son tantas las opciones, que nos vemos abrumados! Esto me recuerda que gran parte de la dinámica de nuestros días se ha visto impactada por una cultura que busca satisfacción instantánea y nuestros estómagos no han quedado excluidos de esto.

Considerando la necesidad de llenar nuestros estómagos, el ayuno pudiera parecer extraño y sin relevancia. Por otra parte, el tema del ayuno está en conversaciones sobre cuidado físico, como el ayuno intermitente, por el énfasis en el manejo del peso y hacer ejercicios.

Sin embargo, en la fe cristiana, el ayuno representa algo distinto. Algunos abordan este tema con una perspectiva asceta, mientras que otros niegan su importancia en la práctica de la fe. Pero, en cuanto al ayuno como disciplina, lo vemos establecido en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Incluso la iglesia primitiva continuó con esta práctica.

¿Qué es el ayuno?

Donald Whitney define el ayuno cristiano como “la abstinencia voluntaria de ingerir comida con propósitos espirituales”.[1] El mismo Jesús establece la práctica del ayuno por parte de sus discípulos:

“Y cuando ayunen no pongan cara triste, como los hipócritas; porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que están ayunando. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro”, Mateo 6:16-17.

El ejercicio de este ayuno puede representar un reto como disciplina no solo por la influencia de nuestras rutinas y hábitos, sino también por nuestra pecaminosidad. Sin embargo, consideremos aquí tres lecciones sobre el ayuno:

1) El ayuno reorienta nuestros afectos

No sabemos cuánto amamos algo hasta que somos privados de ello. Es por esto que el ayuno, en cierta manera, revela aquello que ha capturado nuestra atención y que hemos entronizado en nuestro corazón. Así también, nos recuerda cómo nuestras emociones, nuestra mente, y nuestro corazón deben estar orientados a Dios.

El ayuno nos recuerda cómo nuestras emociones, nuestra mente, y nuestro corazón deben estar orientados a Dios

Los creyentes tenemos el reto de desarrollar disciplinas contraculturales que nos permitan contemplar aquello que trasciende nuestra realidad. Mientras la cultura actual nos orienta a saciar nuestro estómago sin inhibiciones, el ayuno nos mueve a dejarnos cautivar por una hambre de Dios. El ayuno orienta nuestros afectos por el hambre física y nos recuerda que somos humanos que necesitan ser saciados por lo eterno. “No solo de pan vivirá el hombre” (Mt. 4:4).

2) El ayuno persigue la piedad

Las Escrituras no dan por sentada nuestra piedad y por eso nos animan a buscarla. Esto fue lo que Pablo expresó a Timoteo: “Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad” (1 Ti. 4:7).

El ayuno bíblico nos ayuda a perseguir la piedad, pero requiere disciplina. Es paradójico que en ocasiones estamos más dispuestos a ayunar por propósitos físicos. ¿Cuánto más deberíamos estarlo para propósitos eternos?

Esta disciplina debe movernos a fortalecer nuestra relación con Dios, reflejada en nuestra santificación. Decimos que es parte de nuestra santificación porque en el ayuno, como en otras disciplinas espirituales, nos colocamos delante de Dios para anhelarlo y alinear nuestra voluntad a la suya. Como bien reflexiona David Mathis: “en ese malestar constante de tener hambre está el motor del ayuno, generando el recordatorio de inclinar hacia Dios nuestro anhelo de alimento e inspirar un intensificado anhelo de Jesús”.[2]

El ayuno representa nuestra insatisfacción con lo terrenal y nuestro anhelo por lo divino

Como toda disciplina, el ayuno demanda intencionalidad. Es un ejercicio espiritual que debe desarrollarse con toda conciencia bíblica porque debe partir de un propósito. He mencionado que el ayuno busca fortalecer nuestra relación con Dios, y podemos dedicarnos a Él en adoración, oración, y meditación en la Palabra, entre otros propósitos.

3) El ayuno nos recuerda lo temporal de la vida

Ayunamos porque deseamos aquello de la eternidad que hemos obtenido en Jesús. El ayuno representa nuestra insatisfacción con lo terrenal y nuestro anhelo por lo divino. Las palabras de David Mathis nos permiten ver esto: “Ayunamos de lo que vemos y probamos, porque hemos probado y visto la bondad del Dios invisible, y estamos desesperadamente hambrientos por más de Él”.[3]

Durante nuestro tiempo de ayuno nos enfocamos en la oración y meditación de lo eterno. Mientras tanto, recordamos aquello que debemos buscar, la victoria que tenemos en Cristo, y hacia dónde mirar durante nuestro peregrinaje en este mundo (Col. 3:1). “Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (v. 2).

Dios, nuestro mayor deleite

Uno de mis deleites es un buen vaso de helado de chocolate y se me hace difícil decirle que no a quien me lo ofrezca. Pero el ayuno nos guía al encuentro de un mayor deleite. Como mencioné, nos lleva a experimentar una hambre por Dios mientras experimentamos la satisfacción de Su bondad en nosotros.

El ayuno es parte de los hábitos del cristiano: trae propósito, fortaleza, y obediencia. Mientras nos privamos del alimento, en el ayuno “probamos” que el Señor es bueno (Sal. 34:8). Roguemos al Señor que en nuestro corazón haya siempre un deseo profundo por buscar de Él y honrarle:

“Haz que mi religión sea más manifiesta para mi conciencia, más perceptible para quienes me rodean. Que mientras Jesús me represente en el cielo, sea yo su reflejo en la tierra. Que mientras defienda su causa, yo cante sus alabanzas”.[4]


[1] Whitney, D. S. . Disciplinas Espirituales para la Vida Cristiana (Estados Unidos: Tyndale House Publishers, 2016).
[2] David Mathis, Hábitos de Gracia (Ellensburg: Proyecto Nehemías, 2017).
[3] Ibid, pág.133
[4] Bennet, A. El Valle de la Visión (Reino Unido: Estandarte de la Verdad, 2014).
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