“y me dijo: ‘Muy amado, no temas; la paz sea contigo; esfuérzate y cobra aliento.’ Mientras él me hablaba, recobré las fuerzas y dije: ‘Hable mi señor, porque me has fortalecido’”, Daniel 10:19.
Hay muchas formas en las que podemos vernos a nosotros mismos. Podemos encontrar nuestra identidad en la “tribu” a la que pertenecemos, en lo que hacemos o en la percepción que otros tienen acerca de nosotros.
En el contexto de nuestra vida de fe, podemos muchas veces también correr el peligro de definir nuestra identidad en función de lo que hacemos para Dios, los retos o sacrificios que tomamos en el ministerio, nuestro conocimiento de las Escrituras o en lo que percibimos como el gran tamaño de nuestra fe.
Sin embargo es muy importante reconocer que nuestra identidad básica y más profunda es la de ser hijos de Dios profundamente amados por Él.
Es increíble el solo pensar que Dios ha hecho mucho más que una obra de justificación en nuestro favor. Nuestra identidad, en este sentido, es que ahora somos completamente perdonados y aceptados por Él y en Él. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5:17.
Sin embargo, Él en Su infinita gracia, también nos ha adoptado a Su familia. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”,1 Juan 3:1.
Esta identidad profunda es la que le da paz al profeta Daniel, le renueva en el hombre interior y le pone en una disposición para responder al llamado de Dios.
Las Buenas Noticias para ti y para mí son que nosotros tenemos todavía una mayor confianza en Dios al ver precisamente en la obra de Cristo en nuestro favor que el rechazo y separación del Padre en la obra en la cruz aseguran por siempre Su amor y nuestro lugar en la familia de Dios.
Piensa en esto y encuentra tu descanso en Él.




