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“Los cielos proclaman la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de Sus manos”, Salmo 19:1.

El salmo 19 es uno de los pasajes acerca de la creación más famosos de la Biblia. Normalmente lo usamos antes de decir que el Universo es gigantesco, misterioso y plagado de cosas asombrosas. Pero no es común que los cristianos sepamos mucho acerca de esas maravillas que llenan el Universo. ¿Por qué no hablamos un poco sobre una de ellas, las estrellas?

Desde pequeña me gustó el Universo. Mi mamá me mostraba libros de imágenes astronómicas y mi papá nos llevaba al campo de mi abuela, donde el pasatiempo preferido era salir a ver las estrellas. Estaba tan sumergida en el firmamento que los astros daban vueltas en mi cabeza; incluso tuve el terror infantil de que el Sol se tragaría la Tierra. Los adultos siempre me tranquilizaban diciendo que eso no sucedería, aunque si hubieran sido estrictos con la ciencia de las estrellas, me habrían dicho que sí pasaría, pero en millones de años más.

En el campo esperábamos ver “estrellas fugaces” (nombre desafortunado, porque no son estrellas sino meteoritos; trocitos de material que, al entrar en contacto con la atmósfera, se queman y se ve su trazo en el cielo). También buscábamos ciertas figuras conocidas: la Osa Mayor, la Osa Menor, la Cruz del Sur, las Tres Marías. A veces tratábamos de afinar la vista y mirar lo que parecía una nube de polvo; al usar los binoculares descubríamos que eran cúmulos de estrellas tan lejanas que no alcanzábamos a ver nítidamente los puntos de luz.

El cielo es maravilloso incluso si no tenemos aparatos para examinarlo. A simple vista encontrarás no solo estrellas, sino también la Luna, cúmulos (grupos de estrellas), satélites artificiales, estrellas fugaces, planetas, e incluso un par de galaxias, dependiendo del hemisferio en el que estés.

Incluso podrías llegar a ver una supernova, que es la explosión de una estrella a punto de morir y que pocas generaciones han tenido la dicha de observar. Quizá nosotros podríamos tener esa suerte, ya que Betelgeuse, una supergigante roja que agoniza en el final de sus días, podría explotar en cualquier momento (bueno, en cualquier momento en los próximos 100,000 años) y si así fuera podríamos apreciar su brillo durante semanas o meses. 

La gloria de las estrellas es solo un destello de la gloria de Dios.

A todas ellas llama por su nombre

“Cuenta el número de las estrellas,
Y a todas ellas les pone nombre”, Salmo 147:4.

Estimar el número de estrellas en el universo es una tarea osada. Se cree que —en promedio— cada galaxia alberga cien mil millones de estrellas, y se estiman cien mil millones de galaxias en el Universo. Eso quiere decir que nuestro Sol es una de esas cien mil millones de estrellas que alberga nuestra galaxia, la Vía Láctea. Muchas estrellas son binarias, es decir, tienen una estrella compañera y giran una alrededor de la otra. Otras pueden albergar sistemas planetarios (como el Sol) y, en otras ocasiones más raras, podemos encontrar estrellas solitarias y errantes.

Pero, ¿qué son esos bonitos puntos de luz? Las estrellas son esferas (la forma usual que la gravedad da a las cosas muy grandes) de plasma, es decir, elementos gaseosos cargados eléctricamente. Usualmente se mantienen en combustión, fusionando hidrógeno, convirtiéndolo en helio u otros elementos dependiendo de la etapa de vida en la que se encuentre.

A algunos podría sorprenderle saber que las estrellas siguen un ciclo de vida curiosamente similar al de los seres vivos: nacen, se desarrollan, y mueren. A grandes rasgos, las estrellas nacen a partir del polvo y gas cósmico que comienza a aglomerarse por atracción gravitatoria, polvo que podría ser parte del remanente de una vieja estrella.

Dependiendo de si la estrella es muy masiva o no, se puede prever la “muerte” que tendrá. Por ejemplo, una estrella como nuestro Sol (poco masiva) terminará siendo una enana blanca, que es básicamente el núcleo desnudo de la estrella después de haber eyectado sus capas exteriores. Si la estrella es un poco más masiva, de unas ocho masas solares o más, su destino será convertirse en una estrella de neutrones, una estrella que a veces gira a velocidades tan altas que los aparatos no son capaces de medirla y que pueden presentar los campos magnéticos más fuertes del Universo. Finalmente, si la estrella es muy masiva, de más de veinticinco masas solares, será seguro que se convertirá en un bellísimo agujero negro

“¿No está Dios en lo alto de los cielos?
Mira también las más lejanas estrellas, ¡cuán altas están!”, Job 22:12.

El Sol, la estrella que orbitamos, está a una distancia de ocho minutos luz. Eso es bastante, si consideramos que la Luna se encuentra a unos 1,3 segundos luz. Me parece divertido pensar que si el Sol desapareciera repentinamente, nos daríamos cuenta de ello ocho minutos más tarde.

La naturaleza es apasionante y preciosa no solo en ella misma, sino porque nos hace admirar aún más cuán apasionante y precioso es Dios.

¿A qué distancia están las demás estrellas? La siguiente más cercana a nosotros es Próxima Centauri (o Alfa Centauri), a nada más y nada menos que 4,2 años luz. Betelgeuse, la supergigante roja de la que hablamos anteriormente, está a unos 640 años luz. La estrella más lejana detectada hasta ahora por el telescopio Hubble se llama Icarus, a unos 14 mil millones de años luz.

Los cielos le alaban

“Alábenlo, sol y luna;
Alábenlo, todas las estrellas luminosas”, Salmo 148:3.

Es cierto que en el cielo no solo hay estrellas. También tenemos planetas, nebulosas, y agujeros negros. Pero todos estos objetos tienen relación directa con las estrellas, así que al hablar de ellas estamos hablando en gran parte del cosmos en general. 

Al mirar las estrellas —todos los tipos que hay y los que faltan por descubrir—, su composición y su comportamiento, nos maravillamos. Son gloriosas en su belleza y en su complejidad. Y esa gloria es solo un destello de la gloria de Dios, de Su belleza y en Su complejidad.

La naturaleza es apasionante y preciosa no solo en ella misma, sino porque nos hace admirar aún más cuán apasionante y precioso es Dios. A través de los milenios de la humanidad, el cosmos no nos ha dejado de sorprender. Es bueno saber que el Creador nos ha dado a los creyentes la eternidad para admirarlo a Él.


Imagen: Unsplash.
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