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Los sufrimientos y los retos de la vida son pesados. Aunque muchas de las pruebas que experimentamos se deben a circunstancias fuera de nuestro control, algunas de las cargas pesadas que llevamos son consecuencia de nuestro propio pecado. En reconocimiento de esta realidad, David confiesa: «Mis maldades me abruman, / son una carga demasiado pesada para mí» (Sal. 38:4 NVI).

A pesar de que no hay condenación para quienes están en Cristo (Ro 8:1), nuestro pecado remanente es una carga pesada, y nuestra lucha constante contra el pecado puede perturbar nuestra comunión con Dios, causar dolor a los demás y agotar nuestra vida espiritual.

Si somos honestos, podemos admitir que luchamos contra el orgullo, que sentimos envidia de los demás, que a menudo estallamos con ira demasiado rápido, que podemos menospreciar a los demás de forma abierta o sutil mientras nos enaltecemos a nosotros mismos, y que podemos desear el reconocimiento de los demás en lugar de hacer todas las cosas para la gloria de Dios. En una alusión a «La balada del viejo marinero», nuestro pecado es como un albatros alrededor de nuestro cuello, que siempre nos hace sentir el peso.

El apóstol Pablo lucha con el peso del pecado: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» (Ro 7:24). La respuesta se encuentra en el versículo siguiente, donde Pablo exclama: «Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (v. 25).

Un aspecto crucial adicional de la glorificación es que Dios también nos liberará de la presencia del pecado

Cuando pensamos en esta maravillosa salvación, lo que a menudo nos viene a la mente son las promesas del evangelio de la vida eterna, el perdón de los pecados, la justificación y la morada en la presencia de Dios. Estas son esenciales para nuestra herencia futura, pero exploremos un aspecto de la salvación que a menudo se pasa por alto o, al menos, se subestima: un día, seremos libres de la presencia del pecado.

La nueva vida profetizada

El plan de Dios para traer nueva vida a Su pueblo comienza en el antiguo pacto. En Deuteronomio 6:4-6, el Señor llama a Su pueblo a relacionarse con Él con amor y devoción de todo corazón. En cuanto a Su ley, el Señor proclama: «Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón» (v. 6). Pero, a causa del pecado y la dureza de corazón, este cumplimiento queda desplazado a un futuro lejano.

El Señor, a través del profeta Ezequiel, anuncia un tiempo en el que este ideal se hará realidad: «Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que anden en Mis estatutos, guarden Mis ordenanzas y los cumplan» (Ez 11:19-20).

Más adelante, dice:

Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes Mi espíritu y haré que anden en Mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente Mis ordenanzas (36:26-27).

En la misma línea, el profeta Jeremías describe esta realidad del nuevo pacto como el acto de Dios de poner Su ley en Su pueblo y escribirla en sus corazones (Jr 31:33).

La nueva vida inaugurada

Las promesas del antiguo pacto encuentran su cumplimiento inicial en el nuevo pacto. Aunque el Nuevo Testamento está repleto de pasajes que describen la nueva vida de los creyentes en Cristo, el que ilustra más plenamente esta realidad escatológica es Romanos 6:1-23. Pablo destaca dos realidades de la salvación: los creyentes están muertos al pecado y vivos en Cristo (vv. 1-14), y ya no son esclavos del pecado, sino esclavos de la justicia (vv. 15-23).

Aunque no se menciona explícitamente el papel del Espíritu, el contexto general aclara que estas realidades dependen del poder del Espíritu en la vida del creyente (ver 7:4-6; 8:1-27).

En 6:1-14, Pablo enfatiza que nuestra unión con Cristo significa que hemos muerto al pecado y se nos ha dado una nueva vida en Cristo (vv. 2-4). Esta nueva vida implica que tenemos un nuevo Señor y una nueva orientación. Aunque antes éramos esclavos del pecado (v. 17), ahora somos siervos de la justicia (v. 18).

Si bien el enfoque de Pablo en el capítulo 6 es la obra de la santificación, la obra de Dios culmina en la glorificación. La doctrina de la glorificación enseña que, en la segunda venida de Cristo, Dios nos elevará a una existencia glorificada para reinar con Cristo para siempre en la nueva creación. Pero un aspecto crucial adicional de la glorificación es que Dios también nos liberará de la presencia del pecado.

Los propósitos redentores de Dios no se limitan a perdonar, sino que también consisten en hacernos nuevos, santos y justos

En el futuro, Dios grabará plenamente Su ley en nuestros corazones y mentes (Jr 31:33) y nos impulsará profundamente a seguir Sus decretos y guardar Sus leyes (Ez 11:20; 36:27). Entonces estaremos completamente muertos al pecado, vivos para Dios y seremos siervos de la justicia (Ro 6:1-23). El apóstol Juan también destaca esta misma esperanza cuando escribe que «cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es» (1 Jn 3:2).

La nueva vida experimentada

A la luz del plan de redención de Dios, debemos tener en cuenta que el perdón de los pecados no es suficiente. La buena noticia es que los propósitos redentores de Dios no se limitan a perdonar, sino que también consisten en hacernos nuevos, santos y justos.

En 2 Pedro 2:19, el apóstol escribe que una persona es esclava de aquello que la domina. Bob Dylan canta: «Tendrás que servir a alguien». Y Jesús enseña que «nadie puede servir a dos señores» (Mt 6:24). En contraste con la opinión popular, la verdadera libertad no es la libertad de cualquier restricción: Pedro, Bob Dylan y Jesús nos han dicho que eso es imposible. La verdadera libertad, pues, es ser siervos de la justicia.

En el himno «There Is a Fountain Filled with Blood» (Hay una fuente llena de sangre), William Cowper celebra: «Querido Cordero en agonía, Tu preciosa sangre / Nunca perderá su poder, / Hasta que toda la iglesia redimida de Dios / Sea salva, para no pecar más». Salva para no pecar más. No más palabras ni acciones pecaminosas que nos hagan daño a nosotros mismos o a los demás. No más orgullo pecaminoso. No más arrebatos de ira. No más comentarios sarcásticos e insultantes. Se nos quitarán los grilletes pecaminosos que nos agobiaban.

¡Qué gloriosa vida eterna experimentaremos cuando ya no nos agobie el pecado! Solo entonces experimentaremos «la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Ro 8:21).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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