×
Nota del editor: 

Este artículo apareció primero en español en nuestra Revista Coalición: Señor, considera mi lamento(Agosto 2021).

DESCARGA GRATIS LA REVISTA AQUÍ

Nuestra iglesia cantó hace unos meses una canción de lamento por dos semanas consecutivas. Tales canciones no son extrañas dentro del repertorio de nuestra iglesia, pero como las cantamos de manera consecutiva, algunas personas las destacaron. Alguien me preguntó durante una conversación: “¿Pero qué pasa si no estoy triste? ¿Por qué habría de lamentarme si no estoy triste por algo en específico?”.

La pregunta, por lo que pude ver, provino de dos fuentes. Primero, vino de un malentendido de por qué los cristianos cantarían una canción de lamento cuando no parecía haber alguna ocasión en particular digna de lamentarse. ¿No se supone que los cristianos deben estar gozosos?

En segundo lugar, este hombre provenía de una iglesia que nunca cantaba canciones de lamento. Sus servicios estaban destinados a animar a los miembros para enfrentar la semana. Una canción de lamento parecería fuera de lugar, hasta inapropiada. Los domingos eran para sacarnos del fango, no para volver a meternos allí.

Este hombre no era el primero en rascarse la cabeza ante nuestras lamentaciones y probablemente no será el último, porque su experiencia en la iglesia es compartida por muchos evangélicos en Occidente, si no la gran mayoría. Es muy posible que la mayoría de los lectores de este artículo no se lamentan con regularidad los domingos en sus congregaciones y se sorprenden al igual que este hombre si lo llegaran a experimentar.

Pero la Biblia nos da varias razones sólidas por las cuales el lamento debe ser parte de nuestra adoración cristiana regular, aun cuando no nos lamentemos de nuestras propias circunstancias. Sin ningún orden de importancia en particular, estas son cuatro de esas razones.

1. Cantamos canciones de lamento, aun cuando no nos estamos lamentando, para llorar con los que lloran

Aunque no estés llorando o te estés lamentando, es probable que alguien en la congregación esté pasando por algo profundamente triste: una esposa que acaba de descubrir que su esposo le ha sido infiel; una pareja que regresa del hospital después de un aborto espontáneo; una mujer soltera que ha perdido a su madre y ahora teme la soledad que se avecina sin su último pariente cercano. En un domingo cualquiera, muchas personas atraviesan por temporadas lamentables de sufrimiento, dolor y pérdida.

Pablo nos llama a llorar con los que lloran (Ro 12:15). Sin embargo, muchas veces estamos mal equipados para hacerlo. Nuestra cultura individualista nos ha enseñado a cuidarnos a nosotros mismos, no a los demás. Sabemos darnos un buen apretón de manos con nuestros amigos, pero no sabemos cómo llorar con ellos. Cantar canciones de lamento juntos como congregación no solo nos permite cumplir con ese mandamiento de llorar con los que lloran, sino que también nos enseña cómo hacerlo para cuando lo necesitemos en la sala de nuestra casa o en el lado opuesto de la mesa.

2. Cantamos canciones de lamento, aun cuando no nos estamos lamentando, para que cuando lleguen las épocas de duelo, sepamos qué canciones cantar y qué oraciones orar

Muchos no entendemos lo poco preparados que estamos para el sufrimiento y las pruebas hasta que llegan. Solo entonces sentimos cuán carentes estamos de recursos. Esto es especialmente cierto en el caso de los cristianos más jóvenes, ya sea porque no tenemos experiencia en el sufrimiento o porque estamos fuera de práctica.

Sin embargo, cuando los cristianos se reúnen los domingos para escuchar la Palabra de Dios enseñada, cantada y orada, tenemos una oportunidad para practicar el lamento. ¿Suena extraño? Permíteme ilustrar lo que quiero decir.

Si una actriz de Broadway llega al día de su función habiendo ensayado unas pocas veces, estará rígida, insegura de sus entradas, insegura de las líneas que tiene que decir, etc. Pero si ha ensayado una y otra vez, cientos de veces, llega a la función con una especie de libertad y espontaneidad que pueden llevarla de una buena actuación a una grandiosa.

De manera similar, los cristianos se reúnen los domingos para ensayar las cosas sobre las que tenemos esperanza y cantar sobre las cosas en las que tenemos confianza. Nos lamentamos con regularidad porque sabemos que se avecinarán tiempos de lamento. Eso es parte de vivir en un mundo donde a todos les suceden cosas lamentables. Laméntate aun cuando no te estés lamentando, para que cuando lleguen esas nubes oscuras, seas espiritualmente ágil y sepas qué canciones cantar y qué oraciones orar.

3. Cantamos canciones de lamento, aun cuando no nos estamos lamentando, porque el Nuevo Testamento nos llama a hacerlo

Pablo les dice a los efesios que “sean llenos del Espíritu. Hablen entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor” (Ef 5:18-19). Si nos dirigimos unos a otros con salmos, nos vamos a lamentar. De hecho, tantos salmos incluyen el lamento que se podría argumentar fácilmente que el lamento debe ser parte constante de la dieta de meditación del pueblo de Dios.

4. Cantamos canciones de lamento, aun cuando no nos estamos lamentando, porque quizás tú deberías lamentarte más de lo que lo acostumbras hacerlo

Un lector sabio pronto descubrirá que no solo acude a los salmos para ser consolado, sino también para ser afligido. A medida que leemos, aprendemos que muchas veces no sentimos lo que deberíamos sentir. Pero la Palabra de Dios enseña cómo debemos sentirnos. Cuando nos sentimos cómodos, la Biblia nos llama regularmente a reconsiderar lo que nos brinda consuelo.

El apóstol Santiago se dirigió a una congregación llena de orgullo espiritual que no reconoció la necesidad de lamentarse de su pecado. Él les dijo: “Aflíjanse, laméntense y lloren. Que su risa se convierta en lamento y su gozo en tristeza” (Stg 4:9). Santiago afirmó que el pecado de estas personas los estaba convirtiendo en enemigos de Dios (Stg 4:5). Sin embargo, ellos se reían y estaban felices. ¡Recuerda, estos eran cristianos!

El lamento llama nuestra atención y nos obliga a preguntarnos si estamos tomando a la ligera nuestro propio pecado o trivializando el sufrimiento en nuestra propia congregación y comunidad.

Hazle un espacio al lamento al cantar y orar en público. Pastores, preparen a su congregación para las temporadas de duelo, para que no se sorprendan cuando llegue. Cristianos, familiarícense con el dolor, aun si no están en duelo, para que puedan simpatizar y llorar con aquellos que sí lo están. Eso es lo que nuestro Salvador nos enseñó a hacer con su ejemplo. Dejó el gozo del cielo para conocer nuestro dolor y ahora Él es nuestro compasivo sumo sacerdote.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando