Sirviendo con la perspectiva correcta

Cada mañana al sonar el despertador, revisamos mentalmente lo que hay que hacer en el día. Compromisos familiares, hobbies, deportes, y más. En medio de nuestra lista de tareas suelen estar aquellas que competen a la vida de la iglesia. Tristemente, es común que nuestro servicio en la congregación pase a ser solo una actividad más. El servicio termina como una especie voluntariado opcional; una obligación que no tiene tanta prioridad como aquellas que son remuneradas.

Nuestra propias prioridades pasan a ser más importantes que Dios. Quizá eso suena muy duro, pero piensa un poco y pregúntate, “¿cuál es mi motivación para asistir a la reunión dominical?”. ¿Vas para escuchar la Palabra predicada? ¿Para cantar en conjunto con tus hermanos? ¿Para que tus hijos vean a sus amigos y puedan aprender sobre pasajes bíblicos que son difíciles para ti? ¿Quizá vas porque quieres que tu amigo inconverso te acompañe, para que alguien más le explique aquellas cosas que tú no pudiste?

Todo lo anterior es válido. De hecho, todo lo anterior es muy importante. La adoración grupal como cuerpo, tomar la santa cena, escuchar la Palabra explicada y la Biblia leída dentro de la comunidad de fe son actos maravillosos de la gracia de Dios que nutren nuestra alma. Son muestras visibles de nuestra fe. Y es a través del cuerpo donde crecemos y dónde vemos desarrollados nuestros dones.

La motivación incorrecta

El problema surge cuando nuestro pensamiento mundano inclina la balanza hacia lo que recibimos; cuando pensamos únicamente en términos de lo que se nos puede ofrecer.

En un sentido hemos caído en la trampa del siglo, el individualismo. Vivimos en una sociedad preocupada por satisfacerse personalmente pero no por trabajar o pensar en el bienestar conjunto. Pero Jesús no predicó sobre la autoestima o la autosatisfacción, sino sobre el sacrificio y el amor hacia los demás.

Hebreos 10:24-25 nos dice, “Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos”. No nos reunimos los domingos como iglesia solo para que nosotros seamos nutridos. Congregarnos no es solo para nuestro propio beneficio, sino para tener la oportunidad de servir a otros en el cuerpo de Cristo; de estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras.

Sirviendo con Dios en el centro

Si Dios está en el centro de nuestra vida, lo demás cae en su lugar. Si Dios es verdaderamente todo lo que profeso como cristiana, el paradigma del servicio cambia completamente. Porque en vez de ser una cosa más que hacer, será una oportunidad de agradecimiento y adoración a quien todo nos ha dado en esta vida y la que vendrá. Servir se transformará de una carga a una oportunidad que con amor ha sido preparada por el Espíritu Santo para extender su reino.

Nosotras, miembros de su Iglesia, buscaríamos ver brillar el sol a través de la ventana pensando en cómo servir una y otra vez. El servicio ya no sería una razón para quejarse, sino un desafío para realizar y animar a otros a sumarse.

Puede que las tentaciones de la rutina y la asignación de prioridades jueguen en nuestra contra, pero escuchar al Espíritu Santo diariamente al leer la Palabra y orar será nuestra arma en la lucha contra la cultura que nos oprime. Y si aún así flaqueamos, nos tenemos unos a otros para exhortarnos de nuevo a poner nuestros ojos en Jesús.

Por supuesto que este cambio de perspectiva toma tiempo. Pero en el querer y en el confiar hay mucho más que un paso. Hay un corazón humilde y enseñable, una disposición a rendir nuestra vida y a entender el costo. Un costo que no tiene comparación con lo que Jesús hizo en la cruz por nosotros y con todas las bendiciones que se nos han otorgado.

El dueño de todas las cosas

Hace ya varios años, cuando estaba en Inglaterra titubeando sobre trabajar como misionera en Sudamérica, escuché un himno que evocaba Isaías 6:8: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”.

Mi alma aún se conmueve al escuchar esto, porque parte de mí se sublevaba y negaba a escuchar el llamado que Dios me hacía a rendir mi vida a Él por completo y hacer su voluntad, cualquiera que fuera. Había otras prioridades que ocupaban mi mente. Ahora veo que el miedo y la incertidumbre hacían presa de mí, porque pensé que era yo la que lo había logrado todo: un buen trabajo, una estabilidad económica, amistades, etc. No fue sino muchos años más tarde que comprendí que nada era mío, sino de Él. Que mis logros eran gracias a Él. Y que el tiempo que tanto atesoraba no me pertenecía más.

Lo que es más, Dios en su misericordia me mostró que todo lo que ahora tengo ha sido gracias a que Su Hijo bajó a este mundo para servir, entregar su vida en una cruz, y salvarme de mí misma. Más de una década después, recuerdo cuando canté esa canción en conjunto con la iglesia en Inglaterra, con la voz quebrada y titubeante. Hoy, entre lágrimas puedo cantarla de nuevo, pero en su misericordia mi corazón ha aprendido un poco de humildad y un tanto más de servicio.

Aún así, mi voz flaquea cuando en el último verso debo responder a la pregunta de quién irá para hablar y servir a otros; cuando yo debo contestar: “Yo iré Señor, si tú me guías. Yo guardaré a tu pueblo en mi corazón”.

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