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Tanto la palabra “providencia” como la palabra “proveer” vienen del latín “pro-video”, “ver de antemano”; la providencia implica hacer un arreglo cuidadoso preparado previamente para cumplir un fin determinado. Cuando hablamos de la providencia divina nos referimos al hecho de que Dios provee todo lo necesario para llevar a cabo lo que ha sido decretado por Él mismo desde antes de la fundación del mundo.

La doctrina de la providencia divina está íntimamente relacionada con la doctrina de los decretos de Dios. Podríamos decir que en Sus decretos Dios trazó el plan o los planos de lo que sería el curso de todo lo creado. Por medio de la providencia Dios guía todas las cosas para llevar a cabo ese plan en la historia. Los decretos toman lugar en la eternidad; la providencia toma lugar en el tiempo.

Ahora bien, ¿hasta dónde se extiende el gobierno y la preservación de Dios sobre todo lo creado? Creemos firmemente que la respuesta bíblica a esta pregunta es clara y contundente. Pero antes de dedicarnos con más detalle a ver lo que la Biblia enseña al respecto quisiera que veamos un poco más de cerca la pregunta que estamos formulando, de modo que podamos ver también sus implicaciones.

Cuando preguntamos cuál es el alcance de la providencia divina, lo que queremos establecer es si Dios, en el gobierno y preservación de lo creado, está o no corriendo algún riesgo de que Su plan se lleve a cabo como Él lo había determinado desde el principio.

Tomando como punto de partida que Dios creó todas las cosas, y entendiendo que Dios obró de acuerdo con un plan inteligente al crear todas las cosas, podríamos formular nuestra pregunta de este modo:

¿Es la providencia divina libre de riesgo? ¿Gobierna Dios Su creación de tal modo que es imposible que Su plan eterno sea frustrado? ¿O más bien Dios decidió correr ciertos riesgos, controlar algunas cosas y dejar otras a merced de su libertad, fuera de Su control, arriesgándose de ese modo a que las cosas no salgan como Él quería?

Estas preguntas no nos dejan mucha alternativa: o Dios decidió no correr riesgos en el gobierno y preservación de lo creado, de tal modo que ejerce Su poder y control soberano sobre todas las cosas, o Dios decidió correr algunos riesgos y restringir Su control.

Esto nos lleva a 2 posibilidades: O Dios está en control de todo, o Dios está en control de algunas cosas. ¿Cuál de estas dos declaraciones es verdadera? Porque las dos no pueden serlo; si una es verdadera la otra es falsa.

Aquellos que aceptan la segunda opción nos dicen que Dios gobierna y preserva lo creado, pero hasta un punto. Según ellos, Dios dejó libertad de acción a Sus criaturas, de manera que cuando un pecador se convierte no fue Dios quien inclinó eficazmente su voluntad, sino que fue, simple y llanamente, su decisión.

La clave de esta declaración está en la frase “hasta un punto”. Dios gobierna, pero “hasta un punto”. El problema con esta declaración está en determinar hasta qué punto. Veamos algunas probabilidades.

¿Diríamos tal vez que Dios preserva y gobierna sólo algunas de Sus criaturas? ¿O que Dios preserva y gobierna solo algunas acciones de Sus criaturas, pero otras no? ¿O que Dios sólo preserva y gobierna las criaturas que son débiles o ineptas? ¿O que en el gobierno y preservación de Sus criaturas Dios desea ciertas cosas las cuales no tiene poder para llevarlas a cabo, o ha decidido no ejercer Su poder para llevarlas a cabo?

Si asumimos cualquiera de estas posibilidades veremos que al final de cuentas Dios no está en control de todo cuanto ocurre y, por lo tanto, no puede asegurar que cuando la historia llegue a su conclusión se habrá cumplido el propósito para el cual creó todas las cosas. El que no tiene control de todo no puede estar seguro de nada.

Ese es el problema con que nosotros mismos nos enfrentamos diariamente. Nosotros hacemos planes, pero como no tenemos control de todo cuanto ocurre a nuestro alrededor, no podemos decir a ciencia cierta que llevaremos a cabo nuestro plan exactamente como habíamos determinado al principio. Ni siquiera podemos estar seguros de que lograremos una sola cosa de la que nos hemos propuesto.

La pregunta es, ¿debemos suponer que a Dios le ocurre lo mismo que a nosotros? ¿Que Él se arriesgó a crear el universo y al hombre, con un plan glorioso en mente, pero luego decidió dejar algunas cosas fuera de Su control, y sentarse impotente a ver qué pasa finalmente con todo eso? ¿Es ese el Dios que nos presenta las Escrituras?

Considere los siguientes pasajes (y esto es sólo un breve muestrario):

“Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran” (Neh. 9:6).

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (He. 1:1-3).

“Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:9-10).

“Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn. 4:34-35).

“Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6).

“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo” (Ef. 1:11-12).

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Rom. 11:36).

Si algo claro enseñan estos textos es que este mundo no anda al garete, controlado por fuerzas ciegas e irracionales; todas las cosas están bajo el control soberano de Dios.

¿Y qué de las acciones pecaminosas de los hombres? ¿Son estas también controladas por Dios? Eso es lo que espero que veamos en la próxima entrada, si el Señor lo permite.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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