¿Está vigente el llamado misionero?

Lucas hace el relato a Teófilo referente a la ascensión de Jesucristo, en el cual deja sus últimas palabras a sus discípulos: “Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, Hechos 1:6-8. Jesucristo entrega la Gran Comisión a sus discípulos profetizando sobre ellos el alcance y magnitud que el mensaje de las buenas nuevas tendría no solamente sobre su comunidad sino eventualmente sobre todo el mundo.

Después de más de 2,000 años, tenemos como iglesia el mismo llamado. Un llamado integral que nos da el privilegio de ser partícipes, sin importar nuestra condición, habilidades ni posición. Es por eso que el llamado misionero debe ser parte fundamental dentro de nuestro crecimiento cristiano.  Poder entender este llamado nos ayudara a entender nuestra razón de ser, y pondrá en nuestras manos una valiosa oportunidad de encontrar la satisfacción de sentirnos parte del plan de Dios para aquellos que han de ser salvos por gracia.

Al vivir en una sociedad basada en la “exaltación del individuo” y su “satisfacción personal” debemos definir claramente el llamado misionero, a nivel personal y como iglesia, a manera de ser efectivos en el alcance que debemos tener. Sin importar sus recursos, la iglesia debe mostrar interés y enseñar a  sus miembros a buscar maneras en las cuales ese llamado sea una realidad para sus vidas. Mientras más serio y formal sea este interés podremos cumplir con mayor eficacia nuestro llamado.

Debemos constantemente recordar las palabras de Pedro, en 2 Pedro 2:9-10: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”. Ellas nos invitan a apreciar el valioso tesoro que somos para nuestro Dios y el maravilloso llamado que tenemos, pero a la vez nos hacen ver que no somos merecedores, siendo alcanzados solamente por su misericordia.

Es esta misericordia recibida la que nos debe empujar a buscar constantemente de formas para dar a otros. Es nuestra labor entender conforme maduramos en nuestro caminar que así como recibimos misericordia sin merecerle debemos darla a otros.

La iglesia y su entorno

Dios actúa a través de la familia, la educación, la economía, el estado, y de otras estructuras necesarias para la vida en la era presente. Dios instituye, por ejemplo, a las autoridades gobernantes para servir al bienestar de la sociedad. La iglesia respeta las autoridades gobernantes y otras estructuras seculares, cuya integridad y tareas son conferidas por Dios, considerándolas responsables ante El.

Pero tenemos un deber mayor que este “servicio social”. Limitamos el poder del evangelio cuando como iglesia solo nos enfocamos en lo social, puesto que Las Escrituras muestran que nuestra tarea no solamente es el “servicio” sino el impactar con el evangelio la sociedad y buscar su reconciliación con Dios: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”, 2 Corintios 5:18-20.

Como presencia reconciliadora y sanadora, la iglesia está llamada a ejercer su ministerio ante las necesidades humanas con misericordia, pero sobre todo con el deseo ferviente de cumplir con la Gran Comisión. Ese llamado sigue estando vigente hoy.

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