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A pesar de los años de preparación, casi la mitad de los misioneros abandonan su labor antes de cumplir cinco años en el campo. Algunos regresan a su país de origen al concluir su período designado, pero en muchos casos el regreso es prematuro. Aunque las circunstancias varían, los datos muestran un denominador común que prevalece en la mayoría de los casos: el conflicto interpersonal entre misioneros. De hecho, entre el 60 y el 70 % de los repatriados señalan el conflicto con sus compañeros como una causa determinante para dejar su labor en el campo misionero.

Por tanto, cualquier misionero que aspire a prolongar su tiempo en el campo debe prepararse para navegar y resolver los conflictos en el campo misionero. Tomando esto en cuenta, consideremos tres de los asuntos más comunes que causan conflictos interpersonales entre misioneros y cómo abordarlos.

1. La falta de comunicación y los malentendidos

Son pocos los factores que generan tantos desacuerdos como la falta de comunicación y los malentendidos. También son pocas las tácticas que contribuyen más a la resolución de conflictos que la comunicación clara y empática. Sin embargo, la comunicación es un proceso complejo. No se limita solo a las palabras; abarca gestos, tonos de voz e incluso silencios. Además, en la era digital, la comunicación a menudo se lleva a cabo a través de mensajería y correo electrónico, lo que dificulta la interpretación del tono y las intenciones.

Los diferentes estilos de comunicación van desde la comunicación explícita, hasta la comunicación ambigua que necesita de pistas contextuales para su comprensión, pues está plagada de suposiciones culturales. Por lo tanto, una buena comunicación debe buscar claridad y entendimiento mutuo.

Somos responsables de comunicarnos de manera que nuestra intención sea entendida. Pero debido a que los equipos de misioneros a menudo consisten en miembros de diversas culturas, pueden surgir malentendidos debido a diferencias en estilos de comunicación, valores y creencias. Lo que resulta ofensivo en una cultura puede no serlo en otra y lo que causa vergüenza en una sociedad puede ser motivo de honor en otra.

Dios equipa a cada misionero con habilidades y perspectivas para que se complementen entre sí, como una manera de fortalecer los esfuerzos colectivos

Con esta premisa en mente, es fundamental familiarizarse con las diversas culturas y mostrar respeto hacia sus diferencias, para evitar y resolver conflictos derivados de los malentendidos culturales.

2. Las opiniones opuestas

Los misioneros, al igual que todas las personas, tienen sus propias perspectivas y opiniones. Esta diversidad de pensamiento a menudo da lugar a conflictos, aunque rara vez se trata de diferencias teológicas. Más bien, los conflictos frecuentemente surgen por opiniones diferentes sobre temas secundarios, como la filosofía misionera o los detalles estratégicos.

Esto me recuerda el desacuerdo agudo entre Pablo y Bernabé (Hch 15:36-41). ¿Quién tenía razón en este histórico conflicto misionero? Tengo mi opinión al respecto, pero prefiero que cada uno llegue a sus propias conclusiones. El punto es que las opiniones diferentes y los desacuerdos son inevitables en toda relación interpersonal, pero no podemos permitir que temas no esenciales obstaculicen nuestra obediencia a la gran comisión, ni que seamos obstáculos para la obediencia de los demás.

Necesitamos enfatizar los elementos esenciales del evangelio que nos une, buscar tener una misma mente (Fil 2:2) y aceptar que Dios equipa a cada misionero con diversas habilidades y perspectivas para que se complementen entre sí, como una manera de fortalecer los esfuerzos colectivos.

3. El pecado

El pecado divide, mientras que el evangelio une. El pecado genera conflictos, mientras que el evangelio promueve la reconciliación. El pecado magnifica las ofensas, pero el evangelio magnifica el perdón de Dios. Entonces, cuando hay pecado entre los misioneros, el evangelio demanda que lo confrontemos. Así como Dios confrontó nuestro pecado en la cruz para traer reconciliación entre Él y nosotros, confrontamos el pecado en búsqueda de reconciliación entre nosotros y nuestros compañeros misioneros. Independientemente de cuál sea el pecado, la confrontación y el perdón son necesarios.

Si tu pecado ha contribuido al conflicto, es momento de detenerte y reflexionar. ¿Hablaste mal de otro misionero? ¿Manejaste mal los fondos? ¿O fue un pecado más serio que quizás te descalifica para el ministerio? ¿Cómo afectó tu pecado a los demás? Luego, vuelve al evangelio. Confiesa y arrepiéntete (Stg 5:16). Reconoce tu pecado ante el Señor y luego ante aquellos a quienes ofendiste. Recuerda, este no es un momento para justificar tus acciones, sino para asumir responsabilidades. Busca el perdón, no la justificación.

Además, prepárate para aceptar que el pecado tiene consecuencias que pueden retrasar la restauración de una relación. El recuerdo de la ofensa puede permanecer después del perdón. Pero ten esperanza, porque Jesús nos libera del poder del pecado que nos roba la alegría y que divide nuestro compromiso por la gloria de Dios entre todas las naciones.

Si fue tu compañero misionero quien pecó contra ti, toma la iniciativa de confrontarlo. Entiendo que es probable que no quieras confrontarlo ni perdonarlo, pero debemos hacerlo como fuimos perdonados en Cristo (Col 3:13). Resiste el impulso de condenar y, en cambio, busca ser comprensivo. A veces, nuestro deseo de confrontar la ofensa de nuestro hermano proviene del orgullo, no de la humildad. Nuestro orgullo quiere devolver mal por mal. ¡No lo permitas! En cambio, sé caritativo.

Extiende el beneficio de la duda a la otra persona y supón que sus intenciones fueron buenas. A menudo, asumimos erróneamente los motivos de los demás. Un corazón pecaminoso sospecha de todo, mientras que un corazón redimido es misericordioso y lento para enojarse (Lc 6:36; Pr 15:18). Esto implica que, si otro misionero te ha ofendido, considera pasar por alto la ofensa. Pregúntate: ¿es la ofensa lo suficientemente insignificante como para no dañar la relación? Si es así, pásala por alto y sigue adelante (Pr 19:11; 1 P 4:8).

El perdón cristiano exalta la santidad y la justicia de Dios a través de la aplicación de gracia y misericordia en medio de la injusticia

Por el contrario, si consideras que es una ofensa que se debe tratar, actúa con justicia y compasión para resolver el problema tan rápido como puedas. Cuando sea apropiado, confronta a tu ofensor de manera personal y con el único objetivo de perdonar. Sin embargo, ten en cuenta que algunas circunstancias, como el abuso, pueden requerir la participación inmediata de autoridades de liderazgo.

En la mayoría de los casos de conflictos interpersonales, deberás reunirte con tu antagonista. Habla con la verdad, pero permítele que también pueda explicar su perspectiva y escucha sus palabras sin juzgar apresuradamente. Es esencial que escuchemos y practiquemos la empatía para comprender la perspectiva de otros. A veces, ellos desconocen el daño que nos causaron y quizás descubras que el conflicto es un malentendido. O quizás descubras que su pecado fue intencional. De cualquier manera, tu perdón exalta la santidad y la justicia de Dios a través de la aplicación de gracia y misericordia en medio de la injusticia.

Si tus intentos iniciales para resolver el conflicto no tienen éxito, Jesús ordena involucrar a una tercera parte neutral (Mt 18:16). Esta perspectiva externa puede ofrecer ideas valiosas y facilitar conversaciones productivas entre tú y tu compañero misionero. La participación de una persona neutral asegura que abordemos los conflictos de manera justa e imparcial.

Si este paso también falla en resolver el conflicto, Jesús nos instruye a llevar el asunto a la iglesia (Mt 18:17). Este puede ser un proceso complejo cuando los misioneros en conflicto asisten a iglesias locales diferentes. En tales casos, recomiendo que busques orientación de tus ancianos y del liderazgo de tu agencia misionera para discutir cuáles serían los mejores pasos a seguir.

En paz con todos

Al final, la presencia del conflicto en la deserción misionera no debería sorprendernos. Después de todo, los misioneros somos humanos. A pesar de nuestros esfuerzos más diligentes, la falta de comunicación y los malentendidos, las opiniones opuestas y el pecado seguirán siendo una realidad.

Entonces, trata de resolver el conflicto de manera piadosa, evalúa con sabiduría y humildad los detalles de la discordia o la ofensa (Gá 6:1). Toma cautivo cada pensamiento, mantén la objetividad y esfuérzate por identificar claramente el punto de desacuerdo (2 Co 10:5). En ocasiones, tú podrías ser el ofensor responsable del conflicto y, en otros casos, podrías ser la persona agraviada. De todos modos, «si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (Ro 12:18).

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