El antídoto para los angustiados y abatidos

“Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a Sus discípulos: ‘La cosecha es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha”, Mateo 9:35-38.

En este maravilloso relato podemos apreciar la misión integral que el Hijo de Dios vino a realizar a la tierra. La encarnación de todas las profecías que le precedieron llegaron a su punto cúspide cuando Jesucristo vino y vivió entre nosotros.

Los judíos, quienes tenían muchos años de vivir oprimidos por el imperio romano, esperaban a un Mesías que les liberará de sus cadenas físicas, un líder que cumpliera con su interpretación de las profecías. Así que Jesucristo, quien tenía todo el conocimiento de la ley y fue el único que la pudo haber cumplido a su totalidad, nos muestra cómo su misión primordial siempre fue traer reconciliación entre un Dios justo y aquellos que responderían al llamado del evangelio.

Vemos a un Mesías compasivo y misericordioso que siempre buscó llegar a todos. Sabiendo de antemano quiénes responderían a su llamado, nunca limitó el evangelio y escogió quién debía oírlo o no. Simplemente los buscó como un pastor amoroso, en las ciudades grandes e importantes, como también en las aldeas pequeñas y polvorientas. La verdad siempre fue acompañada de compasión. Qué enseñanza más profunda podemos aprender de Jesucristo cuando meditamos en su ejemplo.

De palabras a corazones

El evangelio necesita escucharse de la manera más clara posible, pero siempre debe nacer de un corazón compasivo para quien no lo ha escuchado o para quien lo ha escuchado erróneamente. Es nuestra responsabilidad conocer y prepararnos para ser portavoces y “atalayas” eficaces, pero compasivos. Debemos constantemente revisar cuáles son las motivaciones de nuestro corazón. El conocimiento sin humildad nos lleva a la “altivez”. Debemos ser humildes para aprender y compasivos cuando tenemos la oportunidad de presentarle el evangelio y enseñar a otros.

Es un consuelo saber cómo Jesucristo se preocupa por aquellos que sufrían físicamente por su condición social como aquellos que sufrían espiritualmente por la falta de guía y orientación, los ve “angustiados y abatidos” y les presenta el evangelio como el antídoto de su condición.

Obreros de la mies

Vivimos un mundo corrupto por el pecado, que busca soluciones para todos los problemas sin encontrar ninguna que sea efectiva. Y es que somos nosotros, su iglesia, los “obreros de su mies”, los responsables de presentar la solución, el evangelio. De una iglesia saludable y alineada con las Escrituras debe surgir ese mensaje de redención tan necesitado en nuestro mundo hoy. Tenemos el privilegio de presentar el único remedio efectivo para una vida “angustiada y abatida por el pecado. 

Con la misma compasión con la que nos mira el Creador debemos ver a todos aquellos que la necesitan. Debemos buscar formas de mostrar como iglesia y creyentes compasión a otros, no para hacernos sentir bien o cumplir con un programa o servicio social, sino como algo que está dentro de nosotros mismos y que debe ser reflejado en todo momento y todo lugar. Así como la compasión era una característica de Jesucristo, la compasión deber ser una característica del creyente.

La doctrina se vuelve vida cuando va acompañada de compasión; es por eso que el mensaje de Jesucristo fue aceptado por aquellos que “urgían” de alguien que les guiara y amara como un buen pastor. Que el Eterno guarde nuestros corazones para siempre presentar un evangelio puro y verdadero que lleve como propósito la reconciliación del hombre con Dios.

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