La fe es mucho más que creer para recibir un milagro

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La fe bíblica es una realidad diversa, dinámica, multiforme, constante y hasta compleja.

La fe ciertamente es creer, pero no es solo eso. También es confiar, descansar, esperar, reposar, depender y apoyarse en algo o alguien. La fe salvífica, o saving faith como dicen en inglés, tiene características particulares que los creyentes debemos tener en cuenta.

Es cierto que lo que nos provee Hebreos 11:1 es una preciosa descripción de la fe. Ella es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve, decía el autor. Es decir, la fe espera con seguridad y confía aunque los ojos no puedan ver. Pero no debemos limitar nuestra concepción de la fe solo a Hebreos 11, pues la Biblia misma nos presenta otras formas de entenderla. En otras palabras, este pasaje no debería ser tomado como la única o como una exhaustiva definición de lo que es la fe.

No es una novedad que hoy en día muchos ven la fe solo como la certeza para recibir cosas. La fe, para una gran parte de la iglesia, es únicamente aquella seguridad para obtener o recibir algo. Ahora bien, en un sentido esto es cierto. Cuando oramos con fe, Dios puede darnos lo que pedimos (Mt. 7:7-8; Jn. 14:13-14). Pero si nuestro entendimiento de la fe tiene que ver solo con oraciones respondidas, nos quedamos cortos.

La fe es mucho más que creer para recibir un milagro. Si limitamos nuestra concepción de la fe a la seguridad para obtener lo que deseamos o necesitamos, nos estamos perdiendo de su rica y variada realidad. Es mejor tomar en cuenta las muchas maneras y analogías que la Biblia usa para hablar de la fe y así ser edificados. De lo contrario, tarde o temprano la desilusión llegará.

Una mirada a los ocho primeros capítulos del evangelio de Juan nos ayudará a tener una comprensión más integral de la fe. En estos pasajes encontraremos cómo ella es descrita con algunas acciones de la vida diaria, y esto con el propósito de tener una mejor perspectiva de su naturaleza.

La fe es como un recibir a alguien

El apóstol Juan dijo: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”(Juan 1:12). En este pasaje, la fe es descrita como la acción de recibir, en este caso a Jesús.

Recibir es tomar algo que se nos entrega. Esto implica que Cristo nos es dado a los creyentes por Dios mismo. Cristo es el regalo que Dios hace a los hombres y al creer en Él, lo que hacemos es recibirlo como quien recibe algo. La fe es tomar al Salvador como la más completa provisión que Dios ha hecho para nuestras más profundas necesidades. La fe es abrazar y recibir a Cristo como el mayor bien que Dios ha dado a la humanidad. Esto implica que la confianza en Él es una disposición permanente de abrazarlo y recibirlo tal como se nos ha presentado en las Escrituras.

La fe es como una mirada

Jesús dijo: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14-15). En esta oportunidad, nuestro Señor tomó la historia de la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto para que viviera todo aquel que la mirara (Nm. 21:4-9).

Lo que Jesús hace es usar la acción de mirar como un sinónimo de fe. Confiar es como mirar. Somos salvos cuando ponemos los ojos de nuestro corazón en el Salvador. A. W. Tozer decía: “Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada al ‘He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ y nunca dejar de mirar por el resto de nuestra vida”.[1]

La fe es como beber agua

Nuestro Señor dijo: “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás….”(Juan 4:14). Aunque el énfasis de este pasaje tiene que ver con el efecto que produce esa agua, también es clara la analogía que se hace de la fe con el acto de beberla. Una actividad diaria, sencilla, y necesaria. La sed es una de las necesidades más básicas como humanos, que ilustra una necesidad mayor, la espiritual. Por eso Jesús iguala el creer en Él como el acto de beber agua para saciar esa sed. La fe en Cristo es comparada como beber una clase de agua que saciará de una manera permanente esa sed. Beber de Cristo, de su vida, de su gracia y salvación, es lo que produce satisfacción al alma.

La fe es como venir a alguien

Jesús criticó a los fariseos por su resistencia a venir hacia Él diciendo: “y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). No confiar en Jesús es como no querer venir hacia Él. Por el contrario, creer es ilustrado como el acto de venir y aproximarse al Señor.

La incredulidad es distanciarse de Jesús, pero la fe es acercarse a él. Esto nos anima a venir constantemente ante el Señor. La fe es el movimiento de nuestro corazón para acercarnos a Él con nuestros pensamientos, sentimientos, y nuestra voluntad. Confiar en Cristo es venir a Él, en meditación, arrepentimiento, alabanza, gratitud, adoración, y obediencia (cp. Jn. 6:35).

La fe es como comer pan

En la Biblia Jesús es presentado como el verdadero pan que descendió del cielo y creer en Él es comparado con comer de ese pan: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre” (Jn. 6:51). Confiar, descansar en él, reposar, y depender de Él es ilustrado como la acción de ingerir pan. Así como el beber, esta es una actividad diaria, sencilla, y necesaria.

Cristo no solo fue pan el día que comimos la primera vez. Él sigue siendo pan para nosotros los creyentes. Pan que mitiga nuestra hambre, pan que nos nutre, nos alimenta, y satisface. Nuestra confianza en Él es un constante alimentarse de Él, nutrirse de su persona, de su obra, de su vida, y un permanente saciarse de su gracia, de su abundancia, y suficiencia.

La fe es como seguir a alguien

La salvación es un traslado de las tinieblas a la luz. De un mundo oscurecido por el pecado y la maldad, hacia un reino de luz y claridad. Jesús es esa luz que nos permite ver para acercarnos a Dios y así no tropezar.

Por eso Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12). En este pasaje, la fe es simbolizada con el acto de seguir a Jesús. Al fin y al cabo, “sígueme” era la forma más común de Jesús llamar a sus discípulos. (Lc. 9:59; Mt 4:19, 9:9, 16:24). Seguirlo es nuestro camino. Seguirlo como un acto de imitación, como un acto de obediencia, y como un acto de tomar en serio sus palabras, afirmaciones, mandatos, advertencias, y promesas.

Conclusión

Para resumir, en estos pasajes la fe ha sido descrita como recibir, como mirar, como beber agua, como venir, como comer pan, y como seguir a Jesús. Cada una de estas metáforas nos ayudan a tener un mejor y más completo entendimiento de la fe en Cristo.

La fe es una realidad activa y pasiva a la vez. Activa porque se mueve, y pasiva porque espera y recibe. Es un movimiento constante del corazón. Es una postura del alma que lo anhela y lo procura como el pan y el agua. La fe es una disposición de contemplarlo y admirarlo. La fe es una realidad dinámica, pues ella nos impulsa a seguirlo y a venir constantemente a Él.

La fe es la gloriosa certeza de que ya hemos recibido algo: Jesucristo. Es reposar, apoyarse y depender de Él para nuestra salvación. La fe es la confianza en la persona de Cristo. Es un descanso en quién es Él y en que su obra en la cruz fue suficiente para redimirnos, darnos vida, perdonarnos y tener comunión eterna con el Padre.

La fe es recibirlo como el mayor tesoro, y descansar que nuestras vidas están en sus manos. Es confiar que las pruebas y aflicciones no afectan quienes somos ni lo que hemos recibido. Es la certeza de que incluso cuando no responda nuestras oraciones, su buena voluntad se está llevando a cabo. Es descansar en que Él usa cada circunstancia para nuestro bien y para su gloria. La fe mira, contempla, descansa, avanza, se alimenta, se nutre, y se satisfice de la persona del Salvador.

Un día lo miramos, lo recibimos, lo seguimos, comimos, bebimos, nos alimentamos, nos saciamos, y vinimos a él. No dejemos de hacerlo.


1. A. W. Tozer, La búsqueda de Dios, p. 90.

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