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No te resignes al ministerio juvenil. Abrázalo.

«¿Qué planes tienes después del ministerio juvenil?».

«¿Cuánto tiempo piensas servir en este puesto?».

«¿Crees que te seguirá gustando dentro de diez años?».

Me han hecho estas preguntas muchas veces durante el último año, desde que empecé mi primer cargo pastoral a tiempo completo al frente del ministerio juvenil.

Estas preguntas son inofensivas, pero a veces me molestan. ¿Por qué la gente ve el ministerio juvenil como una nota al pie en la trayectoria ministerial de un pastor? ¿Es menos glorioso que otros ministerios? ¿Es el cargo de pastor de jóvenes un papel insignificante?

Los datos indican que se ve así. El tiempo medio de permanencia de un pastor de jóvenes es de unos dos años. Eso son solo 730 días. La permanencia media de los pastores principales en las congregaciones evangélicas es de seis años, el triple que la de un pastor de jóvenes.

¿A qué se debe tal discrepancia? Probablemente haya varias razones. Quizá los pastores de jóvenes estén mal remunerados, no estén preparados o sufran agotamiento porque se enfrentan a expectativas poco realistas. Quizá vean su trabajo como unos peldaños para ascender. Es difícil afirmarlo con certeza, pero los datos son preocupantes.

Las iglesias locales necesitan pastores de jóvenes comprometidos con proyectos que vayan más allá de los dos años. Necesitan líderes que tengan una visión de discipulado a largo plazo, que no se conformen simplemente con el ministerio juvenil, sino que lo acojan y se comprometan con él. ¿Por qué deberían los líderes del ministerio juvenil aspirar a la continuidad en sus funciones ministeriales? He aquí varias razones.

1. El discipulado toma tiempo

Desde el inicio de Su ministerio, Jesús llama a los jóvenes a ser testigos de Su obra, a escuchar Su enseñanza y a servir al reino de Dios. Al ver a Pedro y a Andrés en la orilla del mar de Galilea, Jesús los llama a ellos y a los demás discípulos para que lo sigan (Mt 4:19-21; 9:9; Jn 1:35-51; Hch 9:1-18). Pasa tres años con ellos y, a lo largo del camino, se van transformando lentamente.

Si queremos que los jóvenes salgan con profundidad teológica, debemos reconocer que una teología sólida no se consigue de la noche a la mañana

El discipulado toma tiempo. No es un esfuerzo único. Si estamos comprometidos con un crecimiento lento y formativo en la pastoral juvenil —el tipo de pastoral que invita a los discípulos a «[seguir nuestro] ejemplo, así como [nosotros seguimos] el ejemplo de Cristo» (1 Co 11:1, PDT)—, necesitamos formadores de discípulos que permanezcan junto a los jóvenes a lo largo de los años.

2. El conocimiento teológico toma tiempo

A lo largo de los evangelios, es evidente que a los discípulos les queda un largo camino por recorrer hasta alcanzar la madurez. Ya bien avanzado el ministerio de Jesús, Él les explica cuán necesario es que Él sufra en Jerusalén y muera (Mt 16:21). Sin embargo, Pedro se sorprende tanto ante esta afirmación que reprende a Jesús (vv. 22-28).

Pedro es inmaduro a nivel personal y está teológicamente equivocado. Sin embargo, no es más que un ejemplo de un discípulo que se ve desbordado por la situación; hay muchos más. Los discípulos no comprenden el propósito de los milagros de Jesús (Mr 6:52). Discuten sobre quién es el más grande (Lc 9:46). Dudan (Lc 24:37-38). Aunque caminan con Jesús, aún carecen de la profundidad teológica y la madurez que necesitan.

Si queremos que los jóvenes salgan del ministerio juvenil con profundidad teológica, debemos reconocer que una teología sólida no se consigue de la noche a la mañana; hay que cultivarla. Formar a los jóvenes en la doctrina requiere un compromiso constante y paciente para transmitir la verdad a través de una proclamación fiel y meticulosa, seguida del diálogo sobre la Palabra de Dios.

Por «meticulosa» me refiero a una exposición bien planificada. Conocer los conceptos erróneos y las presuposiciones teológicas de tus jóvenes con frecuencia toma años. A medida que los descubras, podrás adaptar tu enseñanza para corregir los errores y proveer un fundamento bíblico en su lugar.

En un mundo más confundido que nunca, los jóvenes no necesitan superficialidades ni maestros a corto plazo. En cambio, necesitan líderes atentos que les preparen cuidadosamente una sólida alimentación teológica.

3. El fruto toma tiempo

Jesús enseña que gran parte del ministerio es una inversión en el futuro. En Marcos 4, Jesús comparte una parábola del reino sobre una semilla que crece:

El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma; primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga. Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega (vv. 26-29).

El mensaje de Jesús en la parábola es claro: es Dios, y no el obrero, quien hace que crezca la cosecha. El hombre «no sabe» cómo crece la cosecha, pero crece. La cosecha brota de la tierra «por sí misma», sin ayuda del hombre.

Los ministerios juveniles necesitan líderes fervientes que estén comprometidos a largo plazo

Fíjate, sin embargo, en que el agricultor se queda cerca. Después de sembrar la semilla, no la abandona. Vigila cómo crece la cosecha hasta que está lista para la cosecha. Dios es quien hace crecer el ministerio. Él es la razón por la que Su reino florece. Somos llamados a quedarnos, a observar y a formar parte de lo que Dios está haciendo.

Si queremos tener ministerios juveniles fructíferos, caracterizados por jóvenes hambrientos de la Palabra de Dios, ricos en oración, deseosos por una comunidad profunda y fieles para compartir el evangelio con valentía, probablemente nos tomará años de fiel dependencia. Después de todo, el fruto espiritual no crece de la noche a la mañana. Así como la cosecha tarda en brotar y crecer, nos la perderemos si no nos quedamos.

Los ministerios juveniles necesitan líderes fervientes que estén comprometidos a largo plazo. Como pastor de jóvenes, esta es mi convicción. Estoy comprometido a ver cómo mis jóvenes se convierten en discípulos fieles que conocen y aman profundamente al Señor y dan fruto. Con este fin, no me resigno simplemente con el ministerio juvenil.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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