Mujeres en busca de identidad

Mujeres en busca de identidad

Nuestra identidad no está en nosotras mismas sino en conocer a Aquel que nos creó.

En pocas ocasiones me he puesto a reflexionar sobre mi identidad. Cuando lo hago, suelo pensar primeramente en mis pasatiempos, mi lugar de nacimiento, o las actividades y la carrera que desempeño. ¿Qué hago? ¿De dónde vengo? ¿Qué me gusta? Y a veces llego a pensar que el conglomerado de todo esto puede formar la respuesta completa de quién soy.

El problema radica en que este rompecabezas nunca llega a completarse, y por mucho que trate de armarlo, siempre estará cambiando. Aquello que me guste hoy no será necesariamente lo que me agrade mañana. Lo que siento, lo que realizo día a día cambia tan rápido como la cultura en donde me desenvuelvo.

En 2015, The New York Times publicó un artículo titulado “El año que obsesionamos con nuestra identidad”, y parece que esa obsesión no ha disminuido. Quizá externamente hemos suprimido la pregunta, porque es demasiado compleja. Pero aún en el subconsciente tratamos de hallar respuesta a este acertijo.  

Mujeres en busca de identidad

El ser mujeres cristianas no nos exenta de esta búsqueda. Si somos sinceras, podremos ver que de una u otra manera tratamos de saber quiénes somos. Las voces que nos rodean nos dicen que si tuviéramos la respuesta, podríamos entonces obtener la tranquilidad, la paz, y la felicidad que anhelamos.

Sócrates decía que el “conocerse a uno mismo es el principio fundamental de la verdadera sabiduría humana”. ¿Será esto cierto? Si lo fuera, ¿cómo podríamos definir todo lo que somos en la vida? ¿Analizando los diferentes roles que jugamos día a día? Si en un contado número de horas podemos ser amigas, hermanas, madres, enfermeras, maestras, doctoras, consoladoras, etc. ¿O deberíamos buscar nuestra identidad en lo que sentimos? Nuestros sentimientos suelen ser tan opuestos de un momento a otro; cambiamos de tristeza a alegría, de enojo a calma en cuestión de instantes.

Con puntos de referencia tan volátiles, ¿cómo será posible llegar a una definición que nos provea un punto donde centrar nuestra identidad y que esta se traduzca en la paz que tanto anhelamos?

Identidad en nuestro Creador y su obra

Nuestra identidad no está en “uno mismo”, como decía el pensador griego, sino en conocer quién nos creó. Dios es quien te conoce por nombre. Es en Él donde nuestra identidad empieza, y en Él donde nuestro verdadero propósito y futuro están guardados. Solo en el Señor la ansiedad y el temor se repliegan, y la certidumbre y la esperanza comienzan.

Somos creación divina. Hechas por un maravilloso Creador a quien desobedecimos, pero que en su amor diseñó un plan para traernos de vuelta a casa. Todos somos su creación, hechos a su imagen y semejanza. Y todos hemos sido destituidos de la gloria de Dios (Ro. 3:20) porque decidimos hacer nuestra voluntad dejándole de lado.

Sin embargo, en contraste con nuestra deslealtad, Él nos sorprende con un plan para restaurar esa relación y adoptarnos en su familia. Los que venimos a Jesús en arrepentimiento por nuestros pecados y en reconocimiento de Él como Señor y Salvador tenemos el privilegio de ser adoptados en su familia. Somos entonces ¡hijas de Dios!

1 Pedro 2:10 nos dice: “…ustedes son linaje escogido, real sacerdocio nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Ustedes en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios…”.

Tal vez esto no te sorprenda porque lo has escuchado muchas veces. Tantas que quizá se haya vuelto ruido blanco en tus oídos. Como aquellas personas que viven cerca de una autopista, y que de tanto oír el ruido de los autos que pasan ya ni pueden escucharlos.

Por eso es que esta verdad debemos no solo repetirla sino creerla. Y si nos cuesta, pedirle a Él que venza nuestra incredulidad. A menudo se nos olvida que el evangelio no es solo para quienes no creen, sino para los cristianos, día tras día. Que la adopción no fue solo de palabra sino que es una verdad. Que siendo sus hijas tenemos acceso a Dios y que es el Espíritu Santo quien hace cambios en nuestras vidas.

A lo largo de nuestras vidas quizá estaremos desempeñando muchos roles diferentes. En medio de todo, podemos sentirnos confiadas y en paz recordando que tenemos una vida nueva en Cristo; recordando que lo que nos define no es algo cambiante o fugaz, sino un Dios que es el mismo hoy y para siempre.

Podemos descansar sabiendo que nuestra vida tiene propósito. Somos hijas del Rey del Universo, amadas y perdonadas por la obra de la cruz. Nuestra vida es para alabarle y descansar en Él plenamente. Para conocerle a través de su Palabra y servirle en el lugar donde Él nos ha colocado.

Que el Señor afirme en nosotras la verdad de que nuestra identidad está en Cristo para siempre.

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