Si el trabajo es tan importante, si todos los cristianos lo realizan y dedicamos la mayor parte de las horas en que estamos despiertos a trabajar, ¿por qué la Biblia se centra de manera abrumadora en temas pastorales y de la iglesia? Hay instrucciones detalladas para los ancianos y los diáconos, sobre cómo celebrar la Cena del Señor y cómo cuidar a las viudas, y todo eso es bueno e importante. Pero si nuestro trabajo es tan importante, ¿por qué no hay más pasajes de las Escrituras que lo aborden directamente?
Esta (buena) pregunta parece incluir una pregunta más profunda: ¿Cómo querría Dios que ponga en práctica mi fe en mi labor cotidiana?
Cuando recurrimos a la Biblia, un patrón claro que veo es que no hay un manual de instrucciones: haz esto, haz aquello, y tu trabajo glorificará a Dios. La ausencia de instrucciones directas es la instrucción.
El trabajo no es el único ámbito que entra en esta categoría. Ya sea que estés pensando en cómo tener un buen matrimonio, cómo criar a tus hijos, cómo cuidar tu cuerpo físico o cómo tomar decisiones, son pocos los pasajes de las Escrituras que ofrecen una respuesta específica. Pero si observas las Escrituras en su conjunto, puedes ver patrones y ejemplos que responden a estas preguntas, incluyendo la pregunta sobre el trabajo.
Desde esa perspectiva, quiero destacar algunos pasajes donde aparecen estos patrones y explorar cómo son más instructivos que una simple instrucción.
Tu trabajo en este momento
No puedes pasar del primer capítulo de Génesis sin ver los destellos de lo que Dios tiene previsto para nuestro trabajo: «Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”» (1:28).
Al analizar el Antiguo Testamento, surge un tema que sigue este mandato de la creación: las personas utilizan los dones que Dios les ha dado en el lugar y el momento en que Él las ha puesto.
Las personas utilizan los dones que Dios les ha dado en el lugar y el momento en que Él las ha puesto
Abraham, Jacob, José, Moisés, Bezalel y Aholiab, así como «toda persona hábil en quien el SEÑOR ha puesto sabiduría e inteligencia» (Éx 36:1) utilizan su trabajo en un lugar y momento específicos. El suegro de Moisés, Jetro, podría considerarse el padre del diseño organizacional. Los sacerdotes realizan todo tipo de actividades, desde ayudar a combatir enfermedades infecciosas hasta garantizar que los edificios se construyan según las normas. Por supuesto, el sacerdocio implica más que eso, pero no menos.
Aquí surge un patrón: Dios les da a las personas la oportunidad de usar sus dones para el avance de Su reino y el servicio a Su pueblo. Mientras realizan las tareas cotidianas de cuidar ovejas, administrar una prisión o coser las cortinas del templo, no parece que se esté logrando mucho progreso. Pero desde esta perspectiva, podemos ver que ellos (así como nosotros) estaban contribuyendo a una labor mucho más grande.
El propósito del trabajo
Más adelante en el Antiguo Testamento, encontramos patrones más específicos sobre cómo pensar en el trabajo, sus temporadas y su propósito.
El Predicador (Kohelet) en Eclesiastés ofrece una mirada tenaz, pero en última instancia redentora, a los dilemas más dolorosos del trabajo y la vida: sin Dios, todo carece de sentido, es como correr tras el viento. Las temporadas para todo en Eclesiastés 3 pintan un panorama de los ritmos de la vida y el trabajo que son esenciales para nuestra eficacia y prosperidad. El libro de Proverbios también contiene muchas perlas de sabiduría, como la orientación sobre los beneficios de ser diligente (Pr 21:5), inteligente con los recursos (Pr 6:6-8) y tener un propósito en tus actividades laborales (Pr 16:3).
Se podría extraer un solo hilo de Eclesiastés y Proverbios como guía sobre el trabajo, pero su panorama más amplio trata de cómo ser mayordomos conscientes de las numerosas y variadas experiencias del trabajo en su conjunto.
Trabajar para Cristo
En el Nuevo Testamento surge otro patrón. La iglesia primitiva se está organizando, y los apóstoles están tratando de brindar guía pastoral a sus iglesias incipientes. Inevitablemente, surge el tema de «¿Cómo debemos vivir?».
Pablo escribe a los colosenses: «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien sirven» (Col 3:23-24).
Pablo no dice: «Todo lo que hagan, excepto el trabajo que no sea de la iglesia…». La frase «todo lo que hagan» es amplia. Tu trabajo es servicio a Cristo, independientemente de cuál sea. En otro pasaje, Pablo dice que se debe trabajar duro, pero no trabajar solo por trabajar: «Los animamos… a procurar vivir tranquilos, a ocuparse de sus propias responsabilidades y a trabajar con sus propias manos. Así les he mandado para que, por su modo de vivir, se ganen el respeto de los que no son creyentes y no tengan que depender de nadie» (1 Ts 4:10-12, NVI).
Esta es la respuesta a las preguntas del Antiguo Testamento: ¿Por qué hacemos este trabajo? ¿Qué importa si lo hacemos bien?
La obra que Dios nos ha encomendado, que carece de sentido sin Él, tiene como propósito dar gloria a Cristo.
Gloria a Cristo
Nuestro trabajo glorifica a Cristo porque Él es nuestro ejemplo de lo que significa llevar a cabo el trabajo supremo: la obra de la salvación por medio de Su muerte y resurrección. El autor de Hebreos lo resume así: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios» (12:1-2).
La frase ‘todo lo que hagan’ es muy amplia. Tu trabajo es servicio a Cristo, independientemente de cuál sea
Jesús tenía una obra que cumplir. Un trabajo arduo. La obra definitiva. Una labor que nosotros nunca podríamos realizar por nuestra cuenta. Él la llevó a cabo con perseverancia, con la mirada puesta en el gozo que le esperaba y en la recompensa de estar a la diestra de Dios.
Nuestro trabajo no es salvífico. Pero como «autor y consumador», Jesús nos dio el ejemplo de una obra plena y perfectamente consumada. Podemos aspirar a la resistencia y la perseverancia en cualquier trabajo que realicemos si tenemos en la obra salvadora de Jesús a nuestro Salvador y modelo a seguir.
Un nuevo trabajo
Por la gracia de Dios, Él nos ha dado un trabajo que hacer. La ausencia de instrucciones —un manual, un programa de estudios, una guía paso a paso— es nuestra pista de que la santificación general a la cual nos llama la Biblia también se aplica a nuestro trabajo. Ten dominio propio. No mientas ni engañes. Da generosamente. Sé amable, amante de la paz y lleno de gozo.
A medida que nuestras almas se vayan pareciendo más a Jesús, nuestras vidas cambian. Nos convertimos en mejores cónyuges, mejores amigos, mejores hijos, mejores padres… y mejores empleadores y empleados.
Dios te ama y se preocupa por cómo vives tu vida. En tu trabajo, usa tus dones, da lo mejor de ti, persevera y da gloria a Dios en todos los días vanos de tu vida (Ec 9:9).




