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La mañana de mi boda, mis ayudantes me colocaron en un sofá en el salón nupcial de la iglesia para ponerme mi vestido de novia. Alzaron y movieron mi cuerpo paralizado para tratar de ponerme el vestido, pero cuando me senté en mi silla de ruedas, me salió un quejido. Frente al espejo parecía una carroza en el Desfile de las Rosas.

Justo antes de deslizar mi silla por el pasillo, mi ramo se resbaló de mi regazo. Fue entonces cuando vi una marca de la rueda grasienta en el ruedo de mi vestido. Mi silla había sido decorada, pero seguía siendo un aparato grande y tosco con cinturones y rodamientos de bolas. No era la novia perfecta.

Fue en ese momento que pude echar un vistazo a Ken parado frente al altar. Estiraba su cuello, buscándome con la mirada. Mi cara se puso caliente y mi corazón comenzó a latir con fuerza. De repente, mi silla de ruedas y mi vestido grumoso con sus manchas se desvanecieron. Había visto a mi amado y ya no importaba cómo yo me veía a mi misma. No podía esperar llegar al frente para estar con él. Puede que me haya sentido sin atractivo alguno, pero el amor en el rostro de Ken lo borró todo. Yo era la novia pura y perfecta. Eso es lo que él vio y eso es lo que me cambió.

Un vistazo de Él

Nuestro primer vistazo de nuestro Salvador bien puede ser como ese momento. Una sola mirada de Jesús nos transformará por completo (1 Jn 3:2). Por eso todo en mí clama: «Ven, Señor Jesús». Anhelo ser liberada de la mancha del pecado. ¿Por qué no querría serlo? Jesús se entregó a sí mismo por mí «a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:27).

Él me ha dado una ventaja porque mi sufrimiento, aunque ha sido a veces abrumador (como cuando me vi en ese espejo), ha sido la herramienta más selecta de Dios para santificarme. Mi aflicción sigue purgando el pecado y el egoísmo de mi corazón, convirtiéndome en la novia perfecta. El cielo es la morada santa donde seré presentada a Jesús sin tacha y sin mancha. Mi sufrimiento me está ayudando con eso.

Será agradable tener un cuerpo glorificado, pero quiero un corazón puro. Quiero ser santa

Algunos no me creen del todo. Creen que quiero que Jesús regrese para poder saltar de mi silla de ruedas y caminar de nuevo. Aunque en algún momento eso era cierto, las décadas de sufrimiento en las que me he apoyado en Jesús han hecho que mis anhelos por el cielo sean más profundos. Será agradable tener un cuerpo glorificado, pero quiero un corazón puro. Quiero ser santa.

Así que me estoy preparando, como cualquier prometida esperanzada, confiando en que «todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro» (1 Jn 3:3). ¿Cómo puedo aferrarme a los mismos pecados que aplastaron a mi Amado en su cruz? ¿Por qué permitiría que la serpiente envuelva mi corazón cuando Jesús dio todo para aplastarle la cabeza?

Mi Salvador es el más hermoso entre diez mil hombres y su amor es más dulce que el vino, así que me esfuerzo por vivir la vida de manera: «sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús. Él se dio… para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo para posesión Suya, celoso de buenas obras» (Tit 2:12-14).

Coro de suspiros

No soy la única que anhela el regreso de Cristo. Juan nos dice que «El Espíritu y la esposa dicen: “Ven”» (Ap 22:17). Puedo entender las razones. Como «garantía de nuestra herencia» (Ef 1:14), el Espíritu se entristece cuando la prometida de Cristo avergüenza el nombre de su Señor con distorsiones doctrinales y fallas morales. Aun el mundo se burla y se ríe de ella:

Aunque el mundo, combatida

Del error por el vaivén,

Y de cismas desgarrada,

La contemple con desdén… 

Mientras la novia clama por ser pura, también lo hace la tierra. Piensa en el horror y los holocaustos que el pecado ha traído al mundo. He compartido el dolor del Espíritu: cuando veo a niños con discapacidades en países empobrecidos que son vendidos como esclavos o son más mutilados para convertirlos en mendigos lamentables; cuando se maltrata a personas mayores o cuando los niños son abortados debido a una irregularidad cromosómica. Lloro junto con el Espíritu para que Jesús venga y rescate al débil y al necesitado, librándolos de la mano de los impíos (Sal 82:4).

Nuestro planeta herido y destrozado junto con todo lo que en él habita; toda la creación (desde animales hambrientos hasta bosques desnudos); aun el universo entero, todos están de puntillas, anhelando que Cristo pueda hacerlo todo nuevo en la revelación de la gloria de Dios en sus hijos e hijas (Ro 8:19). ¡Oh, ven pronto, Señor Jesús!

Sí, anhelo que mi Salvador apresure su regreso, pero soy muy consciente de que «el Señor no se tarda en cumplir Su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente… no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (2 P 3:9). Si en todas mis aflicciones he probado la bondad de Dios, ¿cómo no compartir esa misma bondad con mi prójimo? Mi Novio desearía eso, así que apresuro su regreso, por así decirlo, dando las buenas nuevas a tantos como sea posible.

Ese gran momento

Si tenemos la bendición de estar vivos para el regreso de Cristo, literalmente lo escucharemos responder a nuestro clamor. Pronto, quizás antes de lo que pensamos: «el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios» (1 Ts 4:16). ¡Viene el Esposo!

Todo el plan de redención fue la manera en que el Padre le aseguró a su Hijo un regalo maravilloso: su novia sin mancha, su herencia y gozo

Nos estamos acercando al corazón de por qué anhelamos el regreso de Jesús: será el fin de los tiempos. El reino de Cristo estará completo. Su inigualable nombre será reivindicado. El pecado, la muerte, el diablo y sus hordas, todos ellos, serán juzgados y destruidos. La gloria de Jesucristo llenará el universo al ser coronado Rey de reyes. La tierra y el cielo serán restaurados.

Ante esto, nuestros rostros pueden ruborizarse y nuestros corazones pueden latir con fuerza, porque, en un instante, seremos glorificados (1 Co 15:51-52). Finalmente comprenderemos que todo el plan de redención fue la manera en que el Padre le aseguró a su Hijo un regalo maravilloso: su novia sin mancha, su herencia y gozo.

Gracia que nos lleva a casa

Así que clamamos «¡Ven, Señor Jesús!», porque le pertenecemos y pasaremos toda la eternidad alabando la gloria de su gracia. Aquella gracia que nos rescató del pecado y nos sostuvo en nuestra debilidad; gracia que nos trajo sanos y salvos a casa (Ef 1:6).

Ahora, imagina grandes multitudes de redimidos, palpitantes de gozo e infundidos de luz. Rodeados por la hueste angelical, avanzaremos en línea con la gran procesión de los salvos, fluyendo a través de puertas de perlas; una cabalgata infinita desde los amplios límites de la tierra y las costas más lejanas de los océanos, todo en un desfile gozoso; incontables generaciones, todas levantando nuestras diademas ante Dios.

Gritaremos: «¡Aleluya! Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado» (Ap 19:6-7).

Me estoy preparando. Así que: ¡Maranatha, Señor Jesús! Ven pronto para llevar a tu novia a través de tu umbral, haciendo que todas las cosas, aun nosotros, sean nuevas.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
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