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Charles Dickens comenzó Historia de dos ciudades con las líneas inmortales: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Estas palabras suenan como una contradicción, algo disonante en el oído, duro para el cerebro. ¿Cómo podrían ser mejores y peores los tiempos?

Antes de que Charles Dickens tomara una pluma, el matemático, filósofo, y escritor francés Blaise Pascal había hablado de la paradoja. Para Pascal, el hombre mismo es la paradoja culminante de toda la creación. Dijo que somos al mismo tiempo las criaturas de la mayor grandeza y de la más baja miseria. La paradoja es que podemos pensar, lo cual es una espada de dos filos. Que podamos contemplarnos a nosotros mismos es nuestra grandeza. La desgracia viene cuando queremos una vida mejor de la que ahora disfrutamos y nos damos cuenta de que no podemos hacer que suceda. Tenemos el conocimiento suficiente para escapar de la dicha de la ignorancia.

En última instancia, la dignidad humana se basa en la convicción de que alguien allá arriba nos hizo.

Traducido a las realidades cotidianas, esto significa que una persona con una enorme riqueza puede concebir todavía más riqueza, poder, prestigio, salud, y fama; todo se puede aumentar o mejorar. Pero considere a esa persona que tiene una cantidad tan grande de dinero, pero que sufre de mala salud o pena por la muerte de un ser querido. En última instancia, la dignidad humana se basa en la convicción de que alguien allá arriba nos hizo. Detrás de la dignidad humana, está la teología.

Me dirigía a los altos ejecutivos de una corporación Fortune 500. Era un pequeño grupo compuesto por vicepresidentes regionales y el presidente del consejo. El entorno emanaba con un ambiente de poder y prestigio. Mientras hablaba, la audiencia de gente importante estaba un poco nerviosa por mi mezcla de “religión” y negocios. Cuando el seminario estaba casi terminado, el presidente de la junta se emocionó y sus ojos se iluminaron. “Déjame ver si puedo conectar lo que dices —me dijo—. Lo que escuché es que nuestra vida empresarial se ve afectada por la forma en que tratamos a las personas. Cómo tratamos a las personas es una cuestión de ética. La ética está determinada por nuestra filosofía. Nuestra filosofía refleja nuestra teología, por lo que el respeto a las personas es realmente una cuestión teológica”. En términos simples, el presidente estaba expresando lo que Dostoievski quiso decir cuando afirmó: “Si no hay Dios, todo está permitido”, o lo que Sartre intentaba comunicar cuando dijo: “El hombre es una pasión inútil”.

Estas son declaraciones sobre la dignidad humana, y se refieren al trabajador en la fábrica de automóviles, al minero, al periodista, y al vendedor de seguros. Si nadie está en el cielo, entonces el trabajo del ejecutivo y el trabajo del conserje son igualmente inútiles.

El humanista deriva sus valores de la fe judeocristiana, mientras que al mismo tiempo repudia la base misma sobre la cual descansan estos valores.

Algunos buscan eludir el dilema esquivando el problema con una ingeniosa evasión. El humanista rechaza a Dios mientras afirma en voz alta el valor de las personas. Él une sus manos con cristianos y judíos para marchar por los derechos humanos, eliminar la esclavitud, detener la opresión de los pobres, y para construir hospitales que cuiden a hombres y mujeres en miseria. El humanista exalta las virtudes de la honestidad, la justicia, y la compasión… pero debe crucificar su mente para hacerlo. Porque el humanista está atrapado en la viciosa contradicción de atribuir dignidad a las criaturas que viven sus vidas entre dos polos que no tienen sentido. El humanista vive con “dinero prestado”, pues deriva sus valores de la fe judeocristiana, mientras que al mismo tiempo repudia la base misma sobre la cual descansan estos valores. Todavía está buscando a alguien que lo ayude, pero no recibe respuesta. Asigna valor al hombre completamente sin base, o por lo menos no en la razón, sino en preferencia solamente.

Debemos hacerle al humanista algunas preguntas duras y difíciles: ¿por qué deberíamos preocuparnos por la difícil situación de los adultos, quienes no son más que gérmenes insignificantes (como afirman ellos)? ¿Qué diferencia hay si los gérmenes blancos subyugan a los gérmenes negros, y los hacen sentarse en la parte posterior del autobús? ¿A quién le importa si alguien se aprovecha de personas —que no son más que manchas insignificantes de protoplasma—, en una fábrica de acero, o en las cortes de justicia?

Oh, responden, los gérmenes negros se preocupan y las pequeñas manchas de protoplasma gritan. Una vez más, digo: “¿Y qué?”. Una criatura sin valor final, alguien que es en última instancia insignificante, no vale sacrificio alguno. Si el hombre no tiene valor, entonces podemos quedarnos dormidos toda la mañana.

Aparte de los escépticos recalcitrantes, pocos de nosotros respondemos al humanismo de esa manera. Seguimos el sentimentalismo y aceptamos la feliz inconsistencia del humanista. Nosotros también somos humanos y a menudo nos contentamos con dejar que el humanista se quede con el pastel que ya se comió. Aplaudimos su hazaña mágica de tener un mundo que viene de la nada, como un conejo sacado del sombrero. Miramos con asombro su capacidad de sacar un ser de la nada, de sacar dignidad de la insignificancia, y personalidad de la impersonalidad; y nos maravillamos de la capacidad del humanista para mantenerse firme con ambos pies plantados en el aire.


Este extracto está adaptado de The Hunger for Significance, P&R Publishing, Phillipsburg, NJ.


Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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