×

Escapa del “pequeño infierno” de la pornografía

Iniciar sesión, clic, clic, clic… entregarse al deseo, borrar el historial, fingir que no ha pasado nada, arder en vergüenza, prometer que nunca más, castigarse a uno mismo, volver a sentir la tentación, desesperarse… iniciar sesión, clic, clic, clic, entregarse al deseo, borrar el historial…

La lucha contra la adicción a la pornografía puede ser agotadora y abrumadora. En Al este del Edén, John Steinbeck se refiere a la lujuria como «ese pequeño infierno» que fingimos que no existe, pero que nos deja «completamente indefensos» cuando nos vemos envueltos en él.

¿Cómo escapamos de ese pequeño infierno?

A continuación, presento tres estrategias que solemos pensar que ayudan (pero no lo hacen) y tres que solemos descuidar (pero que realmente funcionan).

1. El odio hacia uno mismo no ayuda; la gracia sí.

Me convertí al cristianismo en mis últimos años en el colegio y seguí con mi hábito de ver pornografía como si cargara un balde lleno de babosas. Sabía que era asqueroso, pero no podía dejarlo. Aunque odiaba la pornografía, odiaba aún más la parte de mí que la amaba. En mis arrebatos de odio hacia mí mismo, tomaba medidas drásticas. Nunca duraban. Los ríos de lava del odio hacia uno mismo acaban enfriándose y convirtiéndose en piedra fría e insensible.

Odiarse a uno mismo como consecuencia de un pecado habitual parece lo más adecuado, porque se parece mucho al arrepentimiento. Pero no lo es. Judas se odiaba a sí mismo por su pecado, pero no se arrepintió. ¿Cuál es la diferencia entre el autodesprecio y el arrepentimiento? El verdadero arrepentimiento comienza con lo que hace la mujer pecadora de Lucas 7 cuando llora sobre los pies de Jesús. Ella está consciente de su pecado, por eso llora. Pero también es consciente de su Salvador, por lo que le lleva sus lágrimas.

Jesús invita a todos y cada uno —adictos, cobardes y despreciables— a acercarse a Él con esta promesa: «Si me traes tus pecados, aquí encontrarás el perdón total y gratuito». Jesús nos dice que aquellos a quienes se les perdona mucho, aman mucho (v. 47). Los pecados de esta mujer «son muchos» (v. 47). También los míos. Y los tuyos. Sin embargo, las palabras de Jesús a la mujer son las mismas que pronuncia sobre cualquiera que se acerque con un corazón contrito y quebrantado: «Tus pecados han sido perdonados» (v. 48).

El autodesprecio crea una barrera entre tú y Jesús porque te impide llevarle tus pecados. Es una forma de autosalvación, de expiación propia. Pero tu única esperanza de vencer este pecado es a través de la ayuda que Jesús te ofrece. Los pecados que te niegas a llevar a Jesús para que te perdone son pecados que siguen controlándote.

2. Las soluciones instantáneas no ayudan; la perseverancia sí.

Una analogía que leí una vez en un artículo me ha ayudado: a menudo oímos que arrepentirse significa literalmente «dar la vuelta». Esto hace que el arrepentimiento parezca sencillo, como caminar por la calle. Basta con detenerse y darse la vuelta.

Pero ¿qué pasaría si, en la analogía, no estuvieras caminando sino montando en bicicleta? Dar la vuelta llevaría un poco más de tiempo. ¿Y si estuvieras conduciendo un automóvil? Eso sería aún más complicado. ¿Y si estuvieras pilotando un superpetrolero? El barco tardaría kilómetros en reducir la velocidad hasta detenerse, y ni hablar de comenzar el proceso de dar la vuelta.

El autodesprecio crea una barrera entre tú y Jesús porque te impide llevarle tus pecados

Algunos pecados obstinados pueden persistir durante años antes de que se logre la victoria. Si has estado sumergido en la pornografía, es probable que su fuerza gravitacional no desaparezca de la noche a la mañana. Quizá sí. He oído historias de hombres que han tenido cambios excepcionales en la transformación de sus deseos. Pero para la mayoría, la lucha contra la lujuria será una batalla de toda la vida para dar la vuelta al barco, desintoxicar el cerebro y desaprender los hábitos que se han formado.

Si esperas encontrar una solución milagrosa e instantánea, que elimine tu adicción a la pornografía tan fácilmente como se borra el historial de navegación, te decepcionarás. Creo firmemente en lo que dijo Jesús sobre cortarse las manos y sacarse los ojos (Mt 5:29-30). Si no puedes acceder a internet sin acceder a la pornografía, entonces no deberías tener acceso a la red. Cómprate un teléfono tonto. Vende tu computadora portátil y pon una de escritorio en tu sala de estar. Instala un software de control en tus dispositivos. Lee La mortificación del pecado, de John Owen. Haz lo que sea necesario para cortar las oportunidades de pecar en tu vida.

Pero, en Su misteriosa providencia, Dios ha determinado que el arrepentimiento no sea tan sencillo como un abrir y cerrar de ojos. Toda la vida, como dice un famoso texto que escribió Martín Lutero, debe ser un acto perpetuo de arrepentimiento. No te desesperes cuando la solución instantánea no derribe al monstruo de la lujuria. Necesitarás muchas soluciones. Necesitarás perseverancia. Por eso debemos recordar la gracia que se nos ofrece en Cristo.

En una carta a un amigo que luchaba, C. S. Lewis escribió:

Sé todo sobre la desesperación de superar tentaciones crónicas. No es grave, siempre y cuando no se impongan la petulancia ofendida, la molestia por romper récords, la impaciencia, etc. No existe una cantidad de caídas que realmente podrá derribarnos si seguimos levantándonos cada vez. Por supuesto, cuando lleguemos a casa, seremos niños muy sucios y desaliñados. Pero los baños están listos, las toallas preparadas y la ropa limpia se está aireando en el armario. Lo único fatal es perder los estribos y rendirse. Es cuando nos damos cuenta de la suciedad que Dios está más presente para nosotros: es la señal [misma] de Su presencia.

3. El aislamiento no ayuda; la iglesia sí.

He sido cristiano más tiempo del que no lo he sido. He sido pastor, pastor de jóvenes, líder de un grupo pequeño y compañero de rendición de cuentas de más hombres de los que puedo contar, y todos los hombres con los que he hablado sobre esto tienen un historial de consumo de pornografía. Nunca he conocido a un hombre que no haya visto pornografía en algún momento de su vida. Para algunos, era una isla solitaria en un mar de pureza. Para otros, las islas son su pureza; el mar es la pornografía.

Lleva tus pecados a tu maravilloso y misericordioso Salvador para recibir Sus palabras de absolución: ‘tus pecados te son perdonados’

A pesar de la omnipresencia de la pornografía, muchos de los que están bajo su influencia rehúyen de confesar sus pecados a los demás. Incluso pueden mantener a la comunidad de la iglesia a distancia por miedo a que su vicio oculto, «ese pequeño infierno», sea descubierto.

Cuando encontré un pequeño grupo de otros jóvenes que estaban dispuestos a ser honestos, sentí como si grandes rayos de luz atravesaran un manto oscuro: ¿No soy el único? Nos reuníamos semanalmente para rendir cuentas, y eso resultó ser enormemente vivificante. Los grupos de rendición de cuentas pueden ser mejores o peores, pero como mínimo, estamos obligados por nuestra conciencia a obedecer los mandamientos de las Escrituras: debemos confesar nuestros pecados unos a otros (Stg 5:16; 1 Jn 1:7-10) y debemos exhortarnos unos a otros (He 3:12-14). El ambiente del grupo puede volverse duro o permisivo, o puede estar lleno de la calidez y la santidad de Cristo (Gá 6:1).

En el clásico de Dietrich Bonhoeffer, Vida en comunidad, él explica cómo el Jesús de las palabras de un hermano cristiano es más fuerte que el Jesús que existe únicamente en mi propia mente. Cuando estoy atrapado en la melancolía de la culpa y repito el evangelio para mí mismo, a veces es difícil que esas palabras calen en mi corazón. Pero cuando escucho a un hermano llamarme al arrepentimiento y a la fe, la externalidad de esas palabras captura con más fuerza la objetividad de la obra consumada de Cristo. Independientemente de cómo me sienta, la muerte y resurrección de Jesús por mis pecados se erige como un hecho externo y concreto de la historia. La declaración concreta de mi hermano refleja esta realidad.

Si ahora mismo estás atrapado en la pornografía, puedes escapar del pequeño infierno de la lujuria, pero el camino no te parecerá obvio. No te escondas, sino camina en la luz y confiesa tus pecados. No esperes una solución milagrosa o instantánea, sino prepárate para recorrer el largo camino del arrepentimiento. Sobre todo, no caigas en el odio hacia ti mismo, sino lleva tus pecados a tu maravilloso y misericordioso Salvador para recibir Sus palabras de absolución: «Tus pecados han sido perdonados».


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.

Lo más leído

CARGAR MÁS
Cargando