Cansancio | Reflexión

Isaías 39-43 y 1 Corintios 16 – 2 Corintios 1

“¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído?
El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra
No se fatiga ni se cansa.
Su entendimiento es inescrutable.
Él da fuerzas al fatigado,
Y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor”
(Isaías 40:28-29).

Existen dos tipos de cansancio. El primero es el resultado del desgaste corporal, mental, o emocional que toda persona puede percibir en sí misma después de realizar una labor agotadora. Este sentimiento de debilidad se ve compensado al saber que las energías se gastaron en una labor que se considera alentadora, provechosa, o simplemente gratificante. Después de un buen descanso, todo vuelve a la normalidad y estamos listos para volver a empezar.

El segundo tipo de cansancio ya es más problemático. Se trata también de un desgaste corporal, mental, o emocional, pero que es producto de una vida agotada por sinsabores, por oportunidades perdidas. Este cansancio es producto de experimentar la maldad, el rechazo de los que le rodean, o simplemente porque todo esfuerzo acaba en un saco roto sin llegarse a ver nunca los resultados esperados. Este tipo de cansancio no solo está ligado a nuestras experiencias personales directas, sino también a las situaciones que día a día vamos descubriendo en la prensa o en nuestro entorno, y que le producen a nuestra alma un profundo desaliento. Esto llega a causarnos una tremenda sensación de extenuación e impotencia para seguir enfrentando los dilemas de la vida.

¿Cómo no agotarnos si sabemos que estamos siendo tratados injustamente y no hay forma de vencer esa injusticia? ¿Cómo no sentir desfallecimiento emocional cuando vemos en los periódicos que todavía el ser humano sigue siendo víctima de otros seres humanos? Recuerdo, por ejemplo, haber leído que mucha gente se aprovechó del colapso del atentado terrorista del 11 de septiembre para robar dinero de los cajeros automáticos en Nueva York. Cerca de 4,000 personas aprovecharon la oportunidad para embolsarse un total de 15 millones de dólares. ¿Por qué iban a dejar que una circunstancia “tan pequeña” como un ataque terrorista les impida tomar unos cuantos dólares? Esta clase de noticias me dejan invariablemente extenuado.

Nuestro Señor nunca desfallece y su voluntad es inamovible. Él nunca dejará una tarea inconclusa.

¿Qué tiene que decir el cristianismo a todo este cansancio? Lo primero es que nuestro Dios no sucumbe ante todo lo que experimentamos y nos hace desfallecer. De eso da cuenta Isaías en el texto de nuestro encabezado. Nuestro Señor nunca desfallece y su voluntad es inamovible. Él nunca dejará una tarea inconclusa. Si Él lo ha prometido, si Él lo ha previsto, tarde o temprano se concretará por el poder de su soberanía.

Parte de nuestro desgaste debe ser colocado bajo la convicción de que nuestro Dios es más grande que la suma de todos nuestros problemas. Isaías le decía así a los judíos: “Alcen a lo alto sus ojos Y vean quién ha creado estos astros: El que hace salir en orden a su ejército, Y a todos llama por su nombre. Por la grandeza de Su fuerza y la fortaleza de Su poder No falta ni uno” (Is. 40:26). El Dios que ordena el universo en la palma de su mano es quien tiene el control de todas nuestras circunstancias.

Nuestro agotamiento está en directa relación con nuestra pequeñez humana. Isaías lo presenta así, “.. toda carne es como la hierba, y todo su esplendor es como la flor del campo” (Is. 40:6b). A pesar de toda nuestra petulancia y vanagloria, somos, en realidad, seres pequeñísimos con una presencia temporal comparable con la humilde hierba del campo cuya existencia o inexistencia ni siquiera es tomada en consideración.

Nuestra pequeñez no solo es individual, sino que aun nuestras más grandes obras corporativas son nada al compararla con nuestro Señor. “Las naciones Le son como gota en un cubo, Y son estimadas como grano de polvo en la balanza… Él es el que reduce a la nada a los gobernantes, Y hace insignificantes a los jueces de la tierra” (Is. 40:15a,23). ¿Puedes ver cómo no hay civilización, dictador o circunstancia opresiva que dure para siempre? Mirar al Señor y luego a nuestra realidad es un buen antídoto para el agotamiento. Este cambio de perspectiva es la primera arma para vencer el cansancio pesimista que nos hace ver nuestras circunstancias como imposibles de resolver.

El Dios que ordena el universo en la palma de su mano es quien tiene el control de todas nuestras circunstancias.

En segundo lugar, la Palabra de Dios debe proveernos el entendimiento suficiente para poder enfrentar con sabiduría todo lo que se nos presente por delante. Hay un viejo dicho que dice: “más vale maña que fuerza”. La “maña” o destreza, en este caso, tiene que ver con entender los principios eternos de Dios para poder aplicarlos a todas las situaciones humanas. La Biblia ha demostrado ser un excepcional libro de consejos probado por los hombres de todas las generaciones, de tal manera que podemos “descansar” en su aplicación personal en nuestras vidas. Isaías declara con mucha propiedad al respecto: “Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is. 40:8). Nosotros podríamos secarnos y marchitarnos al permanecer pegados a nuestras circunstancias pero, si tomamos de la eternidad del consejo de Dios, podemos remontar nuestra temporalidad y salir victoriosos de las acontecimientos por más adversos que ellos sean.

La tercera arma para vencer el agotamiento pesimista es gozar de una verdadera comunión con un Dios personal. No quisiera que este mensaje suene a los consabidos y populares libros de “autoayuda”, en donde solo basta cambiarle el cristal a los lentes para que todo se vea de color esperanza. El cristianismo no es un mensaje positivo que de tanto repetirlo me llena de adrenalina para seguir adelante y salir del atolladero. El centro del mensaje del cristianismo es que Dios está con nosotros porque así lo ha querido y no por nuestros méritos o invocaciones religiosas. Él ha prometido a sus hijos: “No temas, porque Yo estoy contigo; No te desalientes, porque Yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, Sí, te sostendré con la diestra de Mi justicia” (Is. 41:10). Su guía y protección se caracterizan por la rectitud de sus propósitos y por su impostergable amor por su pueblo: “Ya que eres precioso a Mis ojos, Digno de honra, y Yo te amo…” (Is. 43:4). Por otro lado, la perfección de Dios se manifiesta en su pleno conocimiento de todo lo que está sucediendo en el universo. No hay noticia que Él no conozca de antemano, ni situación que lo tome por sorpresa. “Aun desde la eternidad, Yo soy, Y no hay quien libre de Mi mano. Yo actúo, ¿y quién lo revocará?” (Is. 43:13).

En el mismo sentido, su soberano conocimiento y su inmenso amor para con nosotros hacen que podamos descansar en su impostergable cuidado. Él sabe exactamente quién soy, y de cuál pie específicamente estoy cojeando. Isaías lo ilustra con las siguientes palabras: “Porque Yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra, Que te dice: ‘No temas, Yo te ayudaré’. ‘No temas, gusano de Jacob, ustedes hombres de Israel. Yo te ayudaré’, declara el Señor, ‘tu Redentor es el Santo de Israel’” (Is. 41:13-14).

La cuarta arma para evitar el cansancio es vital. El Dios de los cristianos no solo se encarga de darnos “aliento” desde las alturas celestiales, sino que también prometió poner su manos en nuestros asuntos, sin importar cuán quebrados o agotados estemos. “No quebrará la caña cascada, Ni apagará la mecha que casi no arde; Con fidelidad traerá justicia. No se desanimará ni desfallecerá Hasta que haya establecido en la tierra la justicia. Su ley esperarán las costas” (Is. 42.3-4). ¿Cómo es que lo hizo? Las buenas noticias, el evangelio, declaran que el mismo Dios descendió al darse cuenta de que estábamos perdidos sin remedio y ni siquiera agotados, sino ya muertos en nuestros delitos y pecados. Nuestro Señor Jesucristo descendió desde los cielos para ocupar nuestro lugar, pagar el precio por nuestra revitalización, darnos de su vida y hacernos nuevas criaturas bajo su cuidado. Dios ya ha establecido justicia en Jesucristo, y todo el que es llevado a Él por el Espíritu Santo, recibe la justicia y la fortaleza de Jesucristo.

El centro del mensaje del cristianismo es que Dios está con nosotros porque así lo ha querido y no por nuestros méritos o invocaciones religiosas.

La presencia del Salvador en nuestras vidas hará que toda nuestra debilidad se convierta en fortaleza bajo su amoroso cuidado. Además, tengamos claro que la Escritura no nos dice que el Señor soplará y todo lo negativo y agotador desaparecerá de un plumazo. En cambio, nos dice que primero nos perdonará y nos dará vida, contaremos con su presencia en nuestras vidas, nos enseñará sus principios, y renovará nuestras fuerzas para que luchemos juntos nuestras batallas. Una de las frases más bellas y esperanzadoras de las Escrituras se encuentran en las siguientes palabras de Isaías: “Aun los mancebos se fatigan y se cansan, Y los jóvenes tropiezan y vacilan, Pero los que esperan en el Señor Renovarán sus fuerzas. Se remontarán con alas como las águilas, Correrán y no se cansarán, Caminarán y no se fatigarán” (Is. 40.30-31).

¿Estás pasando por alguna situación que te sobrepasa? ¿Estás a punto de tirar la toalla? Mira al Señor y lo verás todo en la perspectiva correcta. Recurre al Señor y Él te dará de su propia vida y fortaleza. Él puede renovar tus fuerzas y aún más, darte una vida nueva y eterna que solo Él puede entregar. Por eso Isaías dice, “Conduciré a los ciegos por un camino que no conocen, Por sendas que no conocen los guiaré; Cambiaré delante de ellos las tinieblas en luz Y lo escabroso en llanura. Estas cosas haré, Y no las dejaré sin hacer” (Is. 42:16).

Puede que sientas muchas dudas. Puede ser que como cristiano no dudes del poder de Dios y su profundo amor, pero sí con respecto a que Él quiera ocuparse de ti y tus asuntos. Por lo tanto, aprende esta profunda verdad: “Pues tantas como sean las promesas de Dios, en El todas son sí. Por eso también por medio de El, es nuestro Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros” (2 Co. 1:20). Es verdad, no se trata de ti, no eres tan grande ni tan importante, pero igual el Señor te ama hasta el punto de haber entregado a su Hijo por ti. Entonces, si Él promete algo, ten fe. Él lo hará. Ora al Señor, expón lo que hay en tu corazón en el nombre de Jesús, y confía en Él, no en tu elocuencia o tu capacidad de persuasión. Él no tardará en responder.

¿Qué esperas para presentar tu cansancio al Señor?

Cuando aprendamos a descansar en el Señor, no solo disfrutaremos del reposo que solo Él puede brindarnos, sino que también podemos colaborar con Jesucristo como testimonios vivos de lo que Él puede hacer en otras personas. El apóstol Pablo lo testificó así: “[Dios] nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Co. 1:4).

Hay muchos que necesitan escuchar que hay descanso y reposo en Dios… pero para conocerlo, primero necesitan verlo en ti.


Imagen: Lightstock.
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