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Ella se arrastra por detrás de la multitud, sin saber si debería acercarse. La multitud de gente que la rodea es abrumadora. No puede ver lo que está haciendo, a dónde va, y mucho menos escucharlo hablar.

Ella había oído los relatos sobre Jesús, relatos increíbles. De sanidad, de expulsión de demonios, de milagros. Y Señor, ¡ella necesitaba un milagro! Habían pasado 12 años, 12 largos años de flujo incesante, de su sangre vital drenándose de su cuerpo. Y no solo eso, también se habían drenado sus ahorros, sus posesiones, su fortaleza, su esperanza de que algo pudiera cambiar.

Y ahora, de pie ante ella estaba el hombre que decían era un hacedor de milagros, un agente de cambio, el que podía hacer que sucedieran cosas imposibles… o evitar que sucedieran. Era Jesús de Nazaret.

Ella vislumbra ligeramente su rostro, y algo fuerte la obliga a moverse hacia la multitud. Ella se acerca más, puede verlo más claramente a cada paso, y repentinamente está al borde del círculo de personas que lo rodean.

Un hombre dice que Jesús está en camino a sanar a la hija de alguien. “Así que tengo una oportunidad”, piensa ella. Esta es la oportunidad, antes de que Jesús llegue a la casa de la niña y desaparezca adentro. En voz baja expresa su convicción: “Si toco incluso sus prendas, seré sanada”.

Jesús era a quien ella había esperado durante 12 años, pero no lo sabía hasta ahora. Sin embargo, aquí estaba Él, caminando delante de ella, parado justo en frente, y ella se negó a perder su oportunidad.

Reuniendo todo su coraje y fuerza, acelera el paso y se acerca a Él, apretándose entre la multitud, un paso, dos pasos, tres…

Hasta que está justo detrás de Él.

Y toca su túnica.   

¿Quiere Dios sanarme?

Nos encanta esta historia bíblica. Es una de fe, audacia, y poder. Nos recuerda que nada es imposible para Dios, que nadie está más allá del amor y la atención de Jesús, y que Jesús sana.

Pero si somos honestos, estos relatos milagrosos de Jesús sanando a enfermos, ciegos, y cojos nos hacen preguntarnos: “¿Por qué Jesús no me ha curado a mí?”. Nos sentimos como la mujer que vacila al borde de la multitud, en lugar de la que ha sido curada al tocar Su prenda.

Nos preguntamos si Jesús quiere sanarnos. Y como no lo ha hecho, pensamos que tenemos nuestra respuesta.

Pero no debemos tomar la curación de esta mujer así nada más. Hay más en este relato de lo que parece a simple vista.

¿Quiere Jesús sanarte? Lee la historia otra vez, y mira bien.

La sanidad es una imagen

Jesús le dice a la mujer: “Hija, tu fe te ha sanado, […] vete en paz y queda sana de tu aflicción” (Mr. 5:34). Su respuesta a nuestra pregunta es la misma, si acudimos a Él confiando en que puede curarnos, y lo hará, aunque nuestra “enfermedad” se ve diferente de lo que podemos pensar.

Necesitamos la curación de un alma enferma de pecado.

Las curaciones milagrosas de Jesús son realidades físicas que retratan una espiritual: el perdón de los pecados.

Aquí vemos una imagen. La curación física de esta mujer ilustra la curación espiritual que Jesús realiza en aquellos que confían en Él y lo siguen. “Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de Sus beneficios. El es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades”, escribe David en el salmo 103. Las curaciones milagrosas de Jesús son realidades físicas que retratan una espiritual: el perdón de los pecados para aquellos que de otro modo perecerían.

¿Quiere Jesús sanarte? Sí. Él cura todas tus enfermedades. Por sus heridas has sido sanado (1 Pe. 2:24).

La sanidad es una promesa

La respuesta de Jesús a la mujer también vislumbra nuestro futuro eterno, una sanidad final a través de la restauración perfecta de cuerpo, mente, y alma, cuando Jesús regrese y renueve todas las cosas. Aquí vemos una promesa: lo que Dios ha hecho a través de los milagros del pasado, lo hará en nuestro futuro celestial. La sanidad será nuestra realidad.

“Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor” (Ap. 21:4). No habrá enfermedad, ni necesidad alguna de curación. La mujer tocó la vestimenta de Jesús, pero entonces estaremos cubiertos por Él, su túnica de justicia nos vestirá para siempre (7:9).

¿Quiere Jesús sanarte? Sí. Y lo hará. Para aquellos que temen su nombre, el sol de justicia se levantará con sanidad en sus alas (Mal. 4:2). Porque he aquí, viene el día. Tu sanidad es una promesa.  

La sanidad es una posibilidad

Jesús elige curar a la mujer enferma, y Jesús puede elegir curarte. En este momento, mañana, en una semana, en un año, o en diez años. Jesús tiene la capacidad y la libertad de decir: “Sé sano de tu enfermedad”. Jesús puede sanar, y Jesús sí sana. Esa posibilidad existe aquí.

Piensa en el hombre cuyas células cancerosas desaparecen sin una explicación lógica o mediante tratamientos de quimioterapia. O la pareja cuyo matrimonio es rescatado por un giro de acontecimientos o un cambio de corazón. Está la mujer infértil que queda embarazada y engendra un hijo, y la mujer con hemorragia cuyo flujo se detiene en un instante al tocar la prenda de Jesús.

¿Vendremos a Él valientemente, como lo hizo ella? ¿Confiaremos en Jesús para todo? ¿Confiaremos en Él para que haga lo mejor, según su sabiduría y no la nuestra? ¿Y para que su gloria se muestre en nosotros, sea que nuestras peticiones sean concedidas o no?

Jesus es el sanador

Un cierto hombre nació sin la capacidad de ver, y Jesús dijo: “Ni éste pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn. 9:3). Estas “obras de Dios” pueden incluir la curación física terrenal, pero sin duda incluyen la curación del pecado y, finalmente, la curación de un cuerpo terrenal roto. Podemos confiar en Él para estas cosas.

¿Quiere Jesús sanarte? En esta vida, es posible que lo haga. Al igual que la mujer de nuestra historia, somos libres de acudir a Él con temor y expectación, creyendo que puede, sabiendo que en última instancia lo hará, y confiando en Él pacientemente, sin importar el resultado.  


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Publicado originalmente en For the Church. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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