Un manzano de tamaño normal tarda hasta ocho años en dar manzanas. Los agricultores observan todo tipo de etapas de crecimiento durante esos ocho años, pero lo único que no buscan son frutos maduros.
Como padres, criamos pequeños manzanos, almas que solo dan fruto con tiempo y paciencia. Sin embargo, ¿con qué frecuencia, a diferencia del agricultor, esperamos encontrar frutos maduros demasiado pronto mientras examinamos a nuestros hijos en busca de signos de crecimiento espiritual? A pesar de todos nuestros esfuerzos por educar bien a nuestros hijos —abrir la Palabra de Dios, inclinarnos en oración y adorar junto al pueblo de Dios—, a menudo nos damos cuenta de que falta algo en medio de todo ello: la tranquilidad.
Es difícil resistirnos a analizar a nuestros hijos, como si observar cada movimiento de sus cuerpos nos diera una ventana a sus almas. ¿Cierran los ojos durante la oración, cantan a pleno pulmón «Sublime gracia» y les encanta el culto dominical? ¿O miran por la ventana durante la lectura de la Biblia, se abstienen tímidamente de orar por los alimentos o parecen indecisos respecto al bautismo? Los observamos de cerca, sin poder relajarnos casi nunca, a menudo al acecho de dos temibles enemigos: la apostasía y el legalismo.
Cuando cualquiera de estos dos temores domina nuestros corazones, los padres podemos de repente sentirnos inseguros sobre hasta dónde podemos guiar a nuestros hijos y cuándo debemos dejarlos que busquen a Dios por su cuenta. El miedo a la apostasía nos impulsa a redoblar los hábitos de la gracia: más Biblia, más iglesia, más oración. Sin duda, esto les aportará el crecimiento que nos preocupa que les falte. El temor al legalismo nos frena: nada de recordatorios para leer la Biblia ni oraciones iniciadas por los padres, no sea que el deber ahuyente el deleite.
El crecimiento, al igual que la vida, proviene de Dios. ¿Qué padre o madre no ha luchado con esta gloriosa realidad?
Nuestros métodos cambian en respuesta a nuestros miedos, cuando pensamos que nuestras acciones determinan automáticamente los resultados, ya sean buenos o malos. Pero una nueva entrega al Autor del crecimiento y a Su proceso de crecimiento calma nuestros temores y aclara nuestro propósito mientras guiamos a nuestros hijos hacia los hábitos de la gracia.
El crecimiento como un don
Tanto la creación como la revelación divina proclaman que el crecimiento, al igual que la vida, provienen de Dios (Sal 104:14; 1 Co 3:6). ¿Qué padre o madre no ha luchado con esta gloriosa realidad? Del mismo modo que haríamos cualquier cosa que estuviera en nuestras manos para proteger a nuestros hijos de la muerte física, así anhelamos rescatarlos de la muerte espiritual. La verdad es que, en última instancia, no podemos salvarlos de ninguno de esos peligros. Los «hábitos de gracia» (o disciplinas espirituales) son medios de la gracia de Dios, sin duda, pero no son en sí mismos la gracia salvadora. La salvación es un don gratuito de Dios que los padres no pueden impedir ni acelerar en ningún sentido definitivo (Ef 2:8-9).
Por lo tanto, nuestra postura constante como padres debe ser la de un rendimiento lleno de fe: la gracia de Dios obra según la voluntad del Señor, no la nuestra. Las almas son Sus huertos, no nuestras fábricas. Los hábitos de gracia no son inversiones que garanticen resultados seguros, como el diseño de un objeto impreso en 3D. Se parecen más a semillas que plantamos y regamos con la esperanza de que Dios dé el crecimiento (1 Co 3:6-7). Y el crecimiento, si el Señor lo concede, probablemente comenzará siendo pequeño, tan pequeño que podría resultarnos imperceptible.
Si espero que mi retoño muestre el fruto completo de un cristiano maduro, en el mejor de los casos, me desanimaré innecesariamente y, en el peor, podría desanimar a mi hijo. Al igual que los árboles, los niños crecen lentamente, tanto física como espiritualmente, y nuestras expectativas deben ajustarse al plan paciente de Dios para su crecimiento. Hablarán como niños, razonarán como niños y actuarán de manera infantil (1 Co 13:11). Deberíamos esperar que sus corazones sean igualmente infantiles. Y, sin embargo, su amor por Dios, por pequeño que sea, es digno de nuestro agradecimiento y alabanza, del mismo modo que alabamos a Dios por el crecimiento de sus pulmones y sus extremidades.
Adaptarnos a la realidad del crecimiento orgánico nos lleva a dejar de lado nuestras expectativas personales para nuestros hijos y a adoptar, en su lugar, la rendición y la paciencia de un jardinero. La enseñanza de Jesús nos ofrece dos hermosos propósitos que debemos procurar mientras cuidamos de nuestros retoños en crecimiento a través de hábitos de gracia: acercarlos a Él y apoyarlos.
Acercarlos
En Marcos 10:14, los discípulos reprenden a un grupo de padres que llevan a sus hijos ante Jesús. En respuesta, Jesús reprende a Sus discípulos: «Dejen que los niños vengan a Mí; no se lo impidan, porque de los que son como estos es el reino de Dios». Esos padres estaban haciendo lo correcto. No hay nada en los niños que les impida acercarse a Jesús y encontrar en Él su tesoro. De hecho, los niños ponen claramente de manifiesto lo que todos necesitamos: un corazón humilde, necesitado y creyente. En lugar de pedirles que vuelvan cuando sean adultos, Jesús toma a estos niños en Sus brazos, impone las manos sobre ellos y los bendice (v. 16).
No podemos llevar físicamente a nuestros hijos ante Jesús, que ahora está sentado a la diestra del Padre, pero todavía podemos acercarlos a Él
Como padres en la era posterior a la ascensión, no podemos llevar físicamente a nuestros hijos ante Jesús, quien ahora está sentado a la diestra del Padre, pero todavía podemos acercarlos a Él. Los saturamos con la Palabra de Dios porque da testimonio de la belleza y la gloria de Jesús (Jn 5:39). Nos arrodillamos junto a ellos en oración para responder a Aquel cuyas palabras nos han llenado de gozo (Jn 15:11). Los introducimos a la iglesia local para que escuchen cómo se alaba y se proclama a Jesús como el verdadero pan y la verdadera bebida (Jn 6:32, 55). Aunque no tenemos poder sobre los resultados, George Herbert nos recuerda que:
Quien sigue el camino que Cristo ha recorrido
Tiene muchas más posibilidades de encontrarse con Él, que aquel
Que viaja por caminos secundarios («Cuaresma»).
¿En qué otro lugar van a encontrar a Jesús nuestros hijos sino en Su Palabra, en la oración y junto a Su pueblo? Al igual que aquellos padres del primer siglo, los acercamos a Jesús tanto como podamos, con la esperanza de que Él los toque y los bendiga.
Darles apoyo
Para crecer fuertes y sanos, los manzanos necesitan pleno sol y riego regular. Los agricultores utilizan estacas para enderezar el crecimiento y protectores para los árboles, a fin de protegerlos de las inclemencias del tiempo y de los animales hambrientos. Podan las ramas y abonan el suelo. En lo que Eugene Peterson denomina «la parábola del abono, Jesús describe algo muy parecido para nuestras almas (As Kingfishers Catch Fire, p. 250).
En Lucas 13:6, Jesús nos presenta a un agricultor frustrado con el hacha en mano, dispuesto a talar una higuera estéril. Pero el viñador lo detiene. «Señor, déjala por este año todavía, hasta que yo cave alrededor de ella, y le eche abono, y si da fruto el año que viene, bien; y si no, córtala» (Lc 13:8-9). Con demasiada frecuencia me he puesto en la piel del agricultor frustrado, declarando prematuramente que el árbol era estéril. A veces buscaba frutos maduros en un niño que aún estaba creciendo. Y otras veces olvidaba que todos los niños necesitan tiempo y apoyo.
Nos apoyamos en la comunidad de nuestra iglesia local para que nuestros hijos puedan experimentar el próspero huerto que es el cuerpo de Cristo
Para crecer rectos y dar fruto algún día, nuestros hijos necesitan nuestra ayuda. Fomentamos su hábito de leer la Biblia, así como las estacas sostienen a un árbol joven, elaborando un plan de lectura bíblica adaptado a su edad y madurez, y ayudándoles a sacar el tiempo necesario para este hábito. Les damos palabras para orar, enriqueciendo el suelo de sus oraciones, igual que el abono enriquece la tierra de un huerto. Nos apoyamos en la comunidad de nuestra iglesia local para que nuestros hijos puedan experimentar el próspero huerto que es el cuerpo de Cristo. Lejos de las normas legalistas, estas estructuras proveen el apoyo amoroso necesario para un crecimiento saludable.
Nuestros hijos, incluso nuestros adolescentes, no adoptan automáticamente estos hábitos por sí mismos, pero eso no significa necesariamente que el árbol sea estéril. Así como no podemos esperar que un retoño soporte el peso de una casa de árbol, tampoco podemos esperar que la vida de un joven de catorce años refleje la madurez de alguien de cuarenta. Poco a poco, estos apoyos se irán retirando, a medida que seamos testigos de una fuerza y un gozo que van en aumento en nuestros hijos en crecimiento, por la gracia de Dios y en Su tiempo. Eugene Peterson nos recuerda sabiamente: «El abono no es una solución rápida. No tiene resultados inmediatos. Va a llevar mucho tiempo ver si marca alguna diferencia» (p. 253). Con demasiada frecuencia, tenemos prisa cuando Dios no la tiene (2 P 3:9). Qué gozo es reducir el ritmo, volver a tomar la pala y seguir añadiendo abono al suelo.
Los padres como jardineros
Dios instruye a los padres a criar a los hijos «en la disciplina e instrucción del Señor», y las madres son Sus ayudantes, dadas por Dios, en esta tarea (Ef 6:4). No podemos salvarlos, pero somos llamadas a nutrirlos. Rendirnos a la libertad soberana de Dios y a nuestros propios límites, dados por Él, restaura la paz de la que a menudo carecen nuestros corazones.
Somos libres de llevar estas pequeñas plantas a la luz del sol de la presencia de Jesús con toda la esperanza de un jardinero, en lugar de con las exigencias de un aspirante a dios. Cuando dejamos de buscar controlar los resultados, salimos de la fábrica de las técnicas llenas de miedo para entrar en el huerto de la formación llena de fe: acercándolos, dándoles apoyo y pidiendo a Dios que bendiga la cosecha.




