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En el principio era el Verbo
y el Verbo siempre era;
porque el Verbo siempre fue
y el Verbo redactó la vida
en una antología de belleza universal.
Y queriendo conjugarse;
se despojó de su retórica,
se vistió de mi gramática
y se escribió con minúsculas.

A nuestra historia vino el Verbo
y el Verbo siempre quiso;
porque el Verbo siempre amó
y humilde reveló su gloria,
trazando la historia en un antes y un después.
Y haciendo maravillas,
vino a sanar nuestros pronombres,
a desafiar preposiciones,
a redimir nuestro pretérito.
Y volviéndose un poema
de misericordia inédita
crucificado entre blasfemias,
expiró… Y el Verbo se hizo silencio.

En el futuro será el Verbo;
porque el Verbo siempre ha sido,
porque el Verbo triunfante resurgió
y el Verbo reescribió la vida
al vencer la dinastía del imperio del Seol.
Y hoy gobierna en cada sílaba
de quienes conjugan sus días,
lavados en su ortografía y su perdón
en el reino de minúsculas.

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