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Las Escrituras declaran:

¿Quién es aquel que habla y así sucede,
A menos que el Señor lo haya ordenado?
¿No salen de la boca del Altísimo
Tanto el mal como el bien? (Lm 3:37-38).

Alégrate en el día de la prosperidad,
Y en el día de la adversidad considera:
Dios ha hecho tanto el uno como el otro
Para que el hombre no descubra nada que suceda después de él (Ecl 7:14).

Nuestro Dios está en los cielos;
Él hace lo que le place (Sal 115:3).

Todo cuanto el Señor quiere, lo hace,
En los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos (Sal 135:6).

Yo digo: «Mi propósito será establecido,
Y todo lo que quiero realizaré» (Is 46:10).

A veces nos asaltan pensamientos como estos: «Si ese día nos hubiéramos quedado en casa…, si esa tarde no hubiéramos regresado a ese lugar…, si esa noche no hubiéramos caminado por esa calle, quizás todo sería diferente».

Probablemente no seríamos lo que somos, no habríamos conocido a esa persona, no habríamos tenido lo que recibimos o no nos habría pasado lo que nos pasó. Pero lo cierto es que se dio. Por eso somos lo que somos, estamos donde estamos y tenemos lo que tenemos. Alguno dirá que fue pura coincidencia. Los más insistentes dirían que se trata de «una acumulación o una serie de coincidencias».

Discrepo.

La coincidencia no puede ser el sostén y la explicación de las cosas. Creo injusto y exagerado poner sobre sus hombros la responsabilidad de llevar una explicación y una causa de todo lo que nos ha pasado. Es como poner en un recién nacido la responsabilidad de sostener financieramente a sus padres. No puede ser la coincidencia, ni sus primos: el azar, la suerte y la casualidad.

Darle a la coincidencia el crédito por todo lo que un ser humano ha vivido es un premio demasiado grande. Es como atribuir a una hoja seca que cae de un árbol el mérito de haber dado sombra a toda una casa. Los años, las cosas, los eventos, los encuentros con personas y las decisiones tomadas, son todas un peso muy grande como para ponerlos sobre la pobre y frágil coincidencia.

Los escritores de la Biblia, inspirados por Dios, entendían y atribuían todo lo que nos pasa a la voluntad, el ejercicio y la acción divina. Tal como afirmó el profeta Isaías:

Acuérdense de las cosas anteriores ya pasadas,
Porque Yo soy Dios, y no hay otro;
Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo,
Que declaro el fin desde el principio,
Y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho.
Yo digo: «Mi propósito será establecido,
Y todo lo que quiero realizaré».
Yo llamo del oriente un ave de rapiña,
Y de tierra lejana al hombre de Mi propósito.
En verdad he hablado, y ciertamente haré que suceda;
Lo he planeado, así lo haré (Isaías 46:9-11).

Los antiguos la llamaban la providencia de Dios, que es sabia, buena y eficaz.

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