Ningún creyente necesita liberación de demonios

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Entre los errores que hoy se promueven y abrazan dentro de la iglesia hispanohablante, el tema de la liberación de demonios practicado a creyentes es quizá uno de las más comunes y dañinos. Es decir, que incluso los cristianos pueden estar poseídos por demonios y necesitan ser liberados. Docenas de libros se han escrito, predicadores se han hecho famosos y ministerios completos se han levantado a partir de este error.

Antes de continuar, debemos recordar que la Biblia sí nos habla de la presencia, de la actividad y del poder de los demonios. Tal como lo dijo Pablo en sus epístolas, ellos son parte de los principados y potestades que operan en el mundo espiritual (Colosenses 2:15; Efesios 6:12).  Sin embargo, la expulsión de demonios es algo que solo se practicó a no creyentes. Algunos de estos, como el caso del hombre de Gadara, llegaron a la fe después de haber sido liberados. Además tampoco negamos la opresión que los demonios puedan ejercer sobre los creyentes.  Sin embargo, el error que quiero exponer en este artículo no es la expulsión de demonios como tal, más bien el engaño de que los cristianos también son poseídos y deben recibir liberación.

La liberación a la que se refieren es una sesión de oración con imposición de manos que en ocasiones lleva a las personas a temblar, vomitar y caerse. En algunos casos, estas liberaciones que pueden durar varias horas, se llevan a cabo en los templos al final de los servicios dominicales, en retiros espirituales, o en casas como parte de una sesión de consejería.

Uno de los mayores exponentes de este grave error es Guillermo Maldonado, un predicador del Sur de la Florida que pastorea la iglesia El rey Jesús. Maldonado es uno de los líderes más influyentes del pueblo hispano y sus enseñanzas son recibidas e imitadas en muchos círculos de la iglesia latinoamericana.

En su libro Liberación Sobrenatural, él dice: “En mi experiencia, la mayoría de los cristianos necesitan liberación y no solo una vez…”.[1] Pero luego dice algo mucho más atrevido respecto a la iglesia: “Y he llegado a la conclusión de que aproximadamente un ochenta por ciento necesita liberación”.[2]

Es decir, para Maldonado, ¡80% de los cristianos están endemoniados! (O demonizados, como el argumenta).

Además, el autor dice: “Cuando alguien odia a otro sin razón, hay una evidencia de la presencia de un demonio…”.[3]

Pero quizá uno de los pasajes más alarmantes y destructivos respecto al tema es cuando dice:

“Por ejemplo, si le dice a alguien que está bajo la influencia de un demonio en el área de la sexualidad—tal vez manifestado en adulterio—que se niegue a su carne, la persona terminará frustrada, porque sus esfuerzos serán vanos. Es posible que, por un periodo de tiempo, pueda controlar el impulso de pecado; pero en el instante en que esa resolución se debilite, volverá a caer en el mismo pecado. Estas personas, primeramente debe ser libres del control demoniaco antes de poder aprender a ejercer dominio propio”.[4]

Y digo que es destructivo, porque esto crea la impresión que los pecados sexuales—sea adulterio, fornicación, masturbación, etc.— no son prácticas de las que debemos arrepentirnos, renunciar, morir, y negarnos, sino que son demonios de los que debemos liberarnos. Eso hace que muchos dentro de la iglesia se sientan víctimas y no asuman su responsabilidad. Esta clase de enseñanzas producen una pecaminosa pasividad y lleva a las personas a interminables ciclos de liberación, sin ninguna consciencia de pecado y de la maldad de su propio corazón. Es por esto que nuestro Señor y el apóstol Pablo ponían gran énfasis en la sana enseñanza, pues la verdad bíblica es el instrumento de santificación y la que produce piedad cristiana (Juan 17:17; 1 Timoteo 6:3).

Entonces, ¿por qué un creyente no necesita liberación de demonios?

El error se puede exponer y refutar desde muchos ángulos, pero para simplificarlo quiero proponer tres argumentos. Quiero responder la pregunta con una respuesta de tres parte.

I. Porque  ningún creyente fue liberado de demonios en el Nuevo Testamento. En los Evangelios, en el libro de los Hechos y en las epístolas, no hay ninguna referencia a liberación de demonios practicado a los creyentes. Como ya dijimos arriba, vemos ejemplos de personas que fueron liberadas, pero no eran creyentes (Marcos 1:21; Hechos 16:18) y unos llegaron a la fe después de haber recibido expulsión de demonios (Marcos 5:1-20; Mateo 8:28-34). De otro lado, cuando Pablo escribe a un Timoteo que estaba desanimado, avergonzado e intimidado, el apóstol no manda a su discípulo a liberarse del demonio del desánimo, o del demonio de intimidación, sino que le dice: Fortalécete en la gracia que es en Cristo; no te avergüences y acuérdate de Jesucristo (2 Timoteo 2:1; 1:8; 2:8). Otro ejemplo es el de Pedro que se dejó arrastrar por la hipocresía. En esa circunstancia, antes que liberación de un espíritu de hipocresía, Pedro necesitaba una represión personal que fue hecha por el mismo Pablo: Pero cuando Pedro vino a Antioquia, me opuse a él cara a cara, porque era de condenar (Gálatas 2:11). Un último ejemplo lo vemos con Filemón y Onésimo. Este último había servido a Filemón, pero luego se apartó de él por una rencilla entre ambos. Ellos no necesitaron liberación de un espíritu de traición o de resentimiento. Lo que Filemón y Onésimo necesitaban era reconciliación y Pablo escribe esa carta para ese propósito (Filemón 1:1-25).

II. Porque todo creyente es posesión de Dios y está habitado por el Espíritu. El apóstol Pablo enseñaba que el creyente recibe el sello del Espíritu desde el día de su conversión. Este sello es una señal de la garantía de nuestra salvación y de que somos propiedad de Dios: “En El también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en El con el Espíritu Santo de la promesa,” (Efesios 1:13). Es decir, todos los que hemos creído tenemos el Espíritu como señal que le pertenecemos a Dios. Somos de él, porque el pagó un precio por nosotros. Esto también está enseñado en otros pasajes: “Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”(1 Corintios 6:2). El creyente es propiedad de Dios. Pero Pablo no solo dice que somos propiedad de Dios, también establece que el Espíritu Santo nos habita: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Corintios 3:16). Dicho a manera de resumen, el creyente no puede estar poseído por un demonio, porque es posesión de Dios y su Espíritu mora en él.

III.  Porque en nuestra lucha con el pecado, la biblia no nos manda a tener liberación sino a morir a nuestro pecado. Desde el nuevo nacimiento, los cristianos estamos en un proceso que las Escrituras describen como la santificación. Es ese proceso que comienza en nuestra conversión por medio del cual el Espíritu de Dios nos va haciendo más libres de la corrupción y del poder del pecado y nos va renovando cada día más a la imagen de Cristo. Como parte de este proceso Dios nos hace responsables de morir, negarnos y renunciar al pecado. Pablo dijo que los creyentes debemos despojarnos del viejo hombre, es decir de la vieja naturaleza y vestirnos del nuevo hombre o la nueva naturaleza (Efesios 4:22-24). La palabra despojar en este pasaje describe primeramente la actitud que el creyente debe tener ante la realidad del pecado remanente que hay en él. Despojarse del viejo hombre es una descripción de la reacción que el cristiano tiene con su propio pecado. Es una manera de expresar la oposición que un hijo de Dios debe tener contra la maldad de su propio corazón.

Esta misma idea es descrita y expresada de otras maneras en el Nuevo Testamento. Jesús dijo: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29). El autor de Hebreos dijo: “despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1). Además se nos manda a los creyentes a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos (Tito 2:12), a abstenernos de pasiones carnales (1 Pedro 2:11), a negarnos a nosotros mismos (Marcos 8:34) y a hacer morir lo terrenal en nosotros (Colosenses 3:5). Todos estos términos, ponen la responsabilidad en los creyentes. Es el creyente el llamado a morir al pecado.

Claro, la pregunta que surge es ¿Cómo nos negamos a nosotros mismos? ¿Cómo renunciamos, nos abstenemos y morimos al pecado?

Las Escrituras son claras a este respecto:

  • La Biblia nos manda a orar para no entrar y para ser librados de la tentación (Mateo 6:13 ; 26:41).
  • Reconocer el pecado. Humillarse. Confesarlo y pidiendo perdón a Dios (y en muchas ocasiones tendremos que confesarlo a nuestros hermanos). Nunca moriremos a los pecados que no confesamos y por los que no pedimos perdón. Esto incluye reconocer, confesar, arrepentirse y pedir perdón por los pecados “grandes” y los pecados “pequeños” (por decirlo de una manera). Debemos lidiar con los pecados escandalosos, y como decía Jerry Bridges, también con los Pecados Respetables.
  • Pero luego de pedir perdón, también debemos pedir el poder para morir a nuestras pasiones. Debemos orar pidiendo ser fortalecidos con poder para crecer en las virtudes del nuevo hombre. (Efesios 3:14-16; Colosenses 1:11). Debemos recordar que la gracia de Dios en Cristo no solo es perdón cuando pecamos, sino que también es poder para vivir para la gloria de Dios.
  • Además debemos orar para que el Señor nos dé una mayor consciencia de la naturaleza del pecado y de la gracia del evangelio. Que podamos entender cuán ofensivo es el pecado para Dios. Que el Señor abra los ojos de nuestro corazón, para ver cuán engañoso, poderoso y destructivo es el pecado para que así podamos discernir y estimar el gran valor de nuestra salvación. Que Dios nos conceda ver lo precioso y suficiente que es nuestro Salvador.

Conclusión

A manera de síntesis, ningún creyente necesita liberación de demonios porque ningún cristiano fue liberado de demonios en el Nuevo Testamento; porque somos posesión de Dios y estamos habitados por el Espíritu y porque en nuestra lucha con el pecado, la biblia no nos manda a tener liberación sino a morir a nuestro pecado.

Para terminar quiero destacar la provisión que Dios ha hecho para nuestra lucha con el pecado: Nos ha dado Su iglesia para que seamos exhortados y animados a no ser llevados por el engaño del pecado (Hebreos 3:23; 10:24- 25). Y nos ha dado su Espíritu. Por eso el apóstol Pablo nos recuerda: porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. (Romanos 8:13).

No estamos solos. ¡Gracias Señor!


Imagen: Lighstock

(1) Liberación Sobrenatural por Guillermo Maldonado  pg. 12

(2) Liberación Sobrenatural por Guillermo Maldonado pg.14

(3) Liberación Sobrenatural por Guillermo Maldonado  pg.18

(4) Liberación Sobrenatural por Guillermo Maldonado pg. 22

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