4 verdades sobre la maldad de los hombres

 | 
Compartir

“Extremadamente impío, sorprendentemente malvado y vil”, fueron las palabras que el juez Edward Cowart usó para describir los crímenes de Ted Bundy (el asesino en serie de la década de los setenta) el día que fue sentenciado a muerte por los más de 30 asesinatos que cometió.

Esas palabras también pueden describir la maldad del hombre, si tomamos en cuenta lo que el apóstol Pablo dijo al respecto en Romanos 1:16-32.

Este es uno de esos capítulos que debemos conocer con precisión y con los cuales debemos familiarizarnos. Este pasaje es central para una clara comprensión de la condición humana, necesario para el entendimiento del pecado y para una correcta perspectiva del evangelio. No podemos darnos el lujo de vivir la vida cristiana sin una comprensión correcta y bíblica del pecado, la maldad, la gracia y el evangelio.

De todos los textos que se han escrito en la historia de la humanidad, el primer capítulo de Romanos nos provee la visión más completa, la explicación más coherente y el argumento más razonable acerca de la maldad del hombre. En este pasaje tenemos la exposición más exhaustiva acerca de la naturaleza del pecado. Aquí Pablo nos abre las cortinas de Génesis 3, para mostrar con más claridad y detalle lo que realmente está detrás del pecado. Para decirlo otra manera, Romanos 1 es el desarrollo y la explicación de Génesis 1 al 3.

Hay al menos cuatro verdades que podemos encontrar en este pasaje respecto a la maldad de los hombres:

1. La maldad de los hombres es universal

Pablo dijo: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad (Romanos 1:18). Con esto, el apóstol quiere establecer que esta maldad e injusticia la cometen todos los hombres y por eso la ira de Dios recae sobre ellos. Que la ira de Dios se revele sobre todos los hombres es el testimonio de que todos, sin excepción, son culpables.

Esta maldad es la realidad de todos los seres humanos. Es decir, todos estamos en esa condición. Todos cometemos esta impiedad e injusticia que provoca la ira divina. La maldad es el estado en el que los hombres nos encontramos, una realidad de la que nadie escapa y algo que es evidente en el mundo. Miremos las noticias, miremos en las calles, miremos en el trabajo, en las escuelas, y miremos nuestro propio corazón, y confirmaremos el testimonio de la Biblia. La maldad de los hombres es una realidad universal.

Jesús le dijo al joven rico: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios (Marcos 10:18). El Señor dijo eso para corregir la creencia común entre los judíos de que habían hombres buenos, y el joven que se le acercó pensó que Jesús es uno de ellos. El Señor no está tratando de probar su divinidad. El muchacho habla de hombres buenos, porque él mismo se considera un hombre bueno. En su estimación propia, él es una persona buena y Jesús le quiere enseñar que “hombres buenos no hay”. El mismo Salomón decía: He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones (Eclesiastes 7:29).

Por eso el apóstol Pablo decía en Romanos 3:12: No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Lo que Romanos 1 nos enseña es que la maldad de los hombres es una realidad universal. Es la condición de todos los seres humanos sin excepción.

2. La maldad de los hombres está enraizada en el abandono a Dios

La esencia de la maldad es que hemos ignorado a Dios, no lo hemos honrado como Él se merece y no le hemos dado gracias por todas las bendiciones y favores con los que nos colma todos los días.

Leamos:

  • Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias (Romanos 8:21).
  • y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible (Romanos 8:23).
  • ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador (Romanos 8:25).
  • Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios (Romanos 8:28).

Estos textos acentúan el hecho de que el hombre ignora a Dios, no lo toma en cuenta y le ha dado la espalda. En la raíz de la maldad se encuentra una abierta, intencional y orgullosa indiferencia que el hombre tiene hacia Dios. La maldad en su esencia está enraizada en esa declaración de independencia que el hombre le expresa a su Creador.

La maldad tiene que ver con haberle negado a Dios la gloria que merece y habérsela dado a las cosas creadas. El hombre ha hecho de las cosas sus ídolos, a quienes adora, a quienes honra, y en quienes encuentra su identidad, gozo y esperanza.

Veamos Jeremías 2:11-13: ¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha. Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.

En el corazón del reclamo que el Señor hace por medio del profeta, está el hecho de que el hombre abandona a su Dios quien es la fuente de su vida, provisión, bienestar y esperanza, y se hace para sí mismo otras fuentes (manantiales/ídolos) para tomar de ellas la vida, la esperanza, el bienestar y el gozo.

Juan Calvino hace referencia en fuertes términos a la gran maldad que hemos cometido contra Dios. Según Calvino, la mera existencia, la belleza y la grandeza de la creación “debió haber inducido al hombre a glorificar a Dios. Sin embargo, nadie cumplió con su deber apropiado. Por lo tanto, parece que todos fueron culpables de sacrilegio y de ingratitud perversa y abominable”.(1)

El hombre no le da gloria a Dios, no le da gracias, no le honra, no confia en Él, lo desprecia, no lo toma en cuenta, y allí reside nuestra impiedad. La maldad comienza y tiene su punto de partida en que nos hemos alejado de nuestro sumo bien, que es Dios. Todos los vicios, las maldades, los crímenes y las injusticias fluyen del mayor de todos los crímenes. Es decir, tienen su raíz en la mayor de las injusticias y maldades: abandonar a Dios.

3. La maldad de los hombres es un juicio de Dios

¿Qué hace Dios ante esta maldad de los hombres? ¿Cómo ha respondido Dios ante esta rebelión y desafío? Quizá la respuesta más instintiva sería mencionar la maldición que hay sobre el mundo creado, como lo dijo Pablo: Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora”(Romanos 8:22).

Sin embargo, Romanos 1 nos dice algo muy revelador respecto a la manera en que Dios ha respondido. En realidad dice que Dios ha entregado a los hombres a sus deseos malvados:

  • Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos (Romanos 8:24).
  • Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza (Romanos 8:26).
  • Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 8:28).

Es decir, esa maldad que los hombres hicieron (al no darle gloria y honrar) lleva a Dios a dejarlos a que vivan en conformidad a sus deseos, para que esa misma maldad se exprese, se manifieste y se haga visible en sus vidas diarias. Ante la maldad que hicieron de abandonar a Dios, Él mismo no los interrumpe sino que les dice: “¿Eso es lo que quieren? Muy bien, eso es lo que tienen”. Ellos no toman en cuenta a Dios, nos dice Pablo, y Dios los deja que sigan ese camino. El resultado natural es la misma y más maldad.

Es cierto que Dios se reserva el derecho de juzgar a una nación, a un pueblo, a personas, y lo puede hacer por medio de desastres naturales, enfermedades, gobernantes impíos, hambre y tragedias inesperadas. Pero el juicio de Dios, se puede ver más claramente, más a diario y patente, en la misma maldad de los hombres.

En los versículos 29 al 31 Pablo ofrece una lista de casi 30 vicios y pecados. Lo llamativo es que encierra toda clase de pecados, desde la fornicación hasta envidia, desde la murmuración hasta el homicidio, para recordarnos que todo pecado, incluso aquellos que no nos parecen tan graves, tienen relación con la gloria de Dios. Es decir, en el momento que pecamos de murmuración, envidia y arrogancia, estamos ignorando y tomando en poco la gloria de Dios.

De otro lado, la especial mención que se hace de los pecados del homosexualismo y el lesbianismo, no es precisamente porque estos sean peores pecados. En realidad lo que Dios nos quiere mostrar con estas prácticas es lo despreciable que es abandonar a Dios. Es decir, así como es antinatural que un hombre tenga relaciones con otro hombre, así también es antinatural que una criatura creada por un buen Dios no le adore ni viva para Él.  Así como es anormal que una mujer tenga relaciones sexuales con otra mujer, así de anormal es que las criaturas no glorifiquen y den gracias a su Creador. John Piper dice que este pecado es como una dramatización de lo que los hombres hemos hecho contra Dios.

Para resumir, la raíz de la maldad es el abandono a Dios. La maldad del hombre está enraizada en que le ha dado la espalda a Dios y Él juzga esa maldad entregándolo a más maldad para que veamos cuán injusto e impío es abandonar a Dios. La maldad que los hombres cometen es, en sí misma, un juicio. Es como que alguien se quiera tirar por un deslizadero y nosotros los dejemos. Eso es precisamente lo que Dios ha hecho. La consecuencia del pecado de abandonar a Dios, es más pecado. El juicio por la maldad es más maldad.

4. La maldad de los hombres solo tiene solución en el evangelio

No hay esperanza para los hombres fuera de Dios. Si hemos abandonado al Creador, si lo hemos ofendido, y es Él quien nos condena, se sigue que solo de Él puede venir la solución. Solo por medio de Él podemos ser perdonados, transformados y redimidos. Solo por medio de Él, esta situación puede ser reparada y restaurada.

Por eso, esta clara y aterradora sección comienza con la solución al problema. Pablo, contrario a lo que pensaríamos, nos presenta el remedio antes de darnos el terrible diagnóstico. Nos da la solución antes de plantear el problema: Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 8:16-17).

El pecado ha traído fundamentalmente dos problemas al pecador: lo ha corrompido en su interior y lo hace culpable delante de Dios. Es decir, por causa del pecado, el hombre está condenado y corrompido. Por eso el evangelio de la gracia es la única respuesta al problema del hombre.

El evangelio ofrece perdón de pecados (comenzando por el pecado de haberle dado la espalda a Dios), y también ofrece un cambio de corazón a los hombres. El evangelio de Cristo es la única solución a la maldad de los hombres porque produce una nueva nueva vida, con nuevos deseos, anhelos, nuevas metas e ideales. La gracia de Cristo es la única esperanza para este mundo caído porque solo Cristo trae perdón y una nueva vida al pecador.

Esta contemplación de lo profundo del pecado y la grandeza del evangelio que Romanos 1 presenta, es recogida en el conocido himno Su gracia es mayor de Matt Boswell, quien dice: “Mis faltas son muchas, su gracia es mayor”. Ese es el precioso tema de Romanos: El gran evangelio que es suficiente para reparar la gran maldad de los hombres.


[1] Calvin, J., & Owen, J. (2010).  Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans (p. 67).  Bellingham, WA: Logos Bible Software)


Imagen: Unsplash.
CARGAR MÁS
Cargando