×
Nota del editor: 

Esta es el segundo artículo de la serie “Diez hechos básicos sobre el canon del Nuevo Testamento que todo cristiano debe memorizar”. Puedes leer el artículo anterior aquí.

En la publicación anterior, discutimos el primer hecho básico sobre el canon del Nuevo Testamento: que los escritos del Nuevo Testamento son los primeros textos cristianos que poseemos. Tuvimos cuidado de aclarar que la fecha temprana de estos libros no los hace canónicos, pero muestra que estos libros fueron escritos durante un período de tiempo cuando los testigos oculares de Jesús todavía estaban vivos.

En este artículo abordamos el tema de los escritos “apócrifos” del Nuevo Testamento. Estos son los escritos que no se incluyeron en el Nuevo Testamento, pero que tienen un género similar (Evangelios, hechos, epístolas, apocalipsis, etc.). Estos escritos a menudo se atribuyen a personas famosas, por ejemplo: el Evangelio de Pedro, el Evangelio de Tomás, los Hechos de Juan.

Aunque no podemos entrar en detalles extensos sobre estos diversos escritos apócrifos, al menos podemos notar un hecho básico que a menudo se pasa por alto: todos estos escritos apócrifos datan del segundo siglo o una fecha posterior. Por lo tanto, este artículo es el corolario del anterior. No solo todos los escritos del Nuevo Testamento son del primer siglo, sino que todos los escritos apócrifos (al menos los que existen) son del segundo siglo o posterior; y muchos son del siglo tercero o cuarto.

Lo que es particularmente notable sobre este hecho es que incluso los académicos críticos están de acuerdo. Si bien existe una disputa sobre la fecha de algunos libros del Nuevo Testamento (por ejemplo, 2 Pedro y las epístolas pastorales), casi existe unanimidad sobre la fecha tardía de los libros apócrifos. Por supuesto, hay intentos alternativos de colocar algunos escritos apócrifos en el primer siglo (por ejemplo, Crossan argumenta que un “evangelio de cruz” insertado en el Evangelio de Pedro es del primer siglo) pero estas sugerencias no han sido ampliamente recibidas.

La observación de este simple hecho cuestiona rápidamente las afirmaciones sensacionalistas sobre cómo estos libros “perdidos” contienen la versión “real” del cristianismo.

Los escritos apócrifos no ofrecen una versión más convincente del cristianismo que los propios escritos del Nuevo Testamento.

Por supuesto, uno podría argumentar que textos posteriores aún pueden preservar la auténtica tradición cristiana del primer siglo. Después de todo, un texto no tiene que ser escrito en el primer siglo para contener material del primer siglo. Es cierto. Pero, aún tendríamos que tener una razón convincente para aceptar estos textos posteriores a los anteriores. Y cuando se trata de estos escritos apócrifos, hay pocas razones convincentes.

Por un lado, sabemos que muchos de estos escritos apócrifos son falsificaciones, pretendiendo ser escritos por alguien que claramente no era el autor. Ese hecho por sí solo plantea serias dudas sobre la fiabilidad de su contenido. Segundo, muchos de estos escritos apócrifos contienen “arreglos” obvios y adiciones legendarias. Por ejemplo, en el Evangelio de Pedro, Jesús emerge de la tumba como un gigante cuya cabeza alcanza las nubes, y es seguido por la propia cruz que luego habla (!). Y tercero, muchos de estos escritos apócrifos contienen una teología de estilo gnóstico que ni siquiera surgió hasta el siglo II y, por lo tanto, no podían representar el cristianismo auténtico del primer siglo (por ejemplo, el Evangelio de Felipe).

Es importante aclarar que esto no sugiere que sea imposible, en principio, que una escritura apócrifa sea del primer siglo (es solo que todavía no hemos encontrado una). Esto tampoco sugiere que los escritos apócrifos no podrían (o no pueden) contener una tradición confiable de Jesús. Sabemos que los primeros cristianos a veces apelaron a los evangelios apócrifos por contener material verdadero (veremos más sobre esto en una publicación posterior). Pero, y este es el punto clave, los fragmentos de literatura apócrifa que pueden ser confiables no presentan una versión del cristianismo que esté fuera de sintonía con lo que encontramos en los libros del Nuevo Testamento, y ciertamente no están en condiciones de reemplazar lo que encontramos en los libros del Nuevo Testamento.

Al final, los escritos apócrifos constituyen una fuente interesante y fascinante para el estudio del cristianismo primitivo. Pero, en gran parte debido a su fecha tardía, no ofrecen una versión más convincente del cristianismo que los propios escritos del Nuevo Testamento.


PUBLICADO ORIGINALMENTE EN EL BLOG DE MICHAEL J. KRUGER. TRADUCIDO POR EQUIPO COALICIÓN.
Imagen: Lightstock
Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando