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Este es la segunda parte de una serie a partir de la selección de Trevin Wax de los Los cinco teólogos más importantes del cristianismo. Exploraremos cada uno de ellos para mostrar por qué Trevin y otros encuentran a estos personajes tan influyentes. La primera parte fue sobre Atanasio.


Agustín es, casi universalmente, amado por los cristianos. De hecho, aquellos que encuentran motivos para rechazar a Agustín, a menudo lo hacen en base a algún tema en particular que encuentran problemático en sus enseñanzas. En raras ocasiones alguien se define enteramente como un “antiagustiniano”. Ciertamente, para todos los cristianos occidentales, Agustín es una figura sin igual en la historia de la reflexión cristiana. De hecho, es difícil encontrar al menos un tema que no haya sido moldeado por sus escritos y por su ministerio.

La vida de Agustín

La Conversión de AgustínEn realidad sabemos mucho acerca de la vida de Agustín, de su mundo, y su colección de escritos. Esto se debe, en gran parte, al hecho de que Agustín nos dio mapas de su vida: primeramente, en su autobiografía espiritual (Confesiones) y luego, más tarde en su vida, dejó una lista de sus escritos teológicos. Cuando se le compara con otros de su época, parece que sabemos acerca de cada giro de su viaje.

Agustín nació en la ciudad de Tagaste en el norte de África. A su nacimiento, la marea había cambiado al mundo romano después de la conversión de Constantino, de modo que en ese momento cesaron las largas persecuciones de cristianos y ya existían bastiones inexpugnables de ortodoxia teológica feroz en varias partes del imperio. El norte de África fue uno de estos bastiones. De hecho, el norte de África se asemejaría al moderno Cinturón Bíblico: una iglesia regional que se enorgullece de su resistencia a la influencia, tanto de otras cosmovisiones como de cristianos tibios. Estos no eran cristianos con los que se podía jugar.

La madre de Agustín se ajusta a esta definición con exactitud. Si alguna vez hubo una mamá tipo helicóptero, persiguiendo a su hijo por la causa de Jesús, esa era Mónica. Durante la vida de placer y éxito de Agustín, su madre tendría un rol sobresaliente.

Agustín era un estudiante prodigioso en el arte de la retórica, un tema cuyo poder e importancia para el mundo romano es casi imposible de transmitir a las mentes modernas. La retórica podía hipnotizar a una multitud, puesto que el orador se basaba no sólo en la sabiduría y la belleza en su discurso, sino también en una variedad de ritmos sincopados. (Algunos han trazado paralelos con la música hip hop por esta razón). Así que ser experto en retórica era una habilidad poco común, que requería el dominio de muchos discípulos, y que, una vez logrado esto, se convertía en el camino hacia una carrera lucrativa y prestigiosa.

En su vida temprana, Agustín buscó hacerse una carrera en la retórica. Él era bastante bueno, y esto lo llevó primero a Roma y luego a Milán, pues esta última era la sede imperial de la Roma occidental y centro de reunión para los retóricos. Sin embargo allí, en Milán, Agustín se vio enfrentado no solo con los retóricos paganos, sino también con el obispo local, Ambrosio, quien podía enfrentarse a cualquiera con sus artes retóricas. La relación entre ellos floreció, y finalmente, la predicación de Ambrosio logró que Agustín se convirtiese a la fe. Mónica había orado durante años por la conversión de Agustín, y vivió lo suficiente para ver a su hijo bautizado.

Agustín regresó a su África natal, en un intento de vivir una vida de oración y reflexión. Sin embargo, la iglesia tenía otras ideas para su vida y rápidamente puso a Agustín al servicio, como obispo de Hipona. Como obispo, Agustín escribiría casi la totalidad de sus obras en teología, cultura, Biblia, y casi cualquier tema importante en la vida cristiana.

Agustín y sus oponentes

Los escritos de Agustín son muy conocidos por sus heroicos ataques hacia la teología débil. Él puso el hacha contra la raíz del Maniqueísmo, que era un sincretismo popular en sus días: una mezcla de ideas cristianas, paganas, y místicas. Puesto que él mismo abrazó estos puntos de vista siendo un hombre joven, Agustín se aseguró de cerrar para siempre a sus lectores la puerta que conducía hacia estas enseñanzas.

Sin embargo, dos de los temas más importantes de los escritos de Agustín, al menos en términos de su impacto en la historia sucesiva, fueron acerca de la naturaleza de la iglesia y sobre la gracia.

Sus reflexiones sobre la naturaleza de la iglesia se establecieron en gran medida contra los Donatistas, un grupo de puristas dispuestos a romper la comunión en lugar de permitir que un sacerdote arrepentido fuera aceptado de nuevo en el liderazgo de la iglesia. Las enseñanzas de Agustín reconocen el problema de los pastores que pecan, sin embargo, lanza una advertencia severa contra los que creen que la iglesia puede ser purificada en esta vida. La iglesia y sus pastores son pecadores imperfectos, por lo que es imposible separar el trigo de la cizaña antes del regreso de Cristo. Él sostiene que intentar hacer esta separación aquí y ahora es promover la construcción de una iglesia cismática basada en la falsa noción de pureza. Ese celo por la pureza conduce, en última instancia, a la soberbia.

Otra sección importante de los escritos de Agustín se centró en la naturaleza de la gracia, el libre albedrío, y el evangelio. En este tema, Agustín es un autor que merece ser leído y apreciado. Agustín enfoca sus energías hacia el movimiento Pelagiano de su época, y su estimación de que la vida cristiana se basa en la obediencia a la ley.

Agustín se erige en la altura de las palabras de Pablo, de que la ley y nuestra voluntad no son capaces de llevarnos a un arrepentimiento completo, separados de la obra del Espíritu. Agustín argumenta que tenemos libre albedrío en un sentido, así como una balanza rota y mal calibrada puede todavía pesar fruta en el mercado. Lo que no podemos hacer, sin embargo, es sopesar las cosas de Dios correctamente si antes Dios no ha corregido y restaurado nuestros ojos para ver, y nuestros oídos para oír. Por lo tanto, la gracia de la santificación es también un regalo, y no la obra de nuestras manos. El Pelagianismo, si acaso fuese verdad, implica el rechazo del evangelio.

Agustín y su rebaño

Pero también conocemos, hoy en día, que Agustín no era solamente la suma de sus escritos contra la mala teología. Fue pastor, en tiempos en que los obispos eran conocidos tanto por su predicación como por su autoridad, y Agustín pasaba gran cantidad de tiempo en el púlpito.

Hoy en día, nos encontramos en una posición mucho mejor para poder apreciar la vida de Agustín como pastor, debido en gran parte al hecho de que los investigadores están dedicando su atención a sus sermones, y no sólo sus obras polémicas. La imagen que tenemos de Agustín desde el púlpito es la de un predicador cuidadoso y sensible, siempre capaz de “traducir” la rica teología en su mente al lenguaje de las masas. Él atesora la meta de la vida cristiana, no como una serie de disputas filosóficas, sino como un corazón cautivo al amor a Dios en todas las cosas.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Juan Manuel López Palacios.
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