En Romanos 6, Pablo les recuerda a los creyentes en Roma su unión con Cristo. «Porque si hemos sido unidos a Cristo en la semejanza de Su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de Su resurrección» (v. 5). ¿A qué se refiere Pablo? ¿Cómo entiende que el estar unidos con Cristo afecta la vida cristiana de manera práctica?
Para muchos de nosotros, las palabras del apóstol parecen misteriosas y oscuras. Por lo tanto, no es de extrañar que la cuestión de esta unión haya sido objeto de debate teológico. Michael Gorman cree que la «unión con Cristo» señala el camino hacia una vida cristiana más fiel y «cruciforme». Ben Blackwell dice que la «cruciformidad» implica una forma de morada mutua que él llama «Cristosis». Otros, siguiendo a Tuomo Mannermaa, han hecho alusiones a la doctrina de la Iglesia Ortodoxa Oriental de la «teosis».
¿Cómo evaluamos estas posturas ante las Escrituras? Según Pablo, ¿qué conlleva la «unión con Cristo»?
1. La unión con Cristo presupone Su encarnación.
Cuando Pablo dice que hemos sido unidos a Cristo, presupone la encarnación. Esta unión se basa en que Dios envió a Su Hijo «en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado» (Ro 8:3). Queda claro de inmediato que nuestra unión no se basa en nuestra búsqueda de Cristo, sino en Su búsqueda y unión con nosotros. Como Pablo anuncia en otra parte, «[Cristo] me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá 2:20).
2. La unión con Cristo implica nuestra muerte y resurrección con Él.
Pablo deja claro en Romanos 6 que fuimos muertos —y renovados— en la cruz y la resurrección de Cristo. En Él, nuestro pecado y nuestra culpa fueron vencidos. La unión de Cristo con nosotros ha efectuado nuestra unión con Él sin reservas ni cabos sueltos. No obtenemos la unión —o una unión más profunda— con Cristo a través de la meditación interior o el esfuerzo moral. Lutero intentó esta ruta y descubrió que tales intentos de huir del «mundo» son en realidad un amor radical por este mundo y por uno mismo. Cuando sus intentos quedaron destrozados, Lutero se encontró con Cristo y, como observa Bonhoeffer, con el llamado al discipulado.
Por toda la eternidad, seguimos siendo pecadores redimidos por el Salvador
El llamado original de Cristo a los discípulos terminó en fracaso por parte de ellos, pero no por parte de Cristo. Su llamado a venir y seguirlo siguió siendo efectivo, a pesar de que Pedro lo negó (Jn 21:15-19). Por el poder de la cruz y la resurrección de Cristo, pudieron decir con Pablo: «Yo vivo, pero no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gá 2:20, traducción del autor). Estaban unidos a Cristo por Su amor y Su poder, no por los de ellos.
3. La unión con Cristo no es solo una experiencia interior y misteriosa.
El amor abnegado y el poder de Cristo se comunican mediante una palabra externa: primero, la palabra de Su llamado original a seguirlo y, después, la proclamación apostólica de Su muerte y resurrección. Aquí, la comprensión luterana del bautismo y la Cena del Señor (a la que me adhiero) nos ofrece algo para que reflexionemos: ¿Mi unión con Cristo depende en parte de que yo me acerque a Él para obtener un bien espiritual que Él ofrece? ¿O es simplemente el resultado de Su Palabra entregada por mí? ¿Compartir los beneficios de Cristo tiene lugar al margen de compartir al propio Señor crucificado y resucitado?
Vemos esta comunicación de Cristo en la Palabra en Romanos 6, donde Pablo señala que la unión con Cristo es fundamental para la fe cristiana. Ser bautizado en Cristo es ser bautizado en Su muerte, así como participar aquí y ahora en la nueva vida de la era venidera a través de la resurrección de Cristo (vv. 3-4). En este capítulo, Pablo entiende nuestro bautismo como la comunicación del evangelio —y, por lo tanto, de Cristo mismo— por medio del agua en el acto bautismal.
Este elemento de «una vez para siempre» en el bautismo tiene su contraparte en la Cena del Señor. En las palabras de institución de Cristo, Él se entrega a Sí mismo y Su muerte salvadora sin reservas a aquellos que participan de Su cuerpo y Su sangre a través de la Cena (1 Co 10:16; 11:17-34).
4. Aunque nuestra fe varía, la unión con Cristo es completa.
Esta paradoja de estar unidos a Cristo sin reservas desde el comienzo de la fe y, sin embargo, recibir a Cristo una y otra vez, encuentra paralelos en las instrucciones de Pablo. Por un lado, Pablo recuerda a los creyentes de Galacia: «todos los que fueron bautizados en Cristo, de Cristo se han revestido» (Gá 3:27). Por otro lado, exhorta a los cristianos de Roma: «vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne» (Ro 13:14).
La variable en la vida cristiana es la fe que capta la Palabra del evangelio conforme es proclamada, presente en el bautismo y presente en la Cena del Señor. Con seguridad, la fe misma es obra de la Palabra del evangelio (Gá 3:1-5; Ro 10:14-17). Sin embargo, en otra profunda paradoja, la Palabra nos llama a responder: a captar y aferrarnos a lo que Cristo nos da.
Somos débiles, pero Cristo es fuerte y desea mostrar Su fuerza en nuestra debilidad
La debilidad o la fuerza con la que nos aferramos a Cristo en Su Palabra de promesa para nosotros determina el curso de nuestras vidas cristianas. Somos débiles, pero Cristo es fuerte y desea mostrar Su fuerza en nuestra debilidad. Por lo tanto, necesitamos recordatorios constantes de Su comunicación previa y completa de Sí mismo a nosotros en Su cruz y resurrección a través de la lectura y la proclamación de las Escrituras, a través del bautismo y a través de la Cena.
5. En la unión con Cristo, el creyente y Cristo siguen siendo distintos.
Pablo dice: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:20). El pasaje nos muestra que la unión de Cristo y el creyente no es una fusión, sino una comunión en la que ambas partes siguen siendo distintas, pero comparten todo lo que el otro es. Lutero utiliza la imagen matrimonial de Efesios 5:29-32 precisamente de esta manera cuando explica la «libertad del cristiano». Todo lo bueno que tenemos está fuera de nosotros, en Cristo. Solo tenemos los beneficios de Cristo en la medida en que tenemos a Cristo mismo, «alcanzando» a Cristo por la fe, tal como Cristo ya nos ha alcanzado y nos ha hecho suyos (Fil 3:12).
Por consiguiente, si hablamos de «Cristosis» o «teosis» como un aspecto de la salvación, no podemos pensar en esto como una infusión gradual con el poder divino. Nuestra nueva identidad se encuentra fuera de nosotros, en Cristo. Por toda la eternidad, seguimos siendo pecadores redimidos por el Salvador. Si hablamos de «teosis», solo podemos hacerlo con Lutero, quien en una nota marginal en Gálatas habla de nuestra «fideificación». En la fe, la criatura sigue siendo distinta del Creador, el pecador distinto del Salvador, aunque estén unidos en el matrimonio de la fe.
6. La unión con Cristo no conlleva un crecimiento natural en la virtud.
A la luz de lo que acabo de argumentar, está claro que la unión con Cristo no conlleva ningún proceso natural de crecimiento en la comprensión espiritual o la virtud. Nuestra unión ya se ha efectuado en el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte en su cruz y resurrección. En un «maravilloso intercambio» (expresión de Lutero), nuestro pecado y nuestra muerte han sido vencidos por la justicia y la vida de Cristo. Dada esta realidad, bien podemos preguntarnos por qué el pecado permanece en nosotros, por qué cada uno de nosotros debe luchar contra el pecado y por qué debemos orar «perdónanos nuestras deudas» (Mt 6:12) diariamente durante toda nuestra vida terrenal.
La respuesta de Pablo es sencilla. La vieja realidad, el viejo ser humano sujeto al pecado como esclavo, al igual que Adán, permanece con nosotros a lo largo de toda nuestra travesía terrenal (Ro 7:14). Ese es el mensaje de Pablo no solo en Romanos 7, sino también en Romanos 6 y 8. No debemos permitir que el pecado reine en nuestros cuerpos mortales ni servir al pecado con nuestros miembros (6:12–13). Debemos «hacer morir» a las «obras de la carne», es decir, a nuestro antiguo yo que está bajo el poder del pecado (8:13). Vivimos entre dos tiempos. La batalla ha terminado y fue ganada en Cristo, pero la batalla todavía tiene lugar en nosotros hasta nuestra resurrección (6:5).
Esta es la naturaleza y la forma de la vida de fe. La realidad de la fe marca la presencia de la nueva criatura, creada por la Palabra del evangelio, y esta nueva criatura, nacida de la Palabra y la fe, no es un fantasma. Incluye nuestra existencia corporal y nuestra obediencia. Esta nueva persona, que vive en la fe, está constantemente bajo el ataque del mundo, la carne y el diablo. El «progreso y el gozo» de la vida cristiana se producen en el camino de la fe que está presente en Cristo, con quien viajamos solo por la fe (Fil 1:25).
7. En la unión con Cristo, el sufrimiento es necesario, pero no elegido.
Desde esta perspectiva, podemos evaluar el llamado a una «vida cruciforme». En las cartas de Pablo queda claro que él considera el sufrimiento como una dimensión necesaria de la comunión con Cristo. Sus palabras a los filipenses no pueden limitarse a su situación: «a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él» (Fil 1:29).
Los sufrimientos de Cristo son completos, pero continúan en aquellos que le pertenecen
El mismo pensamiento aparece en referencia a todos los creyentes en Romanos 8:17. Somos «coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él». Los sufrimientos de Cristo son completos, pero continúan en aquellos que le pertenecen.
Ya nos hemos encontrado con esta paradoja en relación con la nueva vida. A lo largo de las cartas de Pablo, sufrir con y por Cristo tiene mayor prominencia que servir a Cristo y mostrar Su amor. Lo segundo surge de nuestra abundancia y fuerza utilizadas para ayudar a nuestro prójimo. Lo primero es pasivo. La «cruciformidad» tal y como nos llega —y llega a todos los cristianos, aunque en diferentes grados— es pasiva. Si es el «sufrimiento», no es voluntario ni elegido por nosotros mismos. No es una autohumillación por la que nos deleitamos en nuestra propia mejora moral. Si bien es cierto que Jesús nos llama a «tomar [nuestra] cruz cada día y seguirle» (Lc 9:23), es «nuestra cruz» la que estamos llamados a tomar, la que Dios en Cristo nos ha impuesto. Gran parte del debate sobre la «cruciformidad» se desvía hacia el moralismo.
Concebir la «cruciformidad» en términos de deber moral nos priva del consuelo y el gozo de la cruz. Cristo ya ha cargado por nosotros con lo que cargamos. Nuestros sufrimientos son simplemente la prolongación terrenal de Sus sufrimientos, que están cumplidos. Por lo tanto, podemos tener confianza en que todo lo que nos sobreviene ya le ha sobrevenido a Cristo. No solo nos ha precedido, sino que también ha tomado sobre Sí mismo nuestros sufrimientos y ya los ha vencido: «En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33; cp. Mt 12:15-21).
No debemos olvidar que, aunque la cruz es locura y debilidad para el mundo, para los que creen es la sabiduría y el poder de Dios (1 Co 1:18). Si hacemos de la «cruciformidad» una obligación moral, corremos el riesgo de perder lo que Johann Georg Hamann ha llamado el «gran placer» de la cruz, el cual solo es perceptible a los ojos de la fe. Pedro y los apóstoles se regocijaron de haber sido hallados dignos de sufrir por el nombre de Jesús (Hch 5:41; cf. 1 P 4:13-14).
El amor reconoce y lamenta el sufrimiento de los demás y ofrece toda la ayuda, el amor y la preocupación posibles. Sin embargo, aun este amor que comparte el sufrimiento de los demás —como hicieron los filipenses con Pablo, y como Pablo exhorta a los corintios a hacer— no es en sí mismo sufrimiento o «cruciformidad» en el sentido estricto y no elegido. Perdemos este sentido propiamente dicho solo a riesgo de perder todo consuelo y gozo en Cristo. Somos débiles, pero Él es fuerte (2 Co 13:4-5).



