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Cómo el quebranto me enseñó la belleza del sexo

Cuando era adolescente, luchaba contra el temor de estar perdiéndome algo.

Mis compañeros veían el sexo no solo como diversión casual, sino casi como un rito de iniciación, algo que se suponía que todos debían experimentar durante esos años. Aunque yo sabía lo que enseñaban las Escrituras —que el sexo está reservado para el matrimonio—, la obediencia a veces se sentía como una autonegación solitaria que ofrecía poco consuelo. Me aterrorizaban las conversaciones incómodas, las miradas cómplices y las bromas a mi costa. Cada vez que surgía el tema, me sentía como si estuviera en juicio ante un mundo que me veía como ingenuo, reprimido o simplemente extraño. Es fácil no sentirse agradecido en esos momentos.

Con el tiempo, esos sentimientos despertaron preguntas más profundas en mi corazón. ¿Estaba Dios siendo irrazonable? ¿Su llamado a esperar hasta el matrimonio era solo una regla arbitraria que me robaba el gozo y que se esperaba que siguiera sin entenderla? Después de todo, las razones para no robar ni asesinar me parecían obvias. ¿Pero el sexo? Se sentía demasiado natural, demasiado inocente, demasiado inofensivo como para que Dios fuera tan estricto al respecto. A todos los demás parecía no importarles.

¿Tenía razón el mundo al reírse de mí? ¿Me había negado a mí mismo por nada? En silencio, me hacía eco del lamento del salmista: «Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón» (Sal 73:13).

El testimonio silencioso de los no creyentes

Al observar el mundo a mi alrededor, comencé a notar algo sorprendente: aun cuando rechazaban el diseño de Dios para el sexo, la mayoría de las personas revelaban un acuerdo tácito con el mismo diseño. En ningún lado era esto más evidente que en la cultura de las citas esporádicas. Ninguna de las citas de Tinder con un simple deslizamiento hacia la derecha, las confusas aventuras de una noche después de salir de los clubes o las relaciones sin compromiso en el campus aliviaban el vacío, el dolor emocional o la soledad que atormentaban a mis compañeros. Si acaso, todo esto empeoraba.

Solo dentro del matrimonio el sexo puede convertirse en lo que siempre debió ser: amor completo, hermoso y verdadero

Era confuso. Si el sexo fuera realmente tan liberador y empoderador como afirmaba nuestra cultura, ¿por qué dejaba a tanta gente sintiéndose más quebrantada?

Encontré claridad cuando volví a las Escrituras que había estado cuestionando en silencio durante tanto tiempo. Génesis 1:28 me recordó que los seres humanos estamos hechos a imagen de Dios, pero no de cualquier dios, sino del Dios trino, que existe eternamente en perfecta y amorosa comunión. Como portadores de esta imagen, hemos sido creados fundamentalmente para el amor, la intimidad y la autoentrega. Estamos diseñados para conocer plenamente y ser conocidos plenamente. Aunque la caída ha dañado cada parte de nuestro ser, no ha borrado este profundo instinto de conexión. En lo más profundo de nuestro ser, somos capaces de amar y de ser amados; por eso, todo lo que hacemos en la vida está motivado en última instancia por esta realidad, incluida nuestra búsqueda de la satisfacción sexual.

Esto me ayudó a darle sentido a la inconsistencia que veía a mi alrededor. No dejaba de escuchar que el sexo podía ser casual y distante, pero incluso en los encuentros más superficiales, las personas seguían participando en actos profundamente íntimos —besarse, abrazarse, tocarse— que naturalmente invitan a la vulnerabilidad. Cuando estos gestos son despojados de su verdadero significado y reducidos a mero placer físico, algo se rompe dentro de nosotros. Lo vi en la confusión. En el vacío. En el remordimiento que la gente cargaba sin saber cómo nombrarlo.

Pero el problema no se limitaba a la cultura de los encuentros sexuales de una sola noche. Aun en las relaciones de noviazgo, el sexo sigue sin poder expresar lo que debería: una entrega mutua para toda la vida, una autoentrega basada en un pacto. No tiene mucho sentido entregar tu cuerpo por completo a alguien sin entregarte tú mismo por completo. Debido a que somos seres que poseen un cuerpo, la unión sexual es más que un simple acto físico: es un lenguaje que dice: «Te entrego todo de mí, para siempre».

Ya no me sorprendía que incluso las parejas no casadas que conocía —aquellas que parecían tan unidas— cargaran con una inquietud y una insatisfacción persistentes. Su cercanía física decía algo que el resto de su relación contradecía. Solo dentro del matrimonio, cuando el esposo y la esposa se han comprometido públicamente a compartir sus vidas, el sexo puede convertirse en lo que siempre debió ser: amor completo, hermoso y verdadero.

Finalmente, dejé de ver los límites de Dios como barreras y los acepté como protecciones sabias para mi bien.

Esperanza en medio del quebranto sexual

Como criaturas que vivimos en un mundo caído, nos enfrentamos constantemente al pecado sexual, no solo a nuestro alrededor, sino también dentro de nosotros mismos, incluso los cristianos que buscamos sinceramente obedecer los mandamientos de Dios. Ya sea a través de la atracción persistente de la pornografía, las luchas contra los pensamientos lujuriosos o las cicatrices que dejan las relaciones rotas, el pecado nos acecha a todos.

El matrimonio no es un fin en sí mismo; apunta más allá de sí mismo al amor de Cristo por Su pueblo

Sin embargo, el Esposo fiel no ha abandonado a Su novia infiel —a nosotros—. Ella se ha desviado y ha quebrantado sus votos, pero Él permanece firme, ofreciendo perdón, restauración y un pacto que nunca se romperá (Is 54:10). Aunque no merecemos más que la muerte por nuestros fracasos sexuales, el Hijo de Dios entró en Su propia creación, vivió una vida perfecta y murió como nuestro sustituto en el Calvario para salvarnos, tanto de la condenación como de la esclavitud al pecado.

Esto es exactamente lo que el matrimonio siempre fue diseñado para representar: la unión de Cristo y Su iglesia (Ef 5:32). El matrimonio no es un fin en sí mismo; apunta más allá de sí mismo al amor de Cristo por Su pueblo.

Por eso estoy agradecido por lo que las Escrituras enseñan sobre la sexualidad: agradecido porque ya no tengo que avergonzarme de seguir la sabiduría de Dios. Estoy agradecido porque, ya sea que esté llamado a la soltería o al matrimonio, no me estoy perdiendo el evangelio al que apuntan el matrimonio y el sexo. Estoy agradecido porque, en estas verdades, veo a un Creador que me ama tan profundamente que murió mi muerte y se unió a un rebelde indigno como yo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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