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¿Parto natural o por cesárea? Según la experiencia y el consejo de distintas mujeres a mi alrededor, la principal diferencia radicaba en el tiempo de recuperación: la cesárea traía dolor por mayor tiempo.

Debido a esto, mientras estaba embarazada, me aferré al plan de un parto natural. Hice todos los ejercicios recomendados para que el bebé se acomodara en la posición correcta. Me alimenté sanamente. Hice todo lo que pude para que las cosas salieran como yo quería. Sin embargo, Dios tenía otros planes.

En mi última semana de gestación, mi ginecóloga me dijo que el bebé no estaba bien acomodado, por lo que me tendrían que intervenir por medio de una cesárea al día siguiente. Al escuchar esa noticia, el terror se apoderó de mí y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo de solo imaginar el dolor que enfrentaría a partir de las próximas veinticuatro horas.

El miedo al dolor

El embarazo es un suceso que marca un antes y un después en la vida de una mujer gestante. Durante nueve meses nos preparamos con ropa, pañales y distintos productos que utilizará el bebé. Sin embargo, hay algo para lo que casi nunca estamos preparadas: enfrentar el dolor físico de dar a luz.

El miedo a sentir dolor es normal, pues este no era parte del diseño original de Dios. La Biblia nos muestra que en el principio, todo lo que el Señor había creado era bueno (Gn 1:31). Él dio al hombre y a la mujer la bendición de ser fecundos y multiplicarse (Gn 1:28). Pero cuando ellos desobedecieron a Dios, comiendo del fruto prohibido, entró el pecado a nuestra tierra junto con una consecuencia que las mujeres seguimos arrastrando hasta hoy: el dolor al dar a luz a nuestros hijos.

La hermosa experiencia de tener a un bebé se vio empañada por el sufrimiento físico. Esta es parte de la sentencia que Dios le dio a la mujer después de haber desobedecido: «En gran manera multiplicaré / Tu dolor en el parto, / Con dolor darás a luz los hijos» (Gn 3:16).

Enfrentando el dolor como Jesús

Mientras me aterraba el dolor que enfrentaría e intentaba asegurarme de tener listo todo lo que mi bebé podría necesitar al nacer, el Señor me recordó Sus verdades, mientras reflexionaba en Su Palabra y en Su evangelio.

Cristo con Su ejemplo nos ha modelado un camino de cómo reconocer lo que nos angustia y ser sinceros ante otros creyentes

Pude recordar que todo, incluyendo el sufrimiento, tiene varios propósitos dentro del plan de Dios. Esa fue la experiencia de Jesús, quien enfrentó el mayor dolor en la cruz, al morir por nuestros pecados. Al reflexionar en Su aflicción en Getsemaní (Mt 26:36-46), pude abrazar estas lecciones prácticas sobre cómo enfrentar el temor al dolor bíblicamente:

1. No es malo reconocer la angustia ante el dolor 

Jesús sabía que enfrentaría un gran sufrimiento en la cruz. No solo era el dolor físico y la muerte, sino que experimentaría la separación de la comunión perfecta con el Padre.

Ante ello, a pesar de ser Dios mismo hecho hombre, no pretendió fingir fortaleza, sino que reconoció Su angustia diciéndole a Sus discípulos: «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quédense aquí y velen junto a Mí» (Mt 26:38).

De la misma manera, no importa si eres mamá primeriza o con experiencia, Cristo con Su ejemplo nos ha modelado un camino de cómo reconocer lo que nos angustia y ser sinceros ante otros creyentes.

2. Podemos buscar apoyo en comunidad

En el mismo relato en Getsemaní, observamos que, además de reconocer la angustia que sentía, Jesús pidió a Sus discípulos que oraran junto a Él.

Seguir Su ejemplo ante el dolor fue clave en mi preparación para la cesárea. El día anterior pude hablar por teléfono con algunas amigas creyentes, con pastores, con familiares y, por supuesto, con mi esposo, quienes me animaron grandemente a través de sus oraciones.

Tú puedes hacer lo mismo. Busca amistades piadosas con las cuales puedas tomar tiempos de oración. Confío en que esto confortará tu alma inquieta como me ayudó a mí.

3. Necesitamos tener comunión con Dios y buscar hacer Su voluntad

La Biblia nos dice lo que Cristo hizo después de hablar con Sus discípulos: 

Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras». Entonces vino Jesús a los discípulos y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: «¿Conque no pudieron velar una hora junto a Mí? Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt 26:39-41).

Para realizar la cesárea, me pidieron tener algunas horas de ayuno físico, así que quise aprovechar ese estado de inanición para hacer un ayuno espiritual y centrar mis pensamientos en el Señor. Fue un tiempo maravilloso en el que pude leer y orar con mayor fervor.

Ya que los días anteriores, lamentablemente, había estado llenando mi mente con angustias al pensar sobre el dolor al dar a luz, ese tiempo de ayuno me ayudó a enfocar mi mente en el evangelio. Con esto, mi pensamiento sobre dar a luz cambió.

Pude ver que, de cierta manera, podía buscar reflejar a Cristo: entregando mi cuerpo al dolor, para que un ser humano (mi bebé) pudiera vivir. ¡Qué privilegio tan grande es ser una portadora de vida!

Nuestra fortaleza es el Señor

Finalmente, llegó el momento de entrar al quirófano; sin embargo, ya no tenía miedo, sino fortaleza. Si la voluntad de Dios era que atravesara un momento de dolor, ahora estaba dispuesta a enfrentarlo buscando reflejar Su imagen.

Me mantuve orando en todo momento y, para mi sorpresa… no sentí dolor. Nació mi pequeñito y, al pasar el efecto de la anestesia, solo sentía una leve molestia al levantarme.

Querida hermana en la fe, no puedo prometerte que no sentirás dolor al dar a luz, pero sí estoy segura de que Dios nos ayuda a vencer este temor, como lo menciona el salmista: «Busqué al SEÑOR, y Él me respondió, / Y me libró de todos mis temores» (Sal 34:4).

Aunque tus planes de dar a luz sean cambiados por el Señor (cp. Pr 16:1), ten por seguro que Dios usará cada circunstancia para tu bien, es decir, para tu crecimiento espiritual y confianza en Él (Ro 8:28). Así que ánimo, fortalécete en el Señor y enfrenta el dolor con gozo, sabiendo que tenemos a un Dios que nos comprende y nos ayuda. Recuerda que Cristo Jesús…

Fue despreciado y desechado de los hombres,
Varón de dolores y experimentado en aflicción;
Y como uno de quien los hombres esconden el rostro,
Fue despreciado, y no lo estimamos.
Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades,
Y cargó con nuestros dolores.
Con todo, nosotros lo tuvimos por azotado,
Por herido de Dios y afligido.
Pero Él fue herido por nuestras transgresiones,
Molido por nuestras iniquidades.
El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él,
Y por Sus heridas hemos sido sanados (Is 53:3-5).

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