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Si yo fuera a resumir el año 2020, hasta cierto punto le llamaría el “año que nunca fue”.

Este iba a ser un año memorable para nuestra familia. Tendríamos varias celebraciones importantes, entre ellas, nuestro aniversario de bodas número 25. Por casi dos años lo planeamos muy bien. Sería un viaje a la ciudad del amor, a la ciudad de los puentes, a una de las maravillas del mundo antiguo, y también a islas de aguas muy azules. Era un sueño que por fin se hacía realidad… ¡o eso pensábamos!

Para muchos de nosotros el año 2020 ha sido doloroso, ya sea por pérdidas irreparables, de seres queridos, o de años de trabajo que se fueron por la alcantarilla de una economía desplomada. Bodas que no se celebraron en familia, graduaciones sin birretes lanzados al aire, y brazos que no pudieron cargar a bebés recién nacidos debido a nuevos protocolos en los hospitales. Sí, sin dudas que el 2020 será un año inolvidable, pero no precisamente por aquellas cosas que originalmente habíamos puesto en nuestros calendarios y agendas.

Sin embargo, al analizar todo esto nos vemos ante una encrucijada: o dejamos que lo que nuestros ojos ven dictaminen el estado de nuestro corazón, o decidimos levantar la mirada y ponerla más allá de lo que se ve, enfocándonos en lo eterno. Me refiero a aquello que ni la pandemia, ni las elecciones de gobierno, ni las crisis económicas, ni las relaciones quebrantadas, ni los sueños rotos, y ni los planes desechos pueden alterar.

Te hablo de Dios, de quién es y lo que ha hecho.  

Aquel que no cambia

Nuestro Dios es el Padre Eterno que nos anunció Isaías (Is. 9:6). Así que, aunque en este lado de la eternidad podemos perder a nuestros padres o nos pueden fallar, ¡tenemos un Padre Eterno en quien poner la mirada y confiar siempre! Él es un Dios de misericordia, misericordia que perdura, que no cambia, y que es nueva cada mañana. Sí, en un mundo quebrantado podemos clamar por la misericordia eterna de nuestro Dios y fijar nuestros ojos en Él: “Acuérdate, oh Señor, de tu compasión y de tus misericordias, que son eternas” (Sal. 25:6).

En un mundo quebrantado podemos clamar por la misericordia eterna de nuestro Dios y fijar nuestros ojos en Él

Tenemos un Dios que ha hecho un pacto seguro con nosotros, un pacto que no se rompe, que no se altera de acuerdo con el gobierno de turno. Un pacto en el que también podemos fijar nuestros ojos: “Haré con ellos un pacto de paz; será un pacto eterno con ellos. Y los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre” (Ez. 37:26). 

Vivimos en un mundo de traiciones, de promesas rotas, un mundo de infidelidad; pero nuestro Dios es fiel eternamente: “Y la fidelidad del Señor es eterna. ¡Aleluya!” (Sal. 117:2). ¡Puedo poner mis ojos en la fidelidad eterna de Dios!

Las palabras de este mundo caído se desvanecen, envejecen, se olvidan, cambian. No son así las de nuestro Dios: “Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is. 40:8). En tiempos cambiantes, podemos poner nuestra mirada en la inmutable Palabra de Dios.

Pongamos la mirada en lo eterno con la certeza de que un día será nuestra realidad

Las enfermedades pueden destruir nuestro cuerpo o hacer añicos nuestros planes y sueños, pero esta vida es solo un soplo pasajero. Nos aguarda una vida mucho mejor, una vida eterna que Cristo compró para nosotros (Heb. 9:15). ¡Esa es la meta final de la carrera! Es en esto que tenemos que fijar nuestra mirada.

Un año en el plan de Dios

Tal vez ante nuestros ojos el 2020 pareciera el año que nunca fue, el año terrible, el año doloroso… y lo es en muchos sentidos. No obstante, es un año que estuvo escrito desde la eternidad en el plan de Dios. Un año en el que Él nos ha recordado que nuestra mirada no debe estar en lo que vemos sino en aquello que nuestros ojos físicos hoy no pueden ver. 

Pongamos la mirada en lo eterno con la certeza de que un día será nuestra realidad. Un día, por fin, veremos todo aquello que creímos por la fe, y nuestros ojos contemplarán para siempre al Eterno: “Ellos verán Su rostro y Su nombre estará en sus frentes. Y ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap. 22:4-5).

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