Era mi primer día de regreso al instituto bíblico después de que una lesión persistente en la pierna me obligara a tomarme dos meses de licencia. Desafortunadamente, debido a una combinación de ignorancia, malos consejos médicos y mi miedo irracional al dolor crónico, mi lesión no había mejorado y todavía tenía que usar una silla de ruedas para moverme. Mientras me acercaba en silla de ruedas a una mesa en la cafetería del campus esa tarde de viernes, una empleada oró para que mi pierna se sanara. Oré con ella, pero me faltaba fe.
Un mes antes, un amigo me había preguntado si podía orar para que Dios sanara mi pierna. Era mi primer domingo en silla de ruedas. La hora y media anterior, sentado durante el servicio y mirando las espaldas de todos mientras adoraban, había sido insoportable. Ya fuera por mi tristeza o porque todavía estaba asimilando lo que estaba pasando, rechacé su oferta de orar por mí.
Soy un continuista que cree que Dios todavía sana milagrosamente. Pero en esos momentos, no tenía esa expectativa. ¿Por qué?
Quizás la aparente ausencia de milagros en Occidente no sea una señal de que hayan dejado de ocurrir, sino más bien de que nuestra cultura ya no los espera
La iglesia occidental está dividida respecto al papel de los milagros en la actualidad. Muchos dicen que los milagros son obsoletos o, al menos, que son extremadamente raros; que estaban destinados a la era apostólica, para proclamar la llegada del reino de Dios y ayudar a establecer la iglesia. Pero otros, como yo, creemos que Dios sigue bendiciendo a su iglesia con milagros —aunque, como dice Wayne Grudem, sean formas «menos comunes» en las que Dios muestra Su poder en la vida de un creyente.
Quizás la aparente ausencia de milagros en Occidente no sea una señal de que hayan dejado de ocurrir, sino más bien de que nuestra cultura ya no los espera. Como creyente occidental, a veces tampoco los espero, aunque crea que, en teoría, son posibles.
Dos razones por las que me cuesta esperar milagros
He reflexionado durante mucho tiempo sobre la incredulidad de Occidente y la mía propia. He llegado a identificar dos factores que obstaculizan mi fe cuando se trata de esperar milagros.
1. Las comodidades modernas erosionan mi fe
Los cristianos a menudo afirmamos que hay más manifestaciones sobrenaturales, incluidos los milagros, en el Sur Global que en Occidente. Una razón para esto puede ser que Occidente ha delegado la sanación física a la medicina moderna. Como dijo uno de mis profesores del instituto bíblico: «Mi reacción más frecuente ante un dolor de cabeza es tomar paracetamol, no orar».
Por supuesto, tanto la sanación divina como un cirujano que extirpa un tumor maligno del cuerpo de un creyente son expresiones de la intervención misericordiosa de Dios. Solo Dios puede sanar; la medicina moderna simplemente apoya los procesos de autocuración del cuerpo, los cuales Él sostiene mediante la palabra de Su poder (He 1:3). Pero ¿debería el fervor de mis oraciones estar dictado por la disponibilidad de medicamentos o el ritmo del avance tecnológico? ¿Estaría más desesperado y expectante de milagros si no tuviera otro recurso más que la oración?
La Biblia parece responder esas preguntas por nosotros.
En Mateo, Jesús sana a multitudes que le traían a sus enfermos y afligidos (Mt 4:23-24; 14:34-36; 15:30; 21:14). El primer siglo fue una época de escasez. La persona promedio gastaba entre el setenta y el noventa por ciento de sus ingresos en alimentos. No existía una red de seguridad social ni seguro de accidentes laborales. Si te lesionabas en el trabajo, tu familia hubiera tenido que esforzarse por encontrar alguna forma de ganar dinero o, de no lograrlo, venderse a sí mismos a la esclavitud por deudas. Además, la falta de antibióticos y de tecnología moderna condenaba a muchos a una muerte prematura: la esperanza de vida promedio en la antigua Roma era inferior a treinta y cinco años.
Jesús realizó milagros principalmente para glorificar a Su Padre (Jn 5:36) y demostrar Su divinidad (Mt 9:6). Pero, en Su infinita sabiduría, lo hizo en un momento en que la gente común no tenía más remedio que clamar a Dios en busca de ayuda.
2. Intelectualizo demasiado mi fe
Antes de venir a Cristo, era un intelectual secular. Mi intelecto seguía esclavizado por el pecado. Tenía que lidiar con un alto grado de condicionamiento cultural, ya que crecí en una sociedad occidental posterior a la Ilustración. Lamentablemente, llevé esa cosmovisión a mi relación con Jesús. Después de que el miembro del equipo oró para que Dios me sanara, me pregunté qué tanto de mi duda era fruto de mi cultura.
En el libro Una fe lógica, Tim Keller señala que no existe una «postura de la nada»: la cosmovisión científica tiene sus propios milagros (a saber, el Big Bang) y sus supuestos de fe, al igual que el cristianismo. Por ejemplo, la cosmovisión científica tiene un sesgo en contra de lo milagroso precisamente porque su principio central es la suposición de que todos los fenómenos deben tener una causa natural. En otro foro, un antropólogo cristiano señala que el concepto de un universo ordenado creado por un diseñador inteligente sentó bases importantes para el método científico, ya que la inteligibilidad y el diseño inteligente están vinculados conceptualmente.
Dios no está en guerra con la ciencia; Él la creó
Esto fue liberador para mí. Aunque el empirismo científico es una excelente manera de distinguir los hechos de la ficción, no es la Verdad en sí misma. No es necesario que sometamos al Dios del universo al escepticismo de la Ilustración a cada paso. Ni siquiera los ateos someten sus afirmaciones sobre la verdad a un estándar tan estricto. Con eso en mente, me resultó más fácil tomar a Dios al pie de la letra y esperar milagros. Dios no está en guerra con la ciencia; Él la creó.
Lo que estoy aprendiendo
Ha sido un largo camino desde que me acerqué a esa mesa en la cafetería. Por fin ya no estoy en silla de ruedas, pues Dios me ha bendecido con fisioterapia, acupuntura y medicamentos que me han permitido mejorar mucho. Confío en que algún día recuperaré todas mis funciones.
Acepto con gozo la tensión: Dios no siempre sana, pero puedo orar con confianza por la sanidad. Acepto plenamente que es prerrogativa de Dios sanar o no sanar; y de cualquier manera, Él sigue siendo soberano y bueno. Aun así, oraré fervientemente por Su sanidad como producto de Su gracia, haciéndome eco de lo que los discípulos le dijeron a su Señor: «¡Auméntanos la fe!» (Lc 17:5).




