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Predicar es una labor ardua. Requiere tiempo y esfuerzo. Si lo haces con regularidad, es posible que con el paso del tiempo pierdas la pasión por predicar que antes tenías. A veces he estudiado tanto el pasaje que estoy hastiado de él. He considerado el contexto histórico y literario, sus detalles gramaticales, sus aportaciones a la teología bíblica y sistemática. He forjado un bosquejo y lo he rellenado con explicación, argumentación, ilustración y aplicación. 

Y me siento vacío. ¿Qué hago? 

Estas son algunas estrategias específicas que uso los sábados o domingos por la mañana antes de predicar cuando mi corazón está frío.

1. Encuentra una verdad que despierte el deleite 

Si buscamos el deleite en la verdad, lo hallaremos. Podemos encontrar una frase, una doctrina, una verdad que realmente resuene en nuestro corazón. Hace poco, predicando el Evangelio de Juan, el increíble potencial de la oración me movió. En la exposición, me detuve un tiempo para explicar y aplicar Juan 14:13-14. Dije lo siguiente:

“En la oración existe un inmenso acervo de infinito poder espiritual tristemente inexplotado por la mayoría de los cristianos. Existe un enorme potencial en la oración para lograr grandes cosas para Dios, para la gloria de Dios, para el renombre de Cristo. El poder de la oración no es para nosotros, para nuestro beneficio terrenal y egoísta. No es para tener un Ferrari. No es para parar de sufrir. No es para decretar. Dios nos ha dado una tremenda herramienta no solo para superar nuestra propia angustia sino para ser un arma poderosa en sus manos. Una espada que puede blandirse para el reino”. 

Al reflexionar sobre este inmenso poder espiritual, mi corazón se conmovió. Y sentí pasión por predicar ese sermón.

2. Medita sobre los atributos de Dios revelados en el pasaje

El pasaje que predicarás es revelación, no es un mero tratado doctrinal o una narración histórica. Dios mismo se está revelando a nosotros. Cuando predico un pasaje, me hago ciertas preguntas. ¿Qué aprendo acerca de Dios en este pasaje? ¿Qué es lo que Él es (sus atributos), hace (sus obras), o dice (su revelación) en este pasaje? Esto evita que el sermón sea teocéntrico y no antropocéntrico. Aún en pasajes donde Dios no se menciona específicamente, Dios sigue siendo el actor principal. 

Un ejemplo de esto es el libro de Ester, donde la soberanía de Dios emana de cada poro del libro a pesar de que el libro nunca lo menciona de manera explícita. Entonces, cuando considero cómo Dios soberanamente dirige las circunstancias para el bien de su pueblo, el pasaje deja de ser una interesante historia acerca de una reina de la antigüedad y se convierte en la revelación personal del Dios que también dirige las circunstancias de mi vida para mi bien y su propia gloria. Yo también puedo confiar en su sabia y bondadosa soberanía. De esta manera, al meditar detenidamente sobre sus excelencias multiespléndidas, mi corazón asciende del aburrimiento a la adoración, de la depresión al deleite. Y entonces, ¡quiero predicar!

3. Conecta el pasaje con el evangelio

Si no tengo cuidado, mi sermón se puede convertir en una genérica exhortación moralista o, peor, en un frío legalismo. “Haz esto. No hagas lo otro. Sé así. No seas asá”. Pero cuando relacionamos el mensaje con la persona y obra de Cristo y encontramos en la cruz la motivación y el poder para “ser así y hacer aquello”, el blanco y negro se convierte en colores vívidos que sacuden el corazón adormilado.

En su libro Christ-Centered Preaching [La predicación Cristocéntrica], Bryan Chapell indica que podemos conectar cada pasaje con la persona de Cristo de una de cuatro maneras. Cada pasaje es (1) una predicción de la persona y obra de Cristo, (2) una preparación para la persona y obra de Cristo, (3) una reflexión sobre la persona y obra de Cristo, o (4) un resultado de la persona y obra de Cristo. Si podemos encontrar cuál de estos cuatro elementos está en nuestro pasaje, estaremos conectando el pasaje con el evangelio. 

Asegúrate de relacionar cada sermón con la persona y obra de Cristo, y anhelarás que llegue la hora de predicar.

Chapell también sugiere que cada pasaje contiene un problema que el ser humano es incapaz de resolver por sí solo pero que Dios soluciona con su gracia. Al identificar el problema específico de este pasaje y encontrar cómo Dios muestra su gracia para resolver el problema, encuentro que es fácil conectar el pasaje con el evangelio. Asegúrate de relacionar cada sermón con la persona y obra de Cristo, y anhelarás que llegue la hora de predicar. 

4. Ora

Esta es la práctica que más me ha ayudado a mí. Cuando oro, recuerdo que no estoy dando un discurso teológico ni una charla motivacional. Estoy participando en una batalla espiritual. Soy un profeta del Dios vivo. 

No podemos conformarnos con entrar al púlpito con un corazón frío y apagado.

Usualmente oro de dos maneras: 

  • Oro a través del pasaje. Frase por frase. Versículo por versículo. Punto por punto. Pido a Dios que me dé comprensión del pasaje. Que pueda sentir la importancia y el peso de las verdades que yacen en este pasaje. Además, aquí se conjugan las primeras tres sugerencias. Medito sobre las deleitosas verdades del pasaje, contemplo los atributos de Dios, y reflexiono sobre el evangelio. Y me dan ganas de predicar. 
  • Oro por los miembros de la congregación que van a escuchar el sermón. Pido que Dios aplique estas verdades a sus vidas. Usualmente, al estar orando, Dios trae a mi mente una familia que necesita “esta verdad” de manera muy particular, una persona que realmente debe escuchar esta parte del sermón, un matrimonio que pudiera ser transformado si entendiera y viviera esta verdad. Y se aviva mi pasión por predicar. 

Pastores, no podemos conformarnos con entrar al púlpito con un corazón frío y apagado, simplemente para cumplir con una obligación. Quizá para ti la pasión no se mostrará con aspavientos y gritos. Quizá sea más bien el callado pero intenso fuego en tu interior que prende fuego a los corazones que te rodean. Sea como sea, luchemos contra la frialdad mortífera de la apatía. Acudamos a fuentes legítimas que despiertan una pasión genuina en nosotros. Avivemos nuestro amor por Dios, por su Palabra, y por las personas que nos escuchan. ¡Y que así Cristo sea exaltado y proclamado en nuestros púlpitos!


Imagen: Lightstock.
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