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Un grupo de investigadores hizo un experimento donde leyeron la parábola del hijo pródigo a grupos en varios lugares del mundo: Asia, África, Europa del Este, Medio Oriente, América del Norte. Luego, los investigadores le pidieron a las personas que les contaran la historia nuevamente. Hubo un detalle que la gente en el mundo en desarrollo siempre mencionó que aquellos en las naciones desarrolladas siempre omiten: la hambruna.

El hijo, lo recordarás, tomó su herencia y se fue al país lejano donde lo gastó y lo derrochó. Él solo “volvió en sí” y regresó a su hogar después de que “vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad” (Lc. 15:14). Aquellos en contextos opulentos no recordaban esta parte de la historia porque les parecía un detalle menor. Para quienes vivían regularmente con la amenaza del hambre, esto parecía ser una parte importante de la historia. Ciertamente así es.

Al tratar con aquellos que se alejan de la fe, debemos reconocer que a veces no comienzan a evaluar las cuestiones profundas de sus vidas hasta que se encuentran en una situación en la que no saben qué hacer. Debemos ser el tipo de padres, abuelos, e iglesias que han mantenido abiertas todas las conexiones posibles, para que nuestros pródigos sepan cómo volver a casa, y sepan que nos encontraremos en el camino, y que ya planeamos una fiesta de bienvenida.

Bondad hacia los hijos pródigos

Eso requiere, sin embargo, morir a uno mismo. El dolor sobre un niño descarriado es real y debería estar presente en una vida impulsada por el Espíritu. Jesús lloró sobre Jerusalén (Lc. 19:42-44). Pablo dijo que deseaba que él mismo pudiera ser enviado al infierno y separado de Cristo “por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne” (Ro. 9:3).

Este dolor no debe confundirse, sin embargo, con nuestro deseo carnal de mostrar al mundo que nos rodea las familias “bendecidas” y “exitosas” que tenemos. En muchos casos, la verdadera tragedia en una familia con niños rebeldes no es que sus padres estén heridos por ellos, sino que sus padres están avergonzados de ellos. Si los niños “buenos” fueron el resultado de una mera técnica, entonces podríamos jactarnos de nuestra propia rectitud a través de la vida de nuestros hijos. Pero esto no es así.

En muchos casos, la verdadera tragedia en una familia con niños rebeldes no es que sus padres estén heridos por ellos, sino que sus padres están avergonzados de ellos.

Lo mismo es cierto en la situación opuesta. Si pensamos que algo es deficiente o vergonzoso sobre una familia con hijo pródigos, entonces debemos concluir que algo es deficiente o vergonzoso sobre la familia de Dios.

Las familias, sin embargo, no son sobre nosotros y nuestra presentación al mundo. A veces, lo que le puede llevar a un niño a ver la cruz en la vida de sus padres es escuchar a esos padres decir: “No importa lo que hagas. No importa a donde vayas. Siempre serás nuestro hijo, y siempre nos alegrará decirlo. Puede que no nos guste lo que estás haciendo, pero no nos avergonzamos de ti”.

Después de todo, este es el mismo tipo de bondad que nuestro Padre nos mostró, la bondad que nos llevó al arrepentimiento en primer lugar (Ro. 2: 4).

Paciencia para hijos pródigos

Incluso en tales situaciones con finales felices, rara vez hay una transición obvia, definitiva, de la oscuridad a la luz, no más que para muchos de nosotros. Dios perdona inmediatamente después de la fe y el arrepentimiento. Luego pasa el resto de nuestras vidas formándonos y moldeándonos, alejándonos de los viejos hábitos y afectos hacia los nuevos. Dios es infinitamente paciente, gentil, y amable. Debemos ser así también.

El hijo o hija que, por ejemplo, ha pasado un tiempo en el lejano país de la adicción a las sustancias, de repente puede no tener más deseo por las drogas. Pero esto es poco probable. Por lo general, lo que sigue es una larga lucha por la santidad, a menudo con algunos golpes y retrocesos en el camino. No deberíamos desesperarnos por esto, ni debemos tener sobre la cabeza de un niño arrepentido lo que él hizo “con nosotros”. Si realmente creemos en el evangelio de la cruz, entonces todo eso es crucificado y sepultado detrás de nosotros.

En cambio, debemos mostrar la paciencia que Dios mismo nos ha demostrado. “Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones”, cantaba el salmista (Sal. 103:12).

En la primera de las historias de Narnia, el hermano Edmund se amotina contra el rey Aslan y contra sus hermanos, aliándose con la malvada Bruja Blanca, arrastrada por su hipnotizante delicia turca. Eventualmente, por supuesto, Edmund regresa. Los otros niños ven al león caminando y hablando con el otrora rebelde, aunque no pueden escuchar la conversación. Aslan se acerca a ellos, con Edmund. “Aquí está vuestro hermano”, dice Aslan. “Y no hay necesidad de hablar con él sobre lo que es pasado”.

Esa es toda nuestra historia. Todos somos Edmund. Mostremos la misma gracia a aquellos que nos han decepcionado o han pecado contra nosotros, incluso, tal vez especialmente, si son nuestros propios hijos.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Josué Barrios.
Este artículo es un fragmento adaptado del libro The Storm-Tossed Family: How the Cross Reshapes the Home (B&H Book, 2018).
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