¿Por qué no vemos hoy los milagros del Nuevo Testamento?

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Yo no sé exactamente dónde caigo en la discusión de los dones del Espíritu. Por un lado, veo en el Nuevo Testamento un fuerte llamado a que deseemos, ¡y ardientemente!, los mejores dones (1 Cor. 12:31). A la misma vez, viviendo en Latinoamérica, he sido testigo de decenas de ocasiones donde los aparentes “dones del Espíritu” son más bien un desorden, que difícilmente puede serle de edificación a ninguno de los presentes. (Y ese es todo el punto de 1 Corintios 14: el uso de los dones debe ser ordenado y para edificación). 

No veo en el Nuevo Testamento ningún texto que apunte a que ciertos dones del Espíritu Santo han cesado (con el respeto que ciertamente merecen mis hermanos cesacionistas, muchos de los cuales han sido y son mis maestros, y algunos de los cuales forman parte del Consejo Pastoral de Coalición por el Evangelio). En ese sentido, soy un “continuista exegético”: es decir que veo en la Biblia la continuación de todos los dones. Pero no tengo una respuesta a cuál debe ser la manera que estos dones son ejercidos bíblicamente.

Espero seguir creciendo en esta área, y es por eso que quiero compartir con ustedes un argumento que nunca había considerado, y que me parece fenomenal. El pastor Andrew Wilson está defendiendo aquí el nuevo libro del Dr. Sam Storms, “Practicing the Power”, en contra del argumento de que los dones del Espíritu no pueden estar vigentes hoy porque no vemos milagros hoy como veíamos en el Nuevo Testamento. Lo que sigue es mi traducción de su argumento:

“Sí, los apóstoles eran más exitosos en sanar que nosotros. Sin duda, hay una discrepancia entre nuestra experiencia y lo que se describe en el Nuevo Testamento. Pero los apóstoles también eran más exitosos en el evangelismo. Y en la plantación de iglesias. Y en liderar. Y en misiones a través de culturas. Y en la disciplina de la iglesia. Y en la enseñanza. Y en ser fieles bajo persecución.  Pero en ninguno de estos casos concluimos que la brecha es tan grande –que su “éxito” es tanto mayor que el nuestro– que escribir un libro acerca de cómo compartir el evangelio, o enseñar, o liderar de una mejor manera es animar a la gente a vivir un cristianismo que no es bíblico. Más bien, reconocemos la diferencia, y tratamos de aprender de eso. ¿Qué hicieron? ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué podemos aprender? ¿Qué estamos pasando por alto? ¿Qué personas contemporáneos con nosotros están siendo usados por Dios en esta área? ¿Qué podemos aprender de ellos?

Esta es la verdadera respuesta “carismática”, en el mejor sentido de la palabra: es una respuesta que enfatiza fuertemente el charisma, los dones. Los dones de sanidad y profecía de algunos, así como sus dones evangelísticos y pastorales y de liderazgo, están más desarrollados que otros. Yo veo menos personas sanadas que mi amigo Simon Holley, quien ve menos personas sanadas que Heidi Baker, quien ve menos personas sanadas que Pedro, quien vio menos personas sanadas que Jesús. Cuando predico el evangelio, menos personas vienen a la fe que cuando lo hace Adrian Holloway, quien ve menos personas venir a la fe que cuando lo hizo Billy Graham. Mis dones de enseñanza no son los de John Piper, y los de él no son los de Juan Calvino, y los de él no son los de Pablo. Los dones varían. “Ahora bien, Dios ha colocado a cada uno de los miembros en el cuerpo según Le agradó” (1 Cor. 12:18).

Entonces, ¿hay una discrepancia entre la calidad y la cantidad y la inmediatez de los milagros del Nuevo Testamento y los nuestros? Sí. ¿Significa eso que los dones milagrosos no son para hoy? No. A menos que el don de enseñanza no sea para hoy. Y si ese es el caso, entonces tampoco deberías estar leyendo esto”.

—Andrew Wilson


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