Una defensa del bautismo presbiteriano

Nota del editor: En Coalición por el Evangelio nos esforzamos por siempre centrarnos en las Escrituras. Sin embargo, creyentes que aman al Señor tienen posturas diferentes sobre doctrinas de diferentes grados. Hay doctrinas de primer grado —como el evangelio, señorio de Jesús, La Trinidad, etc.— que defenderemos hasta la muerte. Y hay doctrinas de segundo y tercer grado que aunque sean de gran importancia, no deben dividir a la Iglesia. Una de estas doctrinas de segundo grado es el bautismo. La posición tradicional Reformada sobre el bautismo siempre ha sido diferente a la posición tradicional en Latinoamérica y por eso hemos preparado una conversación entre un presbiteriano y un bautista sobre sus convicciones acerca del bautismo. Puedes leer la postura bautista aquí.

Durante mucho tiempo pensé que los reformados no tenían ninguna base bíblica en la cual pudieran sostener su creencia del paido-bautismo. Pero siendo cada día mas confrontado por la Palabra, me vi obligado a estudiar y profundizar en mis creencias bautistas teniendo la esperanza de que algún libro o alguien me llevara nuevamente a estar convencido de la exclusividad de aquella postura que veía ser destronada. No es mi intención primordial por medio de este artículo convencer al lector de nuestra postura, sino que puedan tener con más claridad que bautizar niños está basada en la Sola Escritura.

Para poder entender el paido-bautismo es esencial contemplar a Dios bajo su carácter de Dios de pacto.

Pacto de obras

Vayamos al inicio de todo, a Génesis. En el jardín del Edén podemos ver el panorama completo del pacto de obras, el primer pacto hecho con el hombre en el cual Dios promete vida a Adán y a su posteridad bajo la condición de que obedecieran perfectamente su mandato. Vemos a Dios poniendo las condiciones del pacto y estableciendo el árbol como señal del mismo (Ge. 2:17-18). Una vez Adán desobedeció el mandato de Dios, no solamente se afectó el, sino que el pecado entró a la humanidad  por todos los siglos venideros hasta que Cristo venga (Ro. 5:12). Es bien claro que Dios no castigó a Adán solamente, sino que toda su descendencia se vio afectada. Y este es el carácter de Dios que quiero enfatizar, lo vemos en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, un Dios de pacto que no solo hace pacto con un hombre sino con toda su descendencia. Preciso mencionar además, que luego de la caída, en lugar de Dios dejarnos en la muerte  para pagar el pecado, Él nos hace objeto de su gracia. En el proto-evangelio (Gé. 3:15) vemos esta gracia revelada. Dios aun desde antes de la caída requiere que el hombre sea justo, más como para el hombre en si esto es imposible, Dios enviaría un mediador que adquiriría la justicia por el hombre, siendo ese mediador Jesús el Hijo de Dios. Esta voluntad de Dios para moverse a salvar la humanidad de su perdición se conoce como el pacto de gracia. Desde ese  entonces todo pacto es por la soberana gracia de Dios.

El pacto Abrahámico

Tal como hizo con Noé (Ge. 9:8), una vez más vemos a Dios haciendo un pacto no solo con el individuo sino con toda su descendencia. En Génesis 17:7 vemos a Dios haciendo un pacto con Abraham y con toda su descendencia, y como todo pacto, este también tenía su señal que era la circuncisión. En los versos 11 y 12 dice “Serán circuncidados en la carne de su prepucio, y esto será la señal de Mi pacto con ustedes. A la edad de ocho días será circuncidado entre ustedes todo varón por sus generaciones; asimismo el siervo nacido en tu casa, o que sea comprado con dinero a cualquier extranjero, que no sea de tu descendencia”. ¿Que conocimiento tenían esos niños de Dios? ¡Ninguno! Sino que por la fe de Abraham que le fue contada por justicia (Ge. 15:6) su descendencia pasa a ser parte del pacto. Entonces es la circuncisión la señal externa impuesta a todo infante dentro del pueblo escogido de Dios. Esto fue una práctica en obediencia que continuó hasta la venida de Jesús alrededor de unos dos mil años.  

La señal en el Nuevo Testamento

Como mencione antes, en el Antiguo Testamento la circuncisión era la señal externa del pueblo de Dios, pero en el Nuevo Testamento ya no era requerida porque Cristo derramó su sangre, así que toda otra efusión similar era innecesaria. Pablo sabía, y lo expone claramente, que esta práctica había sido abolida (Ga. 5:2). Sin embargo la señal del pacto no fue borrada por completo sino que fue sustituida por el bautismo. El teólogo Pierre Marcel explica certeramente Colosenses 2:11-12 al decir “la circuncisión de Cristo-es decir, la del corazón, representada por la circuncisión en la carne, es cumplida por el bautismo, o sea, por lo que este significa”. Interpretamos que por medio de las palabras de Pablo en estos versos que su énfasis está en que aquella circuncisión que una vez sirvió de señal para el pacto ya no era necesaria sino que mediante el bautismo los colosenses estaban completos en Cristo, siendo ahora esta la señal externa de la circuncisión interna (circuncisión del corazón) a ser practicada por los nuevos creyentes. Ya la señal del pacto no pertenecía a un grupo étnico como fue con el pueblo de Israel, sino que ahora es extendida a todo aquel que pone la fe en Jesús sin dejar fuera a sus hijos. 

El pacto continua

En  Hechos 2 podemos ver la predicación de Pedro que evoca las promesas del pacto y su cumplimiento. Tanto es así que en el verso 39 del mismo capítulo Pedro hace una cita de Génesis 17:7 donde el apóstol extiende la promesa para los hijos de los que recientemente se habían arrepentido, evidenciando que los hijos nunca han sido excluidos del pacto. El apóstol Pablo expone en Gálatas 3:7 la continuidad de la promesa hecha a Abraham de la cual nosotros, los creyentes, somos participes (Ga. 3:29) y la cual no ha sido abrogada por Dios en ningún momento (Ga. 3:17). Claramente se puede entender que el pacto y la señal nunca fueron canceladas, sino  que el pacto aun continua y que, como expuse en el párrafo anterior, la señal fue sustituida.

En Hechos 16:33 vemos a Pablo y a Silas bautizando al carcelero y a toda su familia. Este mismo patrón lo vemos con Lidia, donde ella y toda su casa fueron bautizados (Hch. 16:14-15) y el caso de Crispo es similar, donde creyó él y su casa, y fueron bautizados (Hch. 18:8). Tal vez piense que los textos no mencionan niños, pues permítame recordarle que en la alimentación de los cinco mil había niños presentes que no fueron contados pero sí estaban allí y comieron (Mr. 6:30-40). Luego de la predicación de Pedro se convirtieron tres mil personas entre las cuales los niños tampoco fueron contados pero allí estuvieron y seguramente fueron bautizados (Hch. 2:41). Tomando en consideración que esta era una cultura que buscaba intencionalmente la procreación, dato que nos limita fuertemente el descartar con seguridad la presencia de infantes, podemos inferir que existe la gran posibilidad de que hubiese niños presentes.

Es por la fe de sus padres que infantes entran al pacto y reciben la señal al igual que Isaac entró  por la fe de Abraham y fue circuncidado aun sin saber quién era Dios ni haber hecho profesión de fe.  Sería una distorsión que yo como padre cristiano y responsable deje a mi hijo, mientras viva en mi casa y bajo mi cuidado, creer en otro dios que no sea el único Dios verdadero al que le creo y sirvo. Más obediente soy al seguir el mandato de Dios (Dt. 6:3-9) de instruirlos en  Su Palabra, porque ciertamente están bajo Su promesa. Es contradictorio que solo yo esté bajo el Señorío de Jesús y dentro del pacto, mas para con mis hijos sea diferente, excluyéndolos del mismo y teniéndolos que tratar como paganos. Esto precisamente nos presenta Pablo en 1 Corintios 7:14 donde se refiere a que la fe del padre o de la madre santifican a su hijo. El vocabulario usado en estos versos es uno del Antiguo Testamento, donde el incircunciso era inmundo mas el circunciso era santo. Nuestros hijos por medio del bautismo son separados para Dios así como la iglesia es separada  y están siendo criados en un sistema diferente al de este mundo. Cabe mencionar que así como la circuncisión no regeneraba a nadie, nuestros hijos no son regenerados por medio del bautismo pero si son contado como parte de la iglesia local (Ef. 6:1).  

Si para mi es inaceptable que mis hijos no entren al pacto basándome en la revelación de las Escrituras, ¡cuánto más lo hubiera sido para los judíos! Después de 2,000 años incluyendo a los niños en el pacto e impartiéndoles la señal, ¿ahora quedaban fuera? Esto hubiera ocasionado un revuelo que indudablemente estaría en las páginas del Nuevo Testamento. Imagínese a Pedro después de su discurso explicando a miles que sus hijos quedaban fuera del pacto. Solamente una revelación divina podía descontinuar tal antiguo mandato.

En conclusión

Combatiendo con la mente individualista que separa cada miembro de una familia como un ente independiente (aun desde el nacimiento) e  intentando preservar el pacto perpetuo que afecta a las generaciones, los reformados bautizamos a nuestros hijos en obediencia a la única regla de fe y conducta, la Palabra de Dios. Para finalizar, les extiendo el mismo consejo que una vez me dio un profesor cuando le expresé que estaba batallando en cuanto mi postura para recibir el bautismo de niños, él me dijo; “Estudia fuertemente la Palabra al respecto”.

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