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Mucho se ha dicho sobre el dominio propio y su importancia en la vida cristiana como fruto del Espíritu Santo (Gá 5:23-25). Sin embargo, todavía nos cuesta practicarlo.

Esta dificultad a veces nos hace olvidar que esta virtud tiene múltiples beneficios para nuestra vida en esta época actual. Lo olvidamos porque, por un lado, enfrentamos una abundancia de distracciones de las que necesitamos cuidarnos; por otro lado, porque el mundo ofrece sus propios métodos de disciplina y productividad personal.

Por eso quiero invitarte a enfocarte en dos aspectos del dominio propio: su relación con el señorío de Cristo y la agencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. Mi intención es que podamos renovar nuestro compromiso con una vida que glorifica a Dios.

¿Qué es el dominio propio según la Biblia?

El dominio propio (ejercer poder sobre uno mismo) se relaciona con otras ideas bíblicas similares que nos llaman a vivir de manera sobria, controlar los impulsos o abstenernos de las pasiones internas (Tit 2:12; 1 Ts 4:3).

Por eso algunos autores definen el dominio propio como una «actitud sobria, moderada, calmada y ecuánime ante la vida; una actitud donde los deseos y las pasiones se hallan bajo control» (Diccionario bíblico ilustrado Holman, p. 484).

El dominio propio es una capacidad dada por el conocimiento de Dios a través de Su Espíritu

El apóstol Pedro señala que Dios nos ha hecho partícipes de Su naturaleza divina y nos ha librado de la corrupción de este mundo, por lo que debemos obrar con diligencia: «Añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor» (2 P 1:5-7).

Por sus palabras podemos entender que el dominio propio es parte importante de cómo escapar de la corrupción de la carne y disfrutar de la comunión con Dios.

Por lo tanto, podemos construir una definición sobre qué es el dominio propio basado en el argumento de Pedro: el dominio propio es la capacidad que el conocimiento de Dios da, a través de Su Espíritu, para restringirse al mundo y entregarse a la voluntad del Señor.

En primer lugar, el dominio propio es una capacidad dada por el conocimiento de Dios a través de Su Espíritu, pues es un don espiritual recibido en nuestra conversión. Es importante remarcar esto, pues el origen y la primera fuente de alimentación de nuestro dominio propio es el Espíritu Santo (Gá 5:22-23). Por lo tanto, es crucial que nos dediquemos a la comunión con Dios a través de las disciplinas espirituales, como la lectura bíblica, la oración y el ayuno.

En segundo lugar, el dominio propio nos restringe del mundo y nos abre a Dios, quien nos ayuda a conocer y discernir a los falsos ídolos y tentaciones que pretenden dominar nuestro corazón. Lo hace con el propósito de que siempre vayamos alegre y voluntariamente a Jesús, el verdadero Dueño y Señor de todo lo que somos.

El dominio propio para hoy

El dominio propio puede sonar anticuado para nuestra época de abundancia, pero sus beneficios siguen vigentes.

Una evidencia de esto es que hoy se habla mucho de la inteligencia y la gestión emocional, es decir, la capacidad de identificar las emociones propias y la habilidad de regularlas y actuar en consecuencia. ¿Esto es lo mismo que hablar de dominio propio?

No, aunque se superponen en ligeros puntos. El dominio propio contiene en su catálogo de recursos a la inteligencia emocional, pero va más allá de la gestión de las emociones.

En la inteligencia emocional, el foco principal es el control y la regulación de los sentimientos que afloran en uno, mientras que el dominio propio involucra todo el ser de manera integral. Esto significa que el dominio propio no solo se enfoca en las emociones, sino también en los pensamientos, los impulsos, la voluntad, los hábitos, las palabras, las acciones; en toda la persona.

Ejercitar el dominio propio es reconocer el peligro de traicionar a Dios en esta cultura y comprometerse con agradar al Señor con nuestra vida

Además, mientras que la gestión emocional busca que una persona se adapte lo mejor posible a los cambios de su entorno para alcanzar sus objetivos, el dominio propio, de acuerdo con la Biblia, nos capacita para vivir en obediencia y adoración a Dios.

Entender esta diferencia es importante, sobre todo para los jóvenes que somos influenciados por la cultura actual de gratificación instantánea, aprobación constante de las emociones y por el impulso propio de nuestra edad a actuar sin pensar demasiado. Ejercitar el dominio propio es reconocer el peligro de traicionar a Dios en esta cultura, y comprometerse con agradar al Señor con todas las áreas de nuestra vida.

¿Cómo se cultiva el dominio propio?

El dominio propio es fruto del Espíritu, lo que implica que, si eres cristiano, es algo que te ha sido dado. De manera que lo que debemos cuidar no es el dominio propio en sí mismo, pues este es solo un apéndice de algo mucho más grande. Lo que debemos cuidar es nuestra comunión con el Espíritu Santo, por eso Pablo escribe que no debemos apagar ni contristar al Espíritu (1 Ts 5:19; Ef 4:30).

De manera que el dominio propio se cultiva en la medida en que caminamos acorde al Espíritu Santo en nosotros y esto se logra practicando una vida de piedad genuina y constante. Buscando el rostro de Dios en oración y en Su Palabra, rindiendo cuentas a creyentes maduros en el contexto de una iglesia local. Esto te permitirá desarrollar una vida espiritual más completa, donde tu mente será equipada con las cosas celestiales y el Espíritu te fortalecerá para toda buena obra.

Cada uno de estos elementos, a los que llamamos disciplinas espirituales, permitirá que el Espíritu nos fortalezca y, por consiguiente, que el dominio propio sea evidente en nuestras vidas.

Bajo el señorío de Cristo

Por último, en este repaso sobre el dominio propio, vale aclarar que esta virtud no se concentra en nuestra propia fuerza de voluntad, sino en que nuestro corazón está dominado, sumiso y apoderado por Cristo. Él es el dueño de todo lo que somos (Ro 14:8), de manera que el dominio propio que ejercitamos por medio del Espíritu es una expresión de nuestra sumisión al señorío de Cristo.

El dominio propio que ejercitamos por medio del Espíritu es una expresión de nuestra sumisión al señorío de Cristo

Si queremos crecer en la virtud del dominio propio, debemos considerarnos esclavos de Cristo (1 Co 7:22; Ef 6:6). Si tratamos de soportar todo agente externo que nos afecta o quiere enseñorearse de nuestro corazón en nuestras propias fuerzas, ¡ay de nosotros! Sin embargo, en Cristo está la fuente de fortaleza, Él es quien nos equipa y nos ayuda a tener poder sobre nuestro ser para no caer en pecado.

Someterse al señorío de Cristo es fundamental, pues Él no solo es nuestro Salvador, como si solo viniera a salvarnos para luego dejarnos en la deriva. Él es nuestro Señor, quien nos dirige con amor por los senderos de la piedad para alcanzar la correcta estatura de nuestro llamamiento.

Esto debe alegrarnos y animarnos en la lucha por cultivar el dominio propio. Si queremos crecer en esta virtud, nuestro enfoque no debe estar en nosotros mismos, en nuestra disciplina o fuerza de voluntad; más bien, debemos enfocarnos en el Espíritu Santo y en la persona maravillosa de Cristo, nuestro Señor y Salvador.

Pongamos nuestra mente en Cristo y cultivemos la comunión con Su Espíritu, para que entonces podamos cultivar la disciplina del dominio propio. Vayamos siempre a Él, sedientos por Su socorro y poder para sobreponernos a las tentaciones. Y que Él fortalezca las áreas donde somos débiles, para cultivar vidas sobrias y prudentes que agradan a Dios.

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