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Lo que la historia de Balaam nos enseña sobre la soberanía divina

La historia de Balaam (Nm 22-24) es un episodio curioso dentro del Pentateuco, y no solo porque incluye a una asna que habla.

Desde Éxodo hasta Deuteronomio, la historia sigue al pueblo de Israel mientras sale de Egipto con Moisés, cruza el desierto del Sinaí y se aproxima a la tierra prometida. Estos libros narran cómo Dios estableció Su pacto con Su pueblo (Éx 20; 24), los conflictos internos y externos que enfrentaron (p. ej., Éx 32), las leyes que debían obedecer (p. ej., Éx 20-23:19; Lv 19) e incluso cómo debían organizar su campamento (Nm 2).

De forma sorprendente, justo cuando los israelitas llegan a su tan esperada meta, listos para entrar y poseer la tierra (Nm 22:1), la cámara se aleja de su campamento. Como resultado, nuestros protagonistas están notoriamente ausentes del relato continuo más extenso en el libro de Números. Para comprender la importancia de este momento de suspenso —y, con ello, la intención del pasaje— es esencial considerar su contexto literario e histórico.

Promesas antiguas y artes de adivinación

Recordemos primero las promesas que Dios le hizo a Abraham, antepasado de los israelitas. A pesar de que el patriarca era anciano y no tenía heredero, Dios le prometió que su descendencia sería una multitud, como las estrellas del cielo y la arena del mar (Gn 15:5; 22:17). También que heredarían una tierra prometida después de pasar un tiempo en servidumbre (Gn 15:7-16) y que serían de bendición para todas las familias de la tierra (Gn 12:3). Números 22-24 hace referencia a cada una de estas promesas. El relato señala de inmediato que los israelitas, en efecto, se han multiplicado, han salido de Egipto y están acampados frente a Jericó, a punto de entrar y recibir la tierra prometida (Nm 22:1-5). Este es un momento significativo en el cumplimiento de las promesas de Dios a Abraham y a sus descendientes.

Balaam es identificado como un adivino (Jos 13:22) o como alguien que busca presagios (Nm 22:7; 23:23; 24:1), por lo que resulta útil conocer un poco sobre los sistemas de adivinación del antiguo Cercano Oriente. Las deidades del antiguo Cercano Oriente no eran soberanas. Sus decisiones podían anularse mediante conjuros y rituales; sus decretos solían oponerse a los de otras deidades rivales; y no eran omniscientes, como lo evidenciaba su propia práctica de la adivinación. Esta es la cosmovisión que subyace en las palabras y acciones de Balaam y del rey moabita Balac.

No te dejes engañar por la referencia de Balaam al Dios de Israel como «el SEÑOR mi Dios» (Nm 22:18); esto no lo presenta como alguien devoto exclusivamente al Dios de Israel, ya que era común que los habitantes del antiguo Cercano Oriente se refirieran a cualquier deidad, o a múltiples deidades, como suya. Los adivinos invocaban a una multitud de dioses, en distintas ocasiones y por diversos medios, para obtener el resultado que deseaban.

Estas deidades caprichosas podían ser persuadidas para responder favorablemente al adivino mediante, por ejemplo, sacrificios aromáticos ofrecidos en lugares consagrados. Balaam y Balac actúan conforme a esa suposición en este relato (Nm 23:4, 13-15, 27-30). Una audiencia occidental moderna podría considerar absurda esta cosmovisión, pero los israelitas sin duda estaban familiarizados con ella.

La soberanía de Dios sobre lo sobrenatural

La irrupción de un adivino en este momento culminante de Números habría encendido las alarmas en la mente de los primeros lectores. El pueblo bendecido por Dios está a punto de recibir una maldición por parte de un agente extranjero. Si las decisiones de otras deidades podían ser manipuladas mediante prácticas como la adivinación, entonces tal vez el plan de Dios para los israelitas también podría ser alterado. Las promesas divinas habían resistido rebeliones (Nm 16), ejércitos extranjeros (Nm 21) y, por supuesto, el pecado (p. ej., Nm 11), solo para ahora parecer amenazadas por una posible revocación a manos de las artes sobrenaturales.

Balac ciertamente cree que ese es el caso. Aunque Dios afirma tener la autoridad para bendecir y maldecir en Su promesa a Abraham, el rey moabita cree que el verdadero poder está en manos del adivino Balaam, quien supuestamente puede doblegar la voluntad de los dioses: «Porque yo sé que a quien tú bendices es bendecido, y a quien tú maldices es maldecido» (Nm 22:6). Con Moisés ausente y sin conocimiento de lo que está ocurriendo, los israelitas no tienen un intercesor que pueda evitar el desastre. Al principio, Balaam parece tener éxito al persuadir a Dios para que respalde el plan, pero el narrador omnisciente revela la verdadera postura de Dios en el versículo 22. Al insistir en el asunto, Balaam (y más adelante Balac) es entregado a su pecado.

Cuando se une a Balac, Balaam intenta contactar a Dios en dos ocasiones mediante la lectura de presagios. Quizás de forma sorprendente, Dios responde al adivino en ambas. La interpretación de esos signos, los cuales Balaam transmite en forma poética (Nm 23:7-10, 18-24), menciona específicamente las promesas hechas a Abraham: los israelitas son tan numerosos como el polvo, y el Señor es el Dios que los rescató de la esclavitud en Egipto.

Tal como era habitual en la práctica de la adivinación, Balac exige que Balaam haga un tercer y último intento de influir sobre el Dios de Israel (Nm 23:25-27). Se hacen los mismos preparativos, pero algo inesperado sucede antes de que el adivino pueda obtener más presagios: Dios, sin duda indignado por las intrigas de Balac, abruma a Balaam con dos visiones proféticas (Nm 24:3-9, 15-19).

En ambas, Dios declara sin ambigüedades que las tribus serán firmemente establecidas en la tierra. Además, reafirma Su promesa a Abraham en su aplicación a Israel: «Benditos los que te bendigan, / Y malditos los que te maldigan» (Nm 24:9; ver Gn 12:3). El Dios de Israel cumple soberanamente Su Palabra y ningún otro poder puede frustrar Su plan para Su pueblo.

Una promesa antigua para hoy

El cumplimiento de las promesas de Dios no es un mensaje de seguridad reservado solo para los israelitas. Pablo recuerda a todos los creyentes que, por la fe en Jesucristo, también nosotros somos herederos de la promesa hecha a Abraham (Ro 4:13).

Dios, en efecto, ha hecho numeroso a Su pueblo: una iglesia que lleva bendición hasta los confines de la tierra. En Cristo nuestro Señor, no hay poder, ya sea natural o sobrenatural, que pueda separarnos de las promesas y del amor de nuestro Padre celestial (Ro 8:38-39).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
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