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Te levantas en la noche y luego no puedes volver a dormirte porque tus pensamientos te inundaron como una avalancha… Empezaste a recordar todo lo que estás trabajando, lo que pudiste haber hecho diferente, lo que no has hecho y le sigues dando largas, lo mucho que tienes por delante y que no sabes cómo afrontar o la «situación» que tienes con esa persona…

Estás en tu cocina y tus hijos no te dejan ni por un instante y, de repente, llega un pensamiento intrusivo que te dice: «La vida sería mejor si ellos no estuvieran»… Te confundes porque no sabes de dónde vino tal pensamiento, te culpas y no sabes qué hacer.

Tienes un proyecto por delante, pero estás detenido porque tu mente te dice una y otra vez: «Todo te sale mal. ¿Para qué lo vas a intentar si vas a fracasar?», «Por tu culpa tu familia está como está», «Eres un fracasado».

Como creyentes necesitamos entender que no podemos pensar bien independientes de Dios

Te pasas el día con ese vacío en el estómago y esos pensamientos que te dicen: «¿Y si no me llaman de ese nuevo trabajo?», «¿Y si mi esposo me está siendo infiel?», «¿Y si nunca me caso?», «¿Y si…?».

Pecas contra alguien más, te arrepientes y pides perdón, pero luego comienzas a analizarte, y ese análisis te va llevando cada vez más profundo. Terminas viendo todo lo que haces mal, todo lo que te sale mal. Entonces, sin darte cuenta, en esa introspección llegas a la conclusión de que eso que has hecho (mal) es tu identidad y no sabes cómo salir de ese laberinto…

La lucha con nuestra mente parece no tener fin… y muchas veces nos sentimos como si esa batalla estuviera perdida. O, peor aún, vivimos como si nuestra mente siempre tuviera la razón.

El pecado lo afectó todo

Todos los escenarios que mencioné son una realidad para muchos e ilustran una realidad para todos: el pecado entró al mundo y afectó también nuestra mente:

Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ustedes ya no anden así como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente. Ellos tienen entenebrecido su entendimiento, están excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón (Ef 4:17-18).

Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido (Ro 1:21).

La Biblia habla de cómo la caída entenebreció el entendimiento humano y volvió vana nuestra manera de pensar. Pero Dios iluminó nuestros corazones para que conozcamos Su gloria en el rostro de Cristo (2 Co 4:3-6), de modo que aquellos que han puesto su fe en Jesús tengan una mente transformada.

Sin embargo, aunque ciertamente cuando estamos en Cristo ya no andamos en tinieblas, nuestra mente no deja de estar afectada por el pecado:

Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo (2 Co 10:5).

Aun en Cristo, nuestra vieja naturaleza levanta especulaciones y razonamientos altivos en contra del conocimiento de Dios. Por eso todos nuestros pensamientos deben ser sometidos a la obediencia de Cristo. Debemos vivir en una renovación continua de nuestra manera de pensar.

Pensar con la mente de Dios y no apoyarnos en nuestro entendimiento no es un llamado que Dios nos ha hecho para lograrlo en nuestras propias fuerzas

Todo esto nos lleva a una innegable realidad: ¡nuestra mente no es confiable! Como dice John Frame: «El pecado motiva a las personas caídas a distorsionar la verdad, a huir de ella, a cambiarla por una mentira y a hacer mal uso de ella. Esta es una fuente poderosa de falsedad e ignorancia en nuestro pensamiento, incluso en la mente redimida» (La doctrina del conocimiento de Dios, p. 22).

Ahora, nuestro problema no es solo que pensemos mal, sino que además creemos que nuestro pensamiento es razonable, lógico y confiable. Es que creemos, sin cuestionarnos, todo lo que dice nuestra mente.

Nuestra necesidad

Dada la realidad de que nuestra mente no es confiable, como creyentes necesitamos entender que no podemos pensar bien independientes de Dios. No hay un solo pensamiento que llegue a nuestras mentes que deba ser creído sin evaluarlo a la luz de quién es Dios y de la realidad de Su evangelio. Vale la pena razonar:

  • «Esto es lo que me está diciendo mi mente, pero ¿qué dice Dios?».
  • «Esto es lo que estoy creyendo, pero ¿qué dice Dios?».
  • «Esto es lo que pienso que debo hacer, pero ¿qué dice Dios?».
  • «Esto es lo que mi mente no deja de gritarme una y otra vez, pero ¿qué dice Dios?».

La Palabra de Dios nos instruye:

Confía en el SEÑOR con todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propio entendimiento.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y Él enderezará tus sendas (Pr 3:5-6).

Nuestro entendimiento no es una fortaleza segura en la cual apoyarnos. Por eso, nuestro llamado es a poner al Señor continuamente delante de nosotros para que podamos permanecer firmes (Sal 16:8).

Él ha provisto para nuestra necesidad

Pensar con la mente de Dios y no apoyarnos en nuestro propio entendimiento no es un llamado que Dios nos ha hecho para lograrlo en nuestras propias fuerzas. Él conoce la lucha que esto representa para nosotros y ha provisto en Cristo para nuestra necesidad:

Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente… Porque ¿Quién ha conocido la mente del Señor, para que lo instruya? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Co 2:12, 16).

Cristo se dio a Sí mismo y, por Su muerte y resurrección, nos ha dado Su Espíritu Santo para habitar en nosotros. Por Su Espíritu nuestra mente puede ser renovada, la culpa silenciada, podemos apoyarnos en Su entendimiento, comprender las cosas de Dios y aprender a pensar Sus pensamientos.

Pero hay algo aún más profundo en el evangelio: Cristo no solo vino a enseñarnos a pensar mejor, vino a rescatarnos.

En la cruz, Él cargó con nuestro pecado, con nuestra culpa y con todo lo que nuestra mente distorsiona y arruina. Y en Su resurrección aseguró para nosotros una vida nueva. Esto significa que nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad de controlar nuestros pensamientos, sino en la obra perfecta de Cristo a nuestro favor.

Que el Señor nos ayude a entender que nuestra mente no es confiable, pero que Cristo siempre lo es y a Él lo tenemos por completo.

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