«No he orado en algún tiempo».
Me digo esto a mí mismo con demasiada frecuencia. ¿Cuánto tiempo ha pasado? A veces unas pocas horas, otras casi todo el día (o más). ¿Dónde ha estado mi mente? ¿Dónde ha estado mi corazón?
Siento el delicado pero correctivo empujón del Padre. Él capta mi atención al implantar en mi mente la misma pregunta que le hizo a Adán en el jardín: «¿Dónde estás?» (Gn 3:9). Entonces me veo obligado a preguntarme: ¿Dónde he estado? ¿Por qué no he orado?
La repentina conciencia de que me he alejado de la bendita presencia de Dios y he caído en un ateísmo funcional crea en mí una sensación de exposición, una vergonzosa desnudez ante Dios. Él no elimina el aguijón de la convicción, sino que me asegura Su gracia: «¿Quién te dijo que estabas desnudo? No hay condenación para los que están en Cristo Jesús. ¡Vuelve a mí!» (Gn 3:11; Ro 8:1). Su bondad me lleva a la oración.
No podemos acercarnos a Dios mientras nos alejamos simultáneamente de Su autoridad
¿Cuál fue el camino mental, emocional o espiritual que me alejó de la conciencia de la presencia de Dios, de la obediencia al mandato de «oren sin cesar» (1 Ts 5:17)? Normalmente noto una combinación de tres cosas: decepción, desviación y distracción.
Decepción
Aunque solo hayas sido cristiano durante diez días, probablemente hayas experimentado decepción en tu vida de oración. Has recibido un «no» o un «todavía no» del Padre. A veces, has orado maravillándote en Su presencia; otras, tus oraciones parecen rebotar en las nubes (Lm 3:44). «¿Hasta cuándo, oh, SEÑOR? ¿Me olvidarás para siempre? / ¿Hasta cuándo esconderás de mí Tu rostro?» (Sal 13:1).
Aunque es normal, esta experiencia puede estar llena de dolor y aflicción. Hay una razón por la que un tercio de los salmos tienen un tono de lamento: debemos llevar nuestra decepción ante Aquel que nos ha decepcionado. Jesús nos anima a seguir orando, incluso cuando no se nos concede lo que queremos:
Jesús les contó una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer: «Había en cierta ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre alguno. También había en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él constantemente, diciendo: “Hágame usted justicia de mi adversario”. Por algún tiempo el juez no quiso, pero después dijo para sí: “Aunque ni temo a Dios, ni respeto a hombre alguno, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia; no sea que por venir continuamente me agote la paciencia”». El Señor dijo: «Escuchen lo que dijo el juez injusto. ¿Y no hará Dios justicia a Sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? (Lc 18:1-7).
«Clamar a él día y noche» requiere dos cosas: decepción y perseverancia. El Padre quiere que seamos como la viuda; quiere que «no nos desanimemos» y que, por el contrario, «sigamos insistiendo» ante Él. Porque, aunque a veces tarda en responder, se complace en las palabras de Sus hijos.
Desviación
Nuestra vida de oración también se ve obstaculizada cuando somos desobedientes, tanto de forma pasiva como activa.
Si observo iniquidad en mi corazón,
El Señor no me escuchará (Sal 66:18).
Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas (1 P 3:7).
Al que aparta su oído para no oír la ley,
Su oración también es abominación (Pr 28:9).
Cuando caminamos en un patrón de pecado, erigimos una barrera entre Dios y nosotros mismos. Cuando codiciamos, calumniamos o robamos, caemos en un ateísmo funcional y luego nos apoderamos de la anarquía a la que este da rienda suelta. No podemos acercarnos a Dios mientras nos alejamos simultáneamente de Su autoridad.
¿Cómo rompo este ciclo destructivo? «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9).
Distracción
«Estoy demasiado ocupado para orar», dicen a veces nuestros corazones a la defensiva. Pero el problema fundamental es el ajetreo de nuestros corazones, no el ajetreo de nuestras vidas. Vivimos en el mundo de la economía de la atención, y las personas astutas gastan miles de millones de dólares cada día para colonizar nuestras mentes. La mundanalidad ahora atiende a los avisos, las notificaciones y las cronologías de las redes sociales que, en el fondo, carecen de importancia.
El hecho de que desees combatir la falta de oración sugiere que Dios ya está obrando, acercándote a Él
John Piper escribe: «Uno de los grandes usos de Twitter y Facebook será demostrar en el Día del Juicio Final que la falta de oración no se debió a la falta de tiempo». Imagínate: ¿y si la mitad del tiempo que pasaste desplazándote por X, TikTok o Instagram en los últimos tres años lo hubieras dedicado en cambio a la oración? ¿Cómo serían diferentes tu corazón, tu mente y tu alma? ¿Cómo podría Dios haber obrado con poder en respuesta a tus oraciones en las vidas de tus amigos y seres queridos?
Gran parte de la falta de oración proviene de la falta de voluntad para establecer límites adecuados a los círculos viciosos de dopamina con los que hemos hecho las paces. En este sentido, la falta de oración es pereza, pasividad y abdicación. Compartimos el pecado de Adán: dejar que la creación ejerza dominio sobre nosotros en lugar de someter debidamente aquello que Dios ha puesto bajo nosotros. Somos cómplices de nuestra propia subyugación. Dios nos ha sentado con Cristo en los lugares celestiales (Ef 2:6); tenemos la autoridad para reinar sobre las distracciones que nos llevan a la falta de oración.
Dale tus palabras a Dios
Cuando mi hijo llega a casa del colegio, me encanta que me cuente sobre su día. Aunque ya haya recibido un informe del maestro, me encanta escucharlo de él. «¿Con quién jugaste? ¿Qué te enseñaron? ¿Cuál fue el momento más feliz de tu día? ¿Cómo te fue con ese niño que a veces se porta mal?» El corazón de un padre se deleita con las palabras de su hijo.
«Desear la ayuda de la gracia es el comienzo de la gracia», dijo Agustín. El hecho de que desees combatir la falta de oración sugiere que Dios ya está obrando, acercándote a Él. Dale a Dios lo que Él quiere de ti: tu amor, tu atención, tu obediencia, tus palabras y tu deleite lleno de gozo en Él por encima de todo lo demás. Él ya lo sabe todo, pero quiere oírlo de ti. Agrada a tu Señor hoy superando la decepción, dejando a un lado la desviación y la distracción, y correspondiendo a Su búsqueda de ti.


