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Esta reseña contiene spoilers. 

A veces abusamos de palabras como «épico» e «impactante» al describir películas. Sin embargo, estas palabras fueron hechas para películas como Duna, de Denis Villeneuve.

La novela original de Frank Herbert es una obra maestra de ciencia ficción «blanda» y de creación de mundos complejos. Villeneuve se desvía muy poco, pero de manera sabia, de su material original. Lo que a la película le falta en detalles lo compensa en alcance cinematográfico. Si alguno de los puntos más sutiles del mundo de Herbert son dibujados de manera más general, la adaptación de Villeneuve capta a la perfección la historia a gran escala.

Duna se desarrolla miles de años hacia el futuro de la humanidad y narra la historia del joven Paul Atreides (Timothée Chalamet), hijo único del duque Leto (Oscar Isaac) y su concubina, Lady Jessica (Rebecca Ferguson). La casa Atreides es un clan próspero y bien posicionado dentro del Imperio Padishah y sus complejas dinámicas de feudalismo interplanetario. Esto convierte a Atreides en un blanco. Sintiéndose amenazado por la casa Atreides, el emperador Padishah conspira contra la casa junto a sus enemigos a muerte, los Horkonnens. Paul debe buscar una manera de salir de la ruina de esta traición.

El mundo de Herbert está repleto de personajes y escenarios memorables. Sin embargo, Duna es tanto una historia sobre las fuerzas mayores que mueven el universo (en lo político, económico y espiritual) como sobre los seres humanos individuales que lo habitan.

Sigue el dinero

Una pieza clave de las dinámicas financieras de Duna es la especia: el bien más preciado de la humanidad, el cual solo puede ser encontrado en el planeta desértico de Arrakis. La especia extiende la vitalidad humana y otorga algún grado de presciencia cuando es usada en grandes cantidades. Sin ella, los viajes interplanetarios colapsarían, junto con todo el imperio que abarca el universo conocido. Con ella, la Cofradía Espacial mantiene el monopolio de los viajes interestelares, el emperador Padishah Shaddam IV mantiene su posición en la cúspide de la pirámide feudal, los miembros del clan Harkonnen mantienen su posición financiera como los envidiables señores de Duna y mucha gente importante se hace de mucho dinero.

Es casi seguro que Herbert tuvo la intención de que el tráfico de especias en Duna sirviera como metáfora del comercio explotador de combustibles fósiles de Occidente; la analogía no puede ser más adecuada a pesar de ser obvia. Eones en el futuro, el tiempo y la catástrofe habiendo borrado nuestro mundo natal, la humanidad está atrapada en el mismo juego aburrido. En la época medieval, los reyes y papas de Europa disfrazaron la rivalidad política como guerra santa. En el siglo XVIII, la prosperidad del sur de Estados Unidos se produjo a costa del cautiverio de la esclavitud. En el siglo XXI, las mujeres bangladesíes mal pagadas y que trabajan en condiciones potencialmente mortales, son las que cosen la ropa occidental barata. Milenios después, el Imperio Padishah se mantiene en alto gracias a la explotación de un solo planeta desértico y de su gente. Así va el mundo.

Mito y manipulación

A pesar de que la dinámica financiera de Duna es bastante sencilla, hay otras fuerzas en juego que son más sutiles e insidiosas. Si Herbert es incisivo en su crítica de las políticas financieras explotadoras, es mordaz en su forma de tratar las prácticas religiosas manipuladoras.

Las Bene Gesserit son una antigua hermandad cuasirreligiosa que, durante muchas vidas, han dirigido la política de la humanidad desde las sombras. A través de matrimonios arreglados con cuidado, manipulación genética y la seducción estratégica ocasional, han podado las ramas de los árboles genealógicos más poderosos para crear su mesías esperado: el Kwisatz Haderach. Este hombre, a través de la crianza selectiva y el entrenamiento intenso, poseerá una mente lo suficientemente poderosa como para ver a través del espacio y el tiempo, lo que le permitirá gobernar a la humanidad de manera segura a través del futuro incierto.

Las Bene Gesserit han pasado generaciones llenando el universo con la noticia de su llegada, plantando profecías de su advenimiento en lo profundo de la memoria cultural de innumerables sociedades. En Duna, Paul es asociado con historias de lo que los Fremen (la gente de Arrakis) llaman Lisan al Gaib, la figura mesiánica que creen que no solo romperá el control de sus opresores, sino que convertirá el desierto de Arrakis en un paraíso. Sin embargo, Paul está desilusionado con su linaje.

«Ven lo que otros le han dicho que vean», Paul le dice entre suspiros a Lady Jessica mientras los peregrinos Fremen se reúnen y lo miran boquiabiertos. Estos peregrinos son los infelices portadores de mitos diseñados para consolidar el poder y Paul lo sabe. El joven Atreides no se siente entusiasmado con la idea de ser el mesías.

Si Herbert es incisivo en su crítica de las políticas financieras explotadoras, es mordaz en su en su forma de tratar las prácticas religiosas manipuladoras

Sin embargo, tras ser traicionado por sus aliados, perseguido por sus enemigos y abandonado en el desierto, esto es en lo que él se convierte. Al morir todos los demás aliados de Atreides, o haber sido capturados o desertados, Paul y su madre solo pueden recurrir a los Fremen. El duque Atreides no será suficiente para forjar un ejército a partir de estos nómadas. Es necesario el Lisan al Gaib.

En el duelo que le da entrada a Paul en la comunidad Fremen, el joven duque ya puede sentir el terrible propósito trazado para su futuro. Cuando comienza la lucha, Paul escucha en los vientos del tiempo: «Paul Atreides debe morir para que Kwisatz Haderach se levante».

No te equivoques, el joven Atreides será grande, pero perderá gran parte de su humanidad al asumir el papel diseñado para él por las Bene Gesserit. Él lo sabe, lo teme y hasta lo detesta, pero elige serlo, así solo haya sido por falta de opciones. Se podría argumentar que los personajes individuales de Duna carecen de la capacidad de salir del camino establecido por su cultura, herencia o religión heredada. Aun Paul, privilegiado hasta lo sumo y muy consciente de las fuerzas que lo impulsan, es incapaz de elegir un camino diferente.

Esta no es la primera vez que Villeneuve explora temas del determinismo. En La llegada, un encuentro con una raza alienígena le otorga a la protagonista, Louise Banks (Amy Adams), un vistazo a su futuro. Sin embargo, el libre albedrío y el determinismo se encuentran y se besan en La llegada: Banks ve su futuro seguro (en toda su gloria y tragedia) y lo elige con libertad. Sin embargo, los personajes en Duna están atrapados dentro de los patrones cíclicos y trillados de la raza humana.

Un mundo conocido

Sería fácil solo levantar la mano y agradecer a Dios de que la muerte y la resurrección de Cristo nos liberan de los pecados comunes y los males sistémicos de nuestro tiempo. Paul, Jessica, Leto y el resto pueden ser cautivos de alguna forma de determinismo naturalista, pero nosotros somos libres de elegir una mejor manera.

Pero ¿lo hacemos?

De hecho, sería fácil caracterizar el universo de Herbert como nada más que una descripción austera y deprimente de un mundo sin un verdadero salvador. Sin embargo, nuestro mundo sí tiene a Cristo y no está ni remotamente libre de los males que Herbert retrata de una manera tan vívida. Las Cruzadas fueron impulsadas por sacerdotes, no paganos. El sur de los Estados Unidos antes de la guerra era profesamente cristiano. Y si revisas mi armario, te garantizo que encontrarás más de una etiqueta que diga «Hecho en Bangladesh».

El proceso de desenredar nuestro plan de estudios, la política, la infraestructura, las denominaciones y las cadenas de suministro de los pecados perpetuos de la codicia y el tráfico de poder no sería una tarea fácil ni sencilla. Tampoco, con toda honestidad, presumiría de comprender estas dinámicas lo suficientemente bien como para trazar el curso de acción para llevar a cabo esta tarea. Sin embargo, diría con seguridad que tal tarea comenzaría por admitir que existen tales males.

La historia de Herbert no es un cuento particularmente feliz, ni su mundo es muy esperanzador. Sin embargo, es hermoso, doloroso y, sin duda, honesto.

¿Nosotros lo somos?


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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