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En 1569, Casiodoro de Reina tradujo y publicó por primera vez una Biblia completa en el idioma español, que hasta el día de hoy se le llama la Biblia del Oso. Poco después, en 1602, su alumno Cipriano de Valera revisó la traducción de Reina y publicó la Biblia del Cántaro. Estas Biblias derivan sus nombres, Oso y Cántaro, de sus portadas. 

El detalle artístico de ambas portadas es fascinante e ilustrativo del arte del siglo XVI. Sin embargo, como cualquier forma de arte, estas interpretaciones han generado un debate sobre lo que realmente significan, si es que significan algo.

¿Podrían estas imágenes de portada contener algún simbolismo teológico? ¿Son meramente la marca registrada o la firma pictórica de una imprenta? ¿O podrían contarnos una historia sobre algunos de los acontecimientos de la Reforma protestante en el siglo XVI? 

Después de un cuidadoso estudio y consideración de sus elementos icónicos, la estructura compositiva, y la ubicación de las citas bíblicas, es difícil no concluir que, hasta cierto punto, hay una historia en los emblemas.

El emblema en la Biblia del Oso

Para proporcionar una descripción más detallada: la imagen es la de un árbol frondoso —con una orientación vertical y recta— que ha sido rasgado. El árbol, en el medio, divide la imagen. En la esquina superior derecha hay tres palomas, en la parte central derecha algunas abejas, y en la parte inferior derecha una Biblia y el tetragrámaton hebreo (YHWH). En la parte inferior izquierda, al otro lado del árbol, hay un oso parado sobre sus patas traseras comiendo miel de una colmena, mientras que en la parte superior izquierda hay un mazo que cuelga de una cuerda en una de las ramas del árbol, dando la impresión de que el mazo golpeó el árbol y causó que la miel saliera de la colmena. En este lado del árbol hay algunos insectos, como moscas y una araña que cuelga de su telaraña. Y en la parte inferior del emblema está el texto de Isaías 40:8 en hebreo y en español: “La palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.

Aunque es cierto que el arte puede producir diversas opiniones, el verdadero significado detrás de la interpretación artística nunca se pierde, es decir, el significado que pretendió el artista. Es simplemente una cuestión de descubrirlo. En lo que respecta a la Biblia del Oso, el académico Gordon A. Kinder, quien se especializó en Casiodoro de Reina y la Reforma protestante española, escribió a favor de una interpretación modesta del emblema, en la que proponía que las imágenes están relacionadas con la imprenta y los impresores, y nada más. El oso, por ejemplo, representa al impresor. 

Otro erudito, J. C. Nieto, sugiere una interpretación mucho más completa y simbólica.⁠[1] Según Nieto, el árbol puede significar la Iglesia católica romana, mientras que la colmena es la Palabra de Dios. Esto significaría entonces que la Iglesia católica había mantenido cautiva la Palabra de Dios de la mayoría de la población. En cuanto al mazo, para Reina, habría sido tanto el poder de la Palabra de Dios como el golpe que Martín Lutero le dio a la Iglesia con la Reforma protestante. En cuanto a las abejas, en lo que se refiere a la colmena y su miel, se puede decir que, así como la Palabra de Dios es dulce para el alma, lo que acompaña a todos los que la prueban es también el aguijón de la persecución que sigue. En cuanto al oso, Nieto reitera la interpretación de Kinder. Esto es, quizá, lo más cerca que podamos llegar al significado original del artista.

El emblema de la Biblia del Cántaro

A diferencia de la Biblia del Oso, el emblema de la Biblia del Cántaro es mucho más fácil de interpretar. Es similar al primero, con un árbol frondoso que se encuentra en el centro con una orientación vertical, dividiendo la imagen. Sobre el árbol está el sol, con el tetragrámaton hebreo inscrito, el cual brilla hacia abajo, y a la izquierda y derecha del árbol hay dos jardineros trabajando. El hombre de la izquierda planta el árbol, mientras que el hombre de la derecha lo riega con agua de un cántaro. Las imágenes se derivan claramente de las palabras de Pablo, quien escribió a la iglesia de Corinto:

“Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor”, 1 Corintios 3:6-8.

La interpretación presentada por la académica María Dolores Alonso Rey de la Université d’Angers es, hasta la fecha, la más definitiva. Para citarla:

La interpretación parece clara. Los dos jardineros en la imagen representan a quien tradujo la primera Biblia, Reina, y quien la revisó, Valera. Los dos son, con su trabajo, siervos humildes, colaboradores de Dios, pero solo Él importa y su palabra permanece para siempre. Plantan al cristiano en el terreno de las Sagradas Escrituras, pero es la gracia de Dios lo que lo hace crecer en su fe.⁠[2]

Si la interpretación de Alonso Rey es cierta (después de todo no parece haber razón para que no lo sea), esto iluminaría la relación entre Reina y Valera. Ellos reconocieron quiénes eran en el gran esquema de las cosas, y no se vieron a sí mismos como grandes gigantes de la Reforma. En cambio, se consideraron siervos humildes, cada uno haciendo su parte para promover la verdad de la Palabra de Dios. Se cree que Reina sirvió como un tipo de mentor para Valera, dada su correspondencia y su tiempo juntos en Sevilla, España, cuando asistían a la misma célula clandestina protestante. Ambos reconocieron que su salvación, su crecimiento, y su contribución a la Reforma fue el resultado de solamente la gracia de Dios para solamente la gloria de Dios.

Las imágenes del jardín

Quizá lo más fascinante de los dos emblemas de la Biblia del Oso y la Biblia del Cántaro es el uso de las imágenes de los jardines. En la Biblia, algunos de los eventos más significativos relacionados con la narrativa redentora ocurrieron en jardines. En el jardín del Edén, nuestros primeros padres fueron creados a la imagen de Dios y se les dio dominio sobre una creación buena y perfecta (Gn. 1:28-31). En ese mismo jardín, donde el hombre caminaba con Dios y disfrutaba de su comunión, también pecaron contra Él y trajeron la maldición y los efectos del pecado sobre toda la creación. El retrato de la bondad y la perfección paradisíaca se convierte en un retrato de la corrupción y caída. Desde entonces, la creación ha dado la apariencia de que necesita ser redimida de su estado caído (Ro. 8:20-22). 

Más tarde, en el primer siglo después de Cristo, en el jardín de Getsemaní, Jesús ora al Padre y le suplica protección y unidad para sus seguidores (Jn. 17:15-23), mientras que afirma su compromiso de llevar a cabo el plan de redención del Padre. Tres días después de su crucifixión, su resurrección ocurre en una tumba situada en un jardín (Jn. 19:41-42), e incluso se le confunde con un jardinero cuando aparece (Jn. 20:15). 

Hasta ahora he mencionado tres jardines, pero hay un cuarto, uno futuro: el paraíso restaurado. En el primer jardín, el paraíso se perdió como resultado del pecado del hombre; en el segundo jardín, Dios envió a su Hijo para salvar y restaurar al hombre de su pecado y para redimir a toda la creación; en el tercer jardín, la obra redentora del Hijo da el primer fruto, la victoria sobre la muerte. Pero hay un cuarto. A través de la obra redentora del Hijo, toda la creación será renovada y el paraíso será totalmente restaurado (Ap. 21). Esta es la esperanza de todo cristiano, la consumación y renovación de todas las cosas.

Aunque el vínculo común entre estos cuatro jardines es ciertamente la narrativa redentora, desde la creación, la caída, la redención, hasta la restauración, quizá el más notable y relevante para los dos emblemas de las Biblias españolas es el árbol de la vida. El árbol de la vida en el primer jardín permitía que el hombre viviera para siempre (era un árbol literal), en el segundo y tercer jardín, el árbol de la vida es el Señor Jesucristo, el dador de la vida, y en el cuarto jardín el árbol de la vida se menciona nuevamente como un árbol cuyas hojas sanarán a las naciones (Ap. 22:2). No hace falta decir que el árbol de la vida alude a Jesús desde el principio en el primer jardín hasta el final en el cuarto. No debería sorprender, entonces, que Reina y Valera usaron imágenes de árboles y jardines en los emblemas de su Biblia, pues seguramente vieron cuán prominente y teológicamente significativo era el uso de estas imágenes, y hubieran querido repetir las buenas nuevas de Jesucristo como Señor, Salvador, y dador de vida.


1. J.C. Nieto, El Renacimiento y la otra España (Geneva: Librairie Droz, 1997), 525-526.

2. Maria Dolores Alonso Rey, “Los Emblemas de las Biblias del Oso y del Cantaro. Hipótesis Interpretativa”. IMAGO Revista de Emblematica y Cultura Visual, Num. 4 (2012), 57, doi: 10.7203/imago.4.1443.


Imagen: Lightstock.
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