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Una respuesta bíblica a la eutanasia y el suicidio asistido

Desde el pasado jueves 18 de Marzo, España, ahora junto a Canadá, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, encabeza la lista de países que han promulgado una ley a favor de la eutanasia o suicidio asistido.

Se estipula en dicha ley que, para solicitar la eutanasia, la persona afectada debe ser mayor de edad y tener un “padecimiento grave, crónico e imposibilitante o enfermedad grave e incurable, causantes de un sufrimiento intolerable”. La solicitud deberá acompañarse con una serie de evaluaciones médicas y de otra índole para autorizar la muerte del solicitante y buscar verificar que él actúa de manera libre, sin presión externa. El paciente debe confirmar su voluntad al menos cuatro veces en diversas etapas del proceso de solicitud, teniendo la posibilidad de detener el proceso cuando lo desee.

La ley también dice que “Los profesionales sanitarios directamente implicados en la prestación de ayuda para morir podrán ejercer su derecho a la objeción de conciencia”. Tal reparo “deberá manifestarse anticipadamente y por escrito”.

Esta es una ley que entrará en vigor dentro de tres meses y tuvo una importante aceptación entre el Congreso de Diputados, con 202 votos a favor, 141 en contra y dos abstenciones. La ponente de la ley, la exministra de Sanidad con el Partido Socialista Obrero Español, María Luisa Carcedo, afirma que esta ley es “extremadamente garantista” porque —sostiene ella— hay que “extender la expresión de ‘bueno, por lo menos no sufrió’ que se aplica con alivio a quien muere de infarto, por ejemplo, a todas las enfermedades”.

Precisamente, la palabra eutanasia está formada por eu (bueno) y thanatos (muerte), lo cual hace que su significado más común sea “una muerte buena o fácil para el ser humano”, obviamente, bajo el criterio del propio ser humano.

Varios son los pensamientos que han rodeado a este tema a lo largo de la historia. Por ejemplo, la Grecia antigua fue una de las precursoras del pensamiento alrededor de la eutanasia moderna. Sin embargo, los seguidores de Pitágoras, se oponían radicalmente a esta. Los estoicos, por su parte, la aprobaban en casos de enfermedad incurable.

Solo Dios, y no el ser humano, es el único dueño y creador de la vida

Es curioso mirar que uno de los sucesos que más frenó el pensamiento a favor de la eutanasia y el suicidio asistido alrededor del mundo fue la expansión del cristianismo. Además, es interesante notar que la idea de esta ley contradice el juramento hipocrático que todo practicante de medicina debe honrar: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura”.

¿Cómo podemos analizar la eutanasia desde el punto de vista cristiano?

El Dueño de la vida

La Biblia muestra que es Dios, y no el ser humano, el único dueño y creador de la vida. La vida es un regalo, un don de Dios. El Señor considera esto como un concepto sagrado y totalmente fundamental para Su Persona, sobre la cual solo Él mismo determina la vida y la muerte (Gn 9:5-6). La vida de todo ser viviente está por completo en las manos del Todopoderoso (Job 12:9-10; 33:4). Matar, asesinar o incluso quitar la vida de forma involuntaria era penalizado en la ley divina de forma precisa (Éx 20:13; 23:7; 21:12-27).

Lo cierto es que en nuestra cultura contemporánea la vida humana ha perdido muchísimo valor. Sin embargo, desde la creación vemos cómo el ser humano solo sería polvo sin vida si no fuera por este precioso don de Dios (Gn 2:7). Podemos concluir que Dios es el dador de la vida, el único capaz de producir su inicio vital y determinar el momento de la muerte, pues solo Él tiene dicho poder y soberanía (Dt 32:39; 1 S 2:6). 

El problema del pecado y el sufrimiento

Desde la separación del ser humano del Creador en el Edén, una de las consecuencias que trajo el pecado a la humanidad fue el dolor y la muerte (Gn 2:17). Todo sufrimiento en este mundo tiene como causa el pecado, incluso el sufrimiento relacionado con la tierra y la naturaleza (Ro 8:20-21). El pecado siempre tendrá consecuencias para el ser humano (Nm 32:23) y todo dolor, enfermedad, muerte, y violencia que vemos en nuestro entorno es producto del pecado. Si no estuviéramos separados de Dios y viviendo en rebeldía contra Él, no estaríamos discutiendo este tema.

Uno de los grandes problemas que vemos en Génesis con el pecado es el deseo del ser humano de querer ser como Dios, buscando una autonomía y un poder que lo convierta en “Creador” para dejar de ser criatura. Temas como la eutanasia o el suicidio asistido, el aborto, las cirugías de cambio de sexo y otros asuntos similares son solo una muestra de cómo el ser humano, rebelado y enemistado contra Dios, no respeta al dador de la vida. Desecha el orden natural establecido por Dios y quiere tener dominio total sobre la creación. Esta es una posición que no le corresponde y que, debido al pecado, nunca ejercitaría con justicia por causa de su imperfección y pecaminosidad. Todavía pasarán algunos años antes de que empecemos a vislumbrar las consecuencias de todas estas osadías humanas.

La historia del cristianismo muestra cómo la iglesia ha sabido acompañar a los que sufren

El sufrimiento es producto del pecado y los seres humanos quieren huir de él. No quieren experimentar en ellos mismos las consecuencias del pecado original. El ser humano desearía poder hacer el mal y vivir en esta tierra como si el pecado no hubiese sido cometido. Sin embargo, todo sufrimiento es fruto del pecado y ahora es parte de la vida. Además, como creyentes, sabemos que el sufrimiento muchas veces puede ser parte de los propósitos de Dios utilizados para moldear nuestro carácter o humillar el corazón. Dios sigue siendo soberano sobre todo lo que experimentamos y, para los creyentes, todas las cosas nos ayudan a bien (Ro 8:28).

La posición cristiana ante la eutanasia y el suicidio asistido

Tanto las leyes a favor del aborto como las que están a favor de la eutanasia, violentan los mandatos de Dios y le restan valor a la vida. Ellas promueven y toman en sus manos la muerte del ser humano, mientras los cristianos creemos que determinar tanto la vida como la muerte es una prerrogativa que solo corresponde a Dios.

Estamos totalmente en contra de toda práctica que involucre quitarle la vida a una persona, ya sea cuando está en el vientre de su madre o en medio del sufrimiento causado por una enfermedad. Por el contrario, Dios nos manda amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, estar atento al sufrimiento de los más vulnerables y acompañar en su dolor a los que están sufriendo.

La historia del cristianismo muestra cómo la iglesia ha sabido acompañar a los que sufren, a los enfermos y a los desvalidos, ministrándoles en medio de su dolor y creando instituciones que promuevan la vida y busquen paliar el sufrimiento. Con esto queremos decir que el cristianismo nunca ha sido indiferente al dolor humano, pero la vida y la muerte solo le corresponden al Señor.

La compasión cristiana y la verdadera “buena muerte”

Nuestra esperanza radica en que, en el futuro, nos encontraremos en una gloriosa eternidad sin sufrimiento y sin muerte porque no habrá más pecado. La Biblia señala con claridad que esa será una obra de Dios mismo:

“El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos,y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, por las primeras cosas han pasado” (Apocalipsis 21:3-4).

Los cristianos nos oponemos a tomar la vida de un bebé en el vientre de su madre o la de un enfermo terminal. Al mismo tiempo, debemos dejar muy en claro que las consecuencias difíciles de una madre soltera joven o el sufrimiento de un enfermo en situación crítica sí nos importan y mucho (Ro 12:15). Los Evangelios nos demuestran que Jesús no fue indiferente al dolor humano. Él supo detenerse ante el llamado de auxilio del enfermo y quebrantado, y a nosotros nos toca seguir su ejemplo (1 Co 11:1).

La mejor manera de partir de esta tierra es en Cristo y cuando el Señor lo ha determinado

Nuestra responsabilidad es acompañar a la madre gestante en su dificultad y al enfermo en su dolor, pero nunca, por ningún motivo, ninguna ley humana nos hará tomar un derecho que solo le corresponde al Dios soberano y redentor: “Vean ahora que Yo, Yo soy el Señor, y fuera de Mí no hay Dios. Yo hago morir y hago vivir. Yo hiero y Yo sano, y no hay quien pueda librar de Mi mano” (Dt 32:39).

De hecho, creemos que el remedio para el dolor humano ha sido anunciado por Dios en el evangelio. Las buenas noticias son que el Señor Jesucristo fue a la cruz del calvario para pagar el precio por nuestros pecados, y “Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades, Y cargó con nuestros dolores” (Is 53:4).

La mejor manera de partir de esta tierra es en Cristo y cuando el Señor lo ha determinado (Sal 139:16). Sabemos que aquellos que están en Cristo no ven la muerte como un fin, sino como parte de nuestro andar en esta tierra que tan solo dará paso a una gloriosa eternidad. El evangelio llama a todos los seres humanos al arrepentimiento y a poner su fe en Cristo como su Señor y Salvador. Así que nosotros serviremos al que sufre y al necesitado, y también les expondremos las buenas nuevas de salvación y les haremos saber que en Cristo hay esperanza venidera (1 P 3:14-15).

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