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Nota del editor: 

Este breve artículo forma parte de una serie regular sobre eventos y personas relevantes en la historia de la Iglesia universal antes, durante, y después de la Reforma protestante. Para conocer más sobre la historia de la Iglesia desde tus redes sociales, puedes seguir los perfiles de Credo en Twitter e Instagram.

Nicolás de Myra (c. 280-343), conocido popularmente como Santa Claus, San Nicolás, o Papá Noel, es un intrigante personaje de la historia de la Iglesia. Uno que, como veremos en este breve artículo, está lejos de ser fantástico, enteramente ficticio, o irrelevante.

La tradición dice que su nacimiento fue la respuesta a una oración que habría durado treinta años. Sus padres, Epifanio y Juana, eran una pareja griega adinerada de la región de Licia (Turquía) conocida por su piedad y devoción al cristianismo. Por largos años pidieron a Dios por un hijo, y décadas después, les fue concedido.

Desde su niñez, Nicolás fue instruido en las Sagradas Escrituras. Se dice que exhibía cualidades de piedad desde temprano, siendo la benevolencia la más notable de ellas. Pero su vida cambió repentina y trágicamente cuando sus padres murieron a causa de una plaga que azotó el área. Nicolás ahora era jóven, rico, y huérfano.

Siguiendo lo que percibía como un mandamiento bíblico de darlo todo a los necesitados, Nicolás dio su fortuna a los pobres y fue encomendado a su tío, un obispo de Licia.[1] Bajo su tutela, Nicolás estudió teología y eventualmente sería ordenado al ministerio.[2]

La historia de una tradición

La tradición histórica dice que en una ocasión, un hombre entrado en edad y en una situación económica difícil consideró la posibilidad de dar a sus tres hijas como siervas, ya que no tenía dinero para darlas en casamiento (la costumbre de la época era que el padre de la novia diese al novio una ofrenda monetaria junto a la mano de su hija).

Se cuenta que una noche el obispo Nicolás fue a la casa de la familia y, metiendo la mano por una ventana, dejó caer una bolsa con dinero, la cual cayó dentro de una media que se secaba al lado del fuego. De ahí la tradición popular de los regalos dentro de las medias.

Aunque Santa Claus es visto como un personaje ficticio, el personaje que yace en el centro de la leyenda fue real —fiel a Cristo y entregado totalmente a su servicio—.

La familia encontró el dinero sin saber quién lo había dejado. Un tiempo después, la primera hija fue dada en casamiento. Lo mismo pasó nuevamente, y la segunda hija fue dada en casamiento. El padre, interesado en conocer la identidad de su benefactor, decidió desvelarse cada noche hasta descubrir quién era. Así Nicolás, la tercera vez, fue descubierto por el padre de la familia. El hombre cayó de rodillas en agradecimiento y Nicolás le prohibió hablar sobre esto, alegando que Dios mismo era quien le había provisto, no un hombre.[3]

Proclamando la eternidad de Cristo

En el año 303, Nicolás fue encarcelado durante la gran persecución cristiana de Diocleciano, conocida como la última, más grande, y sangrienta de las persecuciones romanas contra la Iglesia. El emperador pretendía eliminar el cristianismo de una vez por todas. En este tiempo, las cárceles estarían llenas de obispos, predicadores, y cristianos, no de ladrones y malhechores.

A su salida de la cárcel, se dice que Nicolás asistió al Concilio Niceno (325), donde fue parte del grupo de teólogos que defendió la divinidad de Cristo contra los arrianos. La tradición dice que Nicolás, defendiendo la eternidad del Verbo, entró en una discusión acalorada con Arrio mismo, a un punto tal que Nicolás explotó en su celo y le dió un puñetazo en la cara a Arrio, y lo tumbó al suelo. Aunque suena jocoso, esta es una de esas historias alrededor de la persona de Nicolás que no se han podido comprobar.

Más que celebrar a un Santa Claus consumista y tierno, estamos llamados a celebrar el legado del Nicolás verdadero.

Lo que sí tenemos por seguro es que gracias al pastorado y la fidelidad de Nicolás en su ministerio, la ciudad de Myra nunca fue amenazada por la herejía arriana. Metodio (815-885) escribió: “Gracias a las enseñanzas de Nicolás, la metrópolis de Myra fue la única que no fue tocada por el sucio de la herejía arriana; allí la misma fue rechazada como un veneno letal”.[4]

Celebrando al verdadero Nicolás

Aunque se ve a Santa Claus como un personaje ficticio, y mucho de lo que vemos en su descripción moderna lo es, el personaje que yace en el centro de la leyenda fue real. Nicolás es uno de los hombres más notables, y definitivamente más populares, de la historia de la Iglesia, aun cuando pocos detalles de su vida pueden ser comprobados.[5] A pesar de esto, hay gran beneficio en recordar lo que sí sabemos de vidas como la suya, vidas que dejan un ejemplo de celo por la verdad, fidelidad en el ministerio, y benevolencia al necesitado.

Más que esto, la iglesia de hoy está llamada a celebrar a los hombres y mujeres fieles sobre los cuales se levanta. Y más que celebrar a un Santa Claus consumista y tierno, estamos llamados a celebrar el legado del Nicolás verdadero. El Nicolás que sufrió por Cristo, encarcelado en la gran persecución cristiana del 303; el Nicolás que fue conocido por su desprendimiento de la riqueza terrenal, para ser benevolente con el necesitado; el Nicolás que defendió la divinidad de Cristo —ya con puñetazos o no—. Ese Nicolás no debe de ser desechado, sino celebrado e imitado.

Si le vas a contar historias de Papá Noel a tus hijos, asegúrate de contarles por quién estuvo dispuesto a pelear, a dar sus recursos, y a dedicar su vida.


Nota: La imagen que presenta el artículo es un fresco que se encuentra en la Iglesia Blanca de Karan, al suroeste de Serbia. El mismo data de mediados del siglo XIV y su autor es desconocido.


[1] George Ferguson, “St. Nicholas of Myra or Bari“, Signs and Symbols in Christian Art, 135–136.

[2] Ibid.

[3] Michael the Archimandrite, Life of Saint Nicholas, capítulos 12-18. Este es el primer recuento de la vida de Nicolás, aparece aproximadamente 500 años después de su muerte. Su autor, también conocido como Michaëlem —de quién no mucho se sabe—, se apoyó fundamentalmente de recursos escritos de la antigüedad y de la vasta tradición oral alrededor de la persona de Nicolás.

[4] Sin embargo, Metodio no menciona nada sobre la posibilidad de si Nicolás de Myra fue uno de los asistentes al Concilio de Nicea (325).

[5] The Oxford Dictionary of the Christian Church, 1157

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