Hace poco estuve en una iglesia en otra ciudad y la familia del pastor abrió las puertas de su casa para recibirnos como familia. Hospedar a cinco personas implica logística y sacrificios, pero nos sentimos tan bien recibidos que recordé Hebreos 13:2. Solo que pensé que nosotros, con toda la bulla que trae una familia con niños pequeños, no fuimos los ángeles, sino que quienes nos recibieron seguramente lo eran.
El llamado bíblico a la hospitalidad
Como visita y extranjero en aquella casa, me estuve preguntando ¿por qué se sintió tan «fácil» y cómodo estar allí, aunque estábamos lejos de la «comodidad» de nuestro propio hogar?
Ser hospitalarios va más allá de sonreír y poner dulces sobre la almohada. Se trata de una ejecución práctica de una vida orientada por el evangelio. De hecho, existen ciertos elementos de la hospitalidad bíblica que van en dirección contraria a la cultura en que vivimos. Sin embargo, estos principios son solo extensión de los mismos principios que nos orientan como seguidores de Cristo.
En una de las cartas más famosas de todos los tiempos, Pablo exhorta a los creyentes en Roma a servir al Señor con gozo y esperanza, viendo el servicio hacia los demás como oportunidades de servir al mismo Señor Jesús:
En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad (Ro 12:11-13, énfasis añadido).
Partiendo de este texto, quiero señalar cuatro principios sobre la hospitalidad que nos anclan en la Palabra de Dios para ser buenos representantes del Señor que nos recibe con brazos abiertos.
1. La hospitalidad no es teórica, sino práctica.
Vivimos en un mundo con acceso a un mar de información especializada, lo que nos permite tener una teoría robusta sobre la hospitalidad. De hecho, en mi lista de libros por leer, tengo Hospitalidad irrazonable, donde —según he escuchado en pódcasts con el autor— se presenta una hospitalidad sobresaliente como la mejor forma de hacer crecer tu negocio.
El hecho de tener acceso a libros dedicados a la hospitalidad me recuerda que nos encanta tener mucho conocimiento sobre las cosas importantes. Pero Pablo exhorta a la iglesia a «practicar la hospitalidad», no solo a tener una buena teoría.
La teoría es buena, pero no reemplaza la implementación. No debemos olvidar que todo lo aprendido es para que más personas en nuestro entorno y familia espiritual puedan percibir algo del amor de Cristo. Nuestra hospitalidad no debe vivir en lo conceptual, sino en nuestras agendas, listas de compras del súper y en la vida cotidiana en general.
2. La hospitalidad no es solo para quienes tienen “el don”.
Dios ha dado ciertas capacidades y facilidades a algunas personas para ser hospitalarios, pero la hospitalidad no es algo reservado para los que tienen un don especial.
Nuestra hospitalidad no debe vivir en lo conceptual, sino en nuestras agendas, listas de compras del súper y en la vida cotidiana en general
Todo cristiano debe tener una filosofía y práctica de la hospitalidad que represente y refleje el evangelio que lo salvó. Si estás consciente de que te cuestan ciertos aspectos relacionados con recibir a las personas, o sientes que no te es natural servir para que otros se sientan en casa, es una señal que debes trabajar para mejorar. Es necesario rendir esto al Señor, orar, pedir consejo y «ejercitarte» para que seas mejor representante de Cristo en la forma que recibes a los demás.
Si no te es natural recibir personas en tu casa, ¿qué te impide empezar? Quizá las excusas que utilizas para no hacerlo son las mismas que te detienen en el camino de ser más como Jesús.
3. Dios quiere usar tu hospitalidad para nutrir a Su cuerpo.
Es interesante ver que, en la vida de Jesús, muchas personas lo recibían y atendían a Sus necesidades. Sin saber todas las implicaciones, la hospitalidad de ellos proveyó espacios donde el Hijo de Dios cumplía Su misión.
Pablo recuerda a la iglesia en Roma que los cristianos debemos atender de manera especial e intencional las necesidades de nuestros hermanos en Cristo. Cuando tú recibes a otras personas o haces algo para hacerles sentir en casa, puedes estar contribuyendo a la misma expansión del reino de Dios.
No menosprecies tus actos pequeños de recibir y abrazar, ya que Dios utiliza lo pequeño para hacer impactos trascendentales:
Entonces el Rey dirá a los de Su derecha: «Vengan, benditos de Mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber… En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron» (Mt 25:34-35, 40).
4. Practicar la hospitalidad proclama el evangelio.
Uno de los aspectos más emocionantes del evangelio es que Jesús regresó a la diestra del Padre para preparar un lugar para nosotros (Jn 14:1-3). En esencia, Dios está practicando la hospitalidad para que Su cuerpo se sienta en casa.
Cuando practicamos la hospitalidad aquí en la tierra, creamos espacios propicios para anunciar que nuestro Salvador hace lo mismo para los que creen en Él
Cristo abrió el camino para recibirnos en un hogar en la presencia de Dios. Cristo no solo nos perdona, sino que nos hace sentir en casa. Cuando practicamos la hospitalidad aquí en la tierra, creamos espacios propicios para anunciar que nuestro Salvador hace lo mismo para los que creen en Él.
Ama porque fuiste amado
Siempre tendremos la tentación de priorizar nuestra comodidad por encima de la hospitalidad. Sin embargo, abrir nuestras vidas a otros trasciende la cultura y las costumbres, y abre una oportunidad eterna para los hijos de Dios. Practicar la hospitalidad es una manera de imitar a Dios en la expresión de Su gracia al acogernos cuando éramos huérfanos y extranjeros.
Si no recuerdas la última vez que recibiste o acogiste a alguien que necesitaba un lugar, te animo a alinear tu confianza en el evangelio con la frecuencia y la calidez con que abres tu puerta a alguien que lo necesita. Al practicar la hospitalidad, podemos anunciar las buenas nuevas y amar de la misma manera en que Dios nos amó primero.




