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Liturgia en tiempos de ansiedad: ¿Qué busca la Generación Z en la iglesia?

Algo inesperado parece estar ocurriendo en la Generación Z. Después de un par de décadas donde muchas iglesias buscaron parecer cada vez más «actuales», más espontáneas y más similares a la cultura circundante, algunos jóvenes parecen comenzar a moverse en una dirección distinta. Muchos están mostrando interés por tradiciones, liturgias, rituales y comunidades con identidad clara y consistente.

A primera vista, esto parece contradictorio. ¿Por qué una generación criada entre algoritmos, teléfonos inteligentes y consumo inmediato podría sentirse atraída por la espera, la contemplación y las prácticas litúrgicas antiguas? Quizá porque el problema nunca fue la tradición. Tal vez el problema era el vacío.

El psicólogo social Jonathan Haidt, en su libro Generación ansiosa, ha descrito el enorme impacto que produjo la hiperconectividad sobre la experiencia humana reciente. Las redes sociales alteraron la manera de relacionarse, de construir identidad y de comprender la pertenencia. Esta nueva forma de relaciones vino acompañada de ansiedad creciente, fragilidad emocional y soledad, a pesar de la conexión que aparenta ofrecer.

Por ejemplo, muchos jóvenes habitan redes inmensas con amistades extremadamente frágiles. Pueden entrar y salir rápidamente de comunidades digitales sin pagar «un precio» de entrada ni de salida.1 Pueden recibir aprobación inmediata, pero eso no siempre significa pertenencia, y pertenecer sigue siendo una necesidad profundamente humana. Es paradójico: nunca hubo tanta conectividad y pocas veces hubo tan poca comunidad.

Comunicación versus comunidad

La generación Z busca espacios donde la identidad no dependa constantemente del rendimiento personal

El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han ofrece una observación iluminadora sobre esta situación actual. Sostiene que los rituales son «acciones simbólicas que permiten la existencia de una comunidad». No funcionan simplemente como transmisión de información. Crean reconocimiento mutuo. Crean hogar.

Sin embargo, los rituales requieren de repetición, tiempo y atención activa. Esto provoca que nuestra época de hiperproducción los desplace al punto de hacerlos desaparecer por considerarlos improductivos. Cuando desaparecen los rituales, también desaparecen estructuras simbólicas compartidas.2 A diferencia de la rutina, la repetición ritual tiene intensidad y significado, entrena la atención profunda y crea estabilidad. Conecta el pasado y el futuro en un presente vivo.3

Los rituales no son solo simbólicos, sino también corporales: transmiten valores e identidades de forma encarnada y presencial. La comunidad ritual es física, mientras que lo digital debilita estos vínculos. Los sentimientos, como los expresados ​​en los ritos funerarios, se experimentan colectivamente y crean pertenencia.

Por lo tanto, la actual ausencia de rituales compartidos debilita esta protección simbólica y emocional, dando lugar al predominio de emociones efímeras y aisladas. Por eso es importante comprender que los rituales son narrativas vividas que requieren tiempo, ritmo y presencia comunitaria.

Una búsqueda profunda

En medio de todo esto, tenemos a la Generación Z orbitando al cristianismo, donde parece que no está buscando solo argumentos intelectuales a sus interrogantes. Busca lugares habitables. Busca comunidades donde permanecer. Busca espacios donde la identidad no dependa constantemente del rendimiento personal. Y eso vuelve relevantes algunas prácticas históricas del cristianismo.

James K. A. Smith, en su libro You Are What You Love [Eres lo que amas], insiste en que los seres humanos somos criaturas litúrgicas. Nuestros corazones son moldeados por hábitos, ritmos y prácticas repetidas. La repetición, rasgo distintivo de los rituales, cumple una función formativa: es una manera de calibrar el corazón. A diferencia de la rutina, el ritual genera intensidad; permite que la atención se estabilice y se profundice.4

Las disciplinas espirituales apuntan a fortalecer la fe tanto en lo personal, como en comunidad

Todos tenemos liturgias, incluso aquellos que no profesan alguna fe. Por ejemplo, uno de los rituales más representativos de la cultura contemporánea: despertar, tomar el teléfono, buscar aprobación, deslizar contenido, repetir. Allí existe una formación espiritual, una liturgia que rara vez la reconocemos como tal. La repetición diaria es formativa. Ella siempre termina formando amores. Y tal vez por eso muchos jóvenes están cansados de la cultura contemporánea, porque la cultura digital prometió conexión pero entregó distanciamiento. Prometió ocio, pero generó agotamiento. Prometió libertad, pero ha dejado a las personas presas en la ansiedad. Prometió identidad, pero ha producido incertidumbre.

Una de las grandes preguntas contemporáneas continúa siendo: «¿Quién soy?». En este sentido, el filósofo Charles Taylor observó que nadie puede responder esa pregunta completamente solo. La identidad siempre se construye dentro de marcos compartidos. Necesitamos historias. Necesitamos comunidad. Necesitamos pertenencia.5 Y la liturgia participa precisamente allí.

Una formación trascendente

El culto cristiano nunca fue solo una actividad semanal. Es una pedagogía del corazón. Nos recuerda quién es Dios, quiénes somos y hacia dónde vamos. Las prácticas repetitivas de la lectura pública de la Escritura, la confesión comunitaria de fe, la celebración periódica de la Cena del Señor, la expresión pública del bautismo y la oración comunitaria hacen algo más que transmitir información. Forman identidad. Y quizá por eso algunos jóvenes están comenzando a sentirse atraídos hacia este tipo de prácticas.

¿Por qué? Porque en una cultura fragmentada existe hambre de estabilidad. En una cultura acelerada existe hambre de pausa y permanencia. En una cultura profundamente individualista como la nuestra, existe hambre de comunidad real y no de una imitación.

Aquí, Deuteronomio 6:4-9 resulta crucial para hoy. Dios entrega a Israel una práctica permanente de repetición: cuando se sienten, cuando caminen, cuando despierten, cuando descansen. En todo momento recordarás que el Señor es uno y que solo a Él debemos amar integralmente. No es una simple transferencia de datos. Es formación. Es identidad. Es pertenencia. Es una manera de habitar el mundo. Es una confesión de fe.

Quizás durante demasiado tiempo hemos pensado el discipulado como la transmisión de información doctrinal. Pero el discipulado siempre involucró hábitos compartidos y ritmos comunitarios. La iglesia entendió esto durante siglos. Las disciplinas espirituales apuntan a fortalecer la fe tanto en lo personal, como en comunidad.

Al parecer, la Generación Z está allí recordándonos que aquello que la «iglesia emergente» hizo parecer anticuado (liturgia, ritual, comunidad) es en realidad una de las respuestas necesarias para el discipulado contemporáneo.

Ritmos, rutinas y rituales

La cultura contemporánea ofrece una paradoja extraña: libertad casi ilimitada y, al mismo tiempo, una profunda sensación de desorientación. Los rituales crean una experiencia en el mundo. Hacen habitable el tiempo. Esto puede sonar extraño a oídos evangélicos acostumbrados a sospechar de palabras como ritual o liturgia. Sin embargo, la Escritura está llena de prácticas rituales dadas por Dios: fiestas, memoriales, oraciones, sacrificios, sacramentos, lecturas. Dios siempre formó a Su pueblo mediante ritmos, rutinas y rituales compartidos.

James K. A. Smith diría que es porque el corazón humano necesita ser calibrado continuamente ya que nuestra brújula se desvía ante lo atractivo de otros polos magnéticos.6 Amamos según hábitos aprendidos. Por eso el discipulado cristiano nunca consistió simplemente en informar mentes. Consiste también en formar afectos. Tiene sentido que la Biblia nos diga: «Con toda diligencia guarda tu corazón, / Porque de él brotan los manantiales de la vida» (Pr 4:23).

Cuando la cultura clama por gracia

Los seres humanos necesitamos estructuras que nos recuerden constantemente quiénes somos delante de Dios

Aquí los productos culturales como la música, resultan reveladores. El caso de la cantante española Rosalía, en su producción musical reciente, llama la atención porque su exploración de símbolos religiosos y trascendencia parece expresar una inquietud espiritual ampliamente compartida por las nuevas generaciones. Detrás de referencias a luz, gracia y necesidad de algo externo al yo, aparece una intuición profundamente actual: la autosalvación no funciona. Muchos jóvenes parecen intuir eso. Saben que la identidad construida solo desde el yo es frágil. Y por eso buscan algo más estable.

Carl Trueman ha advertido que las comunidades confesionales ofrecen justamente aquello que las sociedades contemporáneas han debilitado: continuidad, identidad y marcos compartidos. No se trata de nostalgia. No se trata de volver artificialmente al pasado. Se trata de reconocer que los seres humanos necesitamos estructuras que nos recuerden constantemente quiénes somos delante de Dios.

Queda cada vez más claro que la Generación Z no está buscando una iglesia más hipercontextualizada y «espectacular». Tal vez ya se cansaron de la superficialidad y de personalidades espirituales irreverentes. Tal vez está buscando una iglesia más habitable. Una comunidad donde la verdad sea visible. Donde la identidad pueda descansar. Donde la repetición forme esperanza. Y es allí donde las iglesias históricas tienen mucho más que ofrecer de lo que imaginamos.


1. Jonathan Haidt, «A geração ansiosa», 73. ↩
2. Byung-Chul Han, «La desaparición de los rituales: Una topología del presente» (Barcelona: Herder Editorial, 2020), 11ss. ↩
3. Søren Kierkegaard, «La repetición», traducido por Demetrio Gutiérrez Rivero (Madrid: Alianza Editorial, 2009). ↩
4. James K. A. Smith, «Você é aquilo que ama. O poder espiritual do hábito» (São Paulo, SP, Brasil: Vida Nova, 2018), 183ss. ↩
5. Charles Taylor, «Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna» (Barcelona: Paidós, 2022), 52-53. ↩
6. Smith, «Você é aquilo que ama». ↩
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