La belleza de Dios en el arte

Comunicar belleza es una de las cosas que el arte ha tratado de hacer durante toda su historia.

Siglos de ejemplos nos permiten disfrutar de piezas artísticas que nos evocan los más profundos sentimientos. La pintura nos ha cautivado con sus colores y el uso de la luz, que nos permite disfrutar los intensos contrastes claroscuros.

Por otro lado, la música, con sus conciertos, cantatas, y sinfonías, nos transporta a incontables mundos llenos de pasión, a ritmo de melodías y acordes. Lo mismo se pudiera decir de otras manifestaciones artísticas como la escultura, la poesía, la literatura, o la danza.

Sin embargo, vemos un contraste en el quehacer artístico desde quizá la llegada del Impresionismo a inicios del siglo XX.

Los artistas impresionistas rompieron con las estructuras de siglos pasados. Vemos esto en sus temas, el uso de la luz, y las pinceladas, entre otras cosas. Esto influenció a las corrientes artísticas posteriores.

La belleza en crisis

Una buena parte del arte moderno tiene la huella de una marcada insumisión a los cánones que dieron forma a las expresiones artísticas de siglos atrás (también pudiéramos argumentar que el arte muchas veces ha estado asociado a la protesta o rebeldía).

Es por eso que mucho del arte contemporáneo parece abandonar el propósito de comunicar belleza. Stuart McAllister lo dice así:

“Gran parte de la energía y el esfuerzo de nuestros artistas y arquitectos culturales se ha dedicado a desacreditar, desmontar o desconstruir todo lo que es bueno, bello y respetado, para ser reemplazado por lo superficial, lo feo, lo efímero”.[1]

Esta no debería ser la realidad de los creyentes que hacen arte hoy.

Somos llamados a seguir el ejemplo del Creador, quien al construir nuestro mundo no solo nos dio algo funcional, sino que todo lo hizo “bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Aún más, en cada una de las cosas que hizo, también nos regaló belleza.

Es importante que los creyentes que se dedican a las artes no abandonen su llamado a glorificar a Dios con su trabajo.

R. C. Sproul solía hablar sobre las tres dimensiones de la vida cristiana: lo bueno, lo verdadero, y lo bello. Viendo cómo muchos creyentes no se enfocan en lo bello, escribió:

“Algunos cristianos reducen su preocupación por las cosas de Dios al ámbito ético, a una discusión de rectitud o de bondad con respecto a nuestro comportamiento. Otros están tan preocupados por la pureza de la doctrina que se enfocan más por la verdad a expensas del comportamiento, o a expensas de lo santo. Raramente, al menos en muchos de los círculos protestantes, encontramos un enfoque en lo bello”.

Es importante que los creyentes que se dedican a las artes no abandonen su llamado a glorificar a Dios comunicando belleza con su trabajo. Hacemos eso al comunicar belleza en medio de un mundo que reniega de su Creador; arte que refleje la hermosura del Señor.

¿De cuál belleza estamos hablando?

Cuando hablamos de la belleza o hermosura del Señor (1 Cr. 16:29; Sal. 27:4), no debemos pensar desde una perspectiva humana, material, física.

Por lo general, cuando conversamos sobre belleza tenemos la tendencia a creer que ella tiene que ver con la apariencia física. Así nuestro concepto es muy relativo si consideramos los estándares de belleza que han existido entre las culturas a través de los siglos.

En realidad, la Biblia presenta que Dios es espíritu (Jn. 4:24). Él no tiene cuerpo o forma. Por tanto, cuando las Escrituras hablan de la hermosura del Señor, ella no puede estar relacionada a aspectos físicos. La belleza de Dios no está en su apariencia. Más bien, se encuentra en su ser, en quién y cómo es Él. Por eso, al afirmar que Dios es bello, no debemos pensar en su figura o semblante, sino en su persona, sus atributos, su carácter.

Pudiéramos encontrar un concepto parecido en Proverbios. En el capítulo 31 de este libro vemos un elogio a la mujer virtuosa. Después de mostrarnos el carácter de esta noble y admirable dama a través de descripciones que apuntan a él, el verso 30 nos dice: “Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Señor, esa será alabada” (Pr. 31:30).

El cuadro pintado por el proverbista termina en crescendo. Dice que la apariencia física tiene poco o nada que aportar para que esta mujer sea ganadora de elogios; lo que ella es por dentro es lo que la hace digna de ser alabada. La belleza exterior no es la que recibe encomios, sino la interior. El carácter piadoso de esta dama es su mayor tesoro, y ahí radica la verdadera belleza.

Reflejar la belleza de Dios en el arte

Si queremos proclamar la belleza de Dios a través del arte, nuestro objetivo es compartir a Dios en el arte. Su amor, su compasión, y su fidelidad, entre otros atributos más, deben ser nuestros temas al componer, escribir, pintar, o actuar.

No quisiera ser mal entendido. El punto aquí no es que nuestro arte debe ser solo religioso o hecho para nuestros servicios y cultos. En cambio, me refiero a que el arte que los creyentes realizamos debe reflejar al Dios en el cual creemos y conocemos, porque es imposible comunicar a Dios si no le conocemos.

Si queremos comunicar la belleza de Dios a través del arte, los artistas cristianos deberíamos ser cristianos antes que artistas.

Ya hay demasiado arte mostrando todo lo grotesco que puede ser el mundo que le ha dado la espalda a Dios. En nuestra manifestación artística, debemos mostrar nuestra cosmovisión: qué pensamos sobre el mal, la bondad, el pecado, el juicio, la redención, el sacrificio… en fin, nuestra meta debe ser apuntar a Cristo, exaltándolo por encima de todo y de todos, y afirmando que su nombre es sobre todo nombre (Fil. 2:9-11; Col. 3:17; 1 Co. 10:31).

Parafraseando a Philip Graham Ryken: el artista cristiano celebra lo bueno que Dios ha hecho, se lamenta por la horrible intrusión del mal, y también pone su mirada hacia nuestra redención, lo cual es su propósito más alto.[2]

Esto significa que, si queremos comunicar la belleza de Dios a través del arte, los artistas cristianos deberíamos ser cristianos antes que artistas, al exaltar a nuestro Creador sobre todas las cosas. Proclamar la belleza de Dios a través del artes es, entonces, apuntar al Dios revelado en las Escrituras. Él es hermoso, su belleza es sin par, y su gloria es eterna.

“Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza”, Filipenses 4:8 NTV.


[1] McAllister, Stuart. What is Good and Who Says? Ravi Zacharias International Ministries. May 16, 1998. http://us.rzim.org/just-thinking/what-is-good-and-who-says. Consultado el 29 de diciembre 2017.

[2]  Graham Ryken, Philip. Art for God’s Sake: A call to recover the Arts. P&R Publishing  Company. 2006.


Imagen: Unsplash.
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