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Años atrás se hablaba de los medios masivos de comunicación. El término hacía referencia a las grandes plataformas que llegaban a amplias audiencias con un mismo mensaje. Podríamos decir que la televisión o la radio todavía cumplen esa función generadora de contenido que es compartido por muchos. Sin embargo, aunque el poder de los medios masivos tradicionales de comunicación es innegable, hoy vivimos bajo una nueva realidad informativa: mi propio universo mediático. 

Las redes sociales son el nuevo canal movilizador de información masiva, pero con una característica particular que la diferencia de los antiguos medios masivos: ahora cada individuo tiene la capacidad de escoger de forma permanente y constante aquello que desea oír, ver y pensar y también de desechar todo contenido que le desagrade o considere sin importancia. 

Hemos sido creados para vivir en comunidad, y no solo con los que piensan, sienten, y gustan de las mismas cosas que nosotros

Hoy, por ejemplo, todos podemos tener una cuenta de Twitter, Instagram, Spotify o Netflix, pero lo novedoso es que —de acuerdo a nuestras selecciones individuales— el contenido de nuestras cuentas serán completamente distintas a las de cualquier otra persona. Los canales informativos, las personas que seguimos, la música que escuchamos y las series que devoran nuestra atención solo responderán a nuestros gustos. Nadie nos molestará con algo distinto y parecerá que nuestro universo particular es perfecto porque responde solo a nuestros intereses. ¡Esto es peligroso!

Los peligros del aislamiento

Los universos particulares no existen. Hemos sido creados para vivir en comunidad, y no solo con los que piensan, sienten y gustan de las mismas cosas que nosotros. El poder convivir, aprender de los demás, tolerar a los que piensan y viven distinto, colaborar con nuestras habilidades y ser receptor de las habilidades de otros es muy importante para poder desarrollarnos de forma integral como personas. Vivir aislados y solo recibiendo lo que nos gusta o conviene tarde o temprano nos debilitará, porque necesitamos de todos los demás más de lo que imaginamos.

Además, es muy probable que nuestro universo particular esté dando demasiado lugar a nuestro propio egoísmo y pecado. El apóstol Pablo ya daba a notar esta tendencia humana cuando le decía a Timoteo que, “vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros y apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a los mitos” (1 Ti 4:3-4). ¿No te parece bastante familiar? 

Hoy también usamos las redes para bloquear aquello que, aun siendo bueno, no “soportamos”; nos dejamos guiar por aquello que nos “pica en los oídos” (lo que queremos oír), seguimos solo nuestros propios gustos y deseos, y acumulamos “maestros” siguiendo a tal y a cual para que nos digan exactamente lo que nos gusta. El problema es que eso no nos enriquece, sino que nos aparta de la verdad.

Si nuestro Señor decidió no permanecer en los lugares celestiales para habitar entre nosotros, cuánto más nosotros debemos salir de nuestros universos particulares para ser sal y luz

Muchos de los conflictos y las grandes divisiones que estamos enfrentando en la actualidad son el resultado de que hemos llegado a creer que solo nuestro universo particular existe y es válido, que los otros universos están por lo menos equivocados o que, de hecho, no deberían existir. Hemos perdido la capacidad de interactuar unos con otros porque hace mucho tiempo que ya no nos oímos, ni nos vemos y pareciera que nos sorprendemos cuando nos enteramos de que los demás no son idénticos a nosotros.

Todo lo anterior me hace recordar la película Wall-E, en donde los humanos, después de haber acabado con el planeta, ahora viven ensimismados sin poder moverse, solo obteniendo a través de una pantalla personal la satisfacción de todos sus gustos, sin considerar para nada al prójimo. No estamos muy lejos de esa realidad.

No te encierres

Como cristianos debemos proponernos no dejar de mirar el mundo que nos rodea y, de forma particular, a nuestro prójimo cercano y lejano. Del Señor aprendemos que estuvo dispuesto a ver y escuchar el clamor de su pueblo en Egipto, siendo “consciente de sus sufrimientos” (Éx 4:7). No podemos percibir el dolor humano desde nuestro universo particular. 

Debemos recordar que la fe cristiana tiene como base la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, quien “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1:14) y “no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Fil 2:6-7).

Es evidente que si nuestro Señor decidió no permanecer en los lugares celestiales para venir y habitar entre nosotros —a pesar de que no lo recibimos ni tratamos con agrado—, cuánto más nosotros debemos salir de nuestros universos particulares para asumir la responsabilidad de ser sal y luz, para que “así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt 5:16).

Quizá tememos dejar ese universo particular en el que nos sentimos tan a gusto. Estamos tan familiarizados con los amigos, música, series y noticias que nos costará abrir nuestro universo a otros. Sin embargo, es importante que podamos oír otras voces y reconocer otros sonidos, no para que seamos cautivados por ellos o nos dejemos seducir por otras corrientes de pensamiento, sino para que podamos observarlos a la luz del evangelio y, como lo recomendaba el apóstol Pablo, examinemos todo con cuidado y retengamos lo bueno (1 Ts 5:21).

Yo he tomado la decisión de poder abrir mis redes a otras voces porque necesito oír sus argumentos para poder confrontarlos con la Palabra de Dios. Necesito escuchar a los Nicodemo de nuestro tiempo; necesito sacar los ojos de mi universo particular para poder ver al hombre que fue despojado de todo y herido en el camino de Jerusalén a Jericó, para poder ayudarlo. Necesito caminar por la vida sin tener los ojos en mi celular para poder ver a Zaqueo encaramado en el árbol y decirle que quiero comer en su casa.

Un universo cerrado y particular, por más agradable que sea, no me permitirá cumplir con la hermosa misión que el Señor me ha encomendado.

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