Besando mis rodillas

“Besando mis Rodillas: la belleza de una espiritualidad añeja y actual” es la última obra literaria de Jesús Adrián Romero, este conocido pastor y adorador de nacionalidad mexicana. El libro contiene diecisiete capítulos cortos que abarcan una serie de temas, los cuales, a juicio del autor, deben ser fundamentales en la vida de todo cristiano e iglesia. Aunque el libro no pretende ser una teología sistemática, sin duda es una declaración de la cosmovisión del autor en casi todas las esferas de la vida cristiana.

Cada capítulo tiene un título llamativo que anuncia su contenido. Así nos encontramos con “RITMO. Las estaciones espirituales”, “TEMPERAMENTO. Experimentando a Dios a tu manera”, “RODILLAS. Corriendo con Dios” y “GRACIA. Descubrir a Jesús en otros”. Igual de variados son los temas tratados: desde las artes hasta la sexualidad, pasando por la ayuda social, la dieta y la liturgia.

El libro está escrito en un lenguaje sencillo, accesible a todo público. En sus páginas, el autor trata de incentivar a sus lectores a cultivar una vida espiritual profunda, que viene como resultado de escoger un estilo de vida (p.12). Cada capítulo inicia con una historia que da la tonalidad, y la obra está repleta de experiencias personales que tanto adornan como explican lo que se quiere decir.

Besando mis rodillas: La belleza de una espirtualidad añeja y actual
Jesús Adrián Romero
Editorial Vida. 183 pp. US$6.99.

En las páginas de este libro Jesús Adrián Romero profundiza acerca de cómo entrenar un ojo atento a los simbolismos y significados de las prácticas retratadas en la palabra de Dios para poder desarrollar una espiritualidad fresca hoy. El autor reflexiona acerca de las disciplinas espirituales clásicas a la luz de las vivencias de una persona moderna pasando por sus propias experiencias personales.

Aprendiendo con el libro

Somos partidarios de las palabras del Apóstol Pablo de que debemos examinarlo todo cuidadosamente y retener siempre lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21). En toda honestidad, el libro tiene ciertas cosas de las que podemos aprender. Por ejemplo, en el segundo capítulo, llamado “VINTAGE. Una fe moderna y añeja a la vez”, el autor se alinea con la corriente de pensamiento que sustentamos de que la fe cristiana no puede desconectarse de su historia. La iglesia latinoamericana ha cometido el error de pretender que la iglesia actual es la sucesora de la iglesia primitiva y que toda la obra del Espíritu Santo desde el siglo II hasta el siglo XX no existió. Apoyamos su afirmación de que la historia de la iglesia se desarrolla a través de un hilo conductor, que comienza en Jesucristo y sus apóstoles y continúa hasta nuestros días.

En el quinto capítulo, “LECTIO. Un libro maravilloso”, Romero hace un llamado a estudiar la Biblia como un libro vivo, llamándonos a esforzarnos más por conocer las riquezas de las Escrituras. Él reconoce los peligros de leer la Biblia en un año simplemente como una tarea, o de tratar de censurar lo que dice, y concluye llamando al lector a buscar encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento.

Igual apreciamos el esfuerzo del autor por derribar la división sagrado/secular que ha hecho tanto daño a la cosmovisión bíblica latinoamericana, recordándonos la inmanencia de Dios y la santidad del trabajo. Sin embargo, sentimos que en este esfuerzo se pierde mucho de la trascendencia de Dios, al por ejemplo comparar lo sagrado con la compra de una guitarra (pp. 73-74). Nunca debemos olvidar que el Dios que habita con el contrito y humilde de espíritu también habita en lo alto y sublime (Isaías 57:15). De hecho, hay muy poco énfasis en la santidad de Dios en las páginas de “Besando mis rodillas”.

Expresando nuestras preocupaciones

Como estamos llamados a solo retener lo bueno, debemos llamar la atención sobre ciertas cosas que nos preocupan. Una de nuestras principales inquietudes la vemos al inicio del libro, donde el autor hace un llamado a la iglesia para que retorne al simbolismo y a los íconos del pasado (p.35). Es por ello que el autor se vuelve amistoso hacia el catolicismo y cristianismo ortodoxo que, aunque ricos en historia y tradición, no representan el cristianismo bíblico, por sus prácticas alejadas de las pautas que el Señor y los apóstoles le legaron a la iglesia en las Escrituras.

Esto puede traer confusión, tomando en cuenta que el cristianismo evangélico surgió como un intento de reconectar a la iglesia con sus raíces primitivas, y uno de los elementos que alejó a la iglesia de sus orígenes fue el apego a los símbolos, a los íconos e imágenes. Esto pudiera ser producto de que el autor parece haberse sumado a la corriente ecuménica, de sostenido crecimiento en los últimos años, y que pretende tender puentes entre grupos que se separaron en el siglo XVI debido al deseo de los reformadores de que la iglesia retomara la Biblia como centro de su vida.

En el capítulo 7, tratando el tema de las artes, el autor llama a la iglesia a ser más honesta en sus composiciones, y a meditar más en lo que consume, algo que apoyamos. Pero una vez más lleva sus conclusiones a extremos que nos preocupan. Por ejemplo, tratando el tema del uso de “magia” en la cultura popular, el autor dice (p. 92):

Debemos dejar que nuestros niños llenen su imaginación de magia, de hadas madrinas y héroes, esto los acercará a Dios. De niño creía en Santa Claus, en Superman y en el ratón que me traía dinero cuando se me caía un diente y lo ponía debajo de mi almohada. Ahora que soy grande no creo en ninguno de ellos, pero todos ellos de alguna manera me invitaron a creer, me iniciaron en el campo de la fe y finalmente me dirigieron a Dios. ¿Por qué privar a nuestros hijos de una imaginación que los llevará a Dios? ¿Por qué privarnos nosotros de imaginar y encontrar a Dios en el arte?

Aunque esto suene muy bien, nuestra fe no es el resultado de “creer en algo”: es un don de Dios. Y no crecemos en la fe por “creer en más cosas”, sino por confiar en la mano de Dios y en lo que Él ha revelado en Su Palabra. El afirmar que creer cualquier cosa contribuye a formar fe en las personas es algo muy alejado de la fe de las Escrituras.

Igual es interesante la cantidad de autores y personajes que Romero cita en su libro. Nos gozamos en leer la influencia que ha sentido de C.S. Lewis, A.W. Tozer y aun G.K. Chesterton, pero nos inquieta ver en la misma obra a alguien como Rob Bell, que ha negado abiertamente la ortodoxia bíblica, o el citar a la Madre Teresa en una lista junto al Señor Jesús y al Apóstol Pablo (p.185).

Lamentablemente, el libro no es rico en exégesis de textos bíblicos, más bien refiriéndose a anécdotas y experiencias del autor. Romero logra pintar muy bien con sus palabras, pero no muestra la misma destreza en su manejo de los textos que cita. Lo que es más lamentable, a sabiendas de la gran audiencia que tiene el autor, es que el libro no transmite la idea primordial de que el camino al Padre cruza por el puente que el Señor Jesucristo tendió hacia Él con su sacrificio en la cruz.

Pensamientos finales

Como hemos dicho anteriormente, hay mucho que el autor dice que debe decirse. Cuando Jesús Adrián Romero dice verdad, lo dice de muy buena forma. Desafortunadamente, la falta de exégesis bíblica produce una obra que es más atractiva para aquellos seguidores de las corrientes espirituales modernas –que no son más que personas que buscan fortalecer su yo– que para los verdaderos adoradores que describió Jesús en Juan 4. Increíblemente, en un libro que habla tanto de adoración, el autor no hace ninguna referencia al perfil del verdadero adorador trazado por Jesús en su conversación con la mujer samaritana. Sin duda, este libro sería mucho más fuerte si el autor interactuara más con los Textos Bíblicos que con la experiencia. Y esto es una verdadera lástima.

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Actualizado con información del Facebook del autor de la obra con respecto al ecumenismo.

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