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Nota del editor: 

Este artículo fue adaptado de una porción del libro Atesorando a Cristo cuando tus manos están llenas (Poiema Publicaciones, 2018). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Hay algunos días en los que la hora de la siesta no llega lo suficientemente rápido, porque ya en la tarde es mamá la que está fuera de control. Recuerdo un día en que mis hijas mayores estaban pasando por un ciclo de lloriqueo constante, y me pregunté en voz alta: “¿Cuándo le toca a mamá quejarse?”. Una de las niñas se detuvo y me respondió: “Está bien, mami. Puedes tener un turno. Es lo justo”.

Aun aquellas madres que llevan tiempo sin hacer una rabieta pueden entender esa sensación de que ya no podemos más, sintiéndonos emocionalmente drenadas y exasperadas, sin saber cómo llegaremos al final del día. Para muchas de nosotras, la frustración proviene de las expectativas poco realistas que tenemos de nosotras mismas. En lugar del dulce alivio y la satisfacción que deberíamos sentir después de un largo día de trabajo arduo, nos lamentamos por los errores, las oportunidades perdidas y las debilidades. Bromeamos, diciendo: “No hay madres perfectas”, pero nos la pasamos intentando demostrar que podríamos ser la excepción.

Solo la luz resplandeciente del evangelio puede disipar la oscuridad de nuestras dudas e iluminar el pecado del que necesitamos arrepentirnos

Otras madres se sienten abrumadas por la logística de la vida misma. Yo experimenté esta frustración cuando nos mudamos al extranjero, que coincidió con una etapa difícil en mi segundo embarazo, al mismo tiempo que empeoraba la discapacidad física de mi esposo. La vida misma parecía imposible, y ni hablar de una vida rebosante de alegría. Fue durante ese tiempo que aprendí que esas frases cliché acerca de la vida con las que queremos animar a otros, son como los pañales baratos. Solo el evangelio puede hacer que tu fe persevere en medio de una crisis espiritual. Con demasiada frecuencia nos conformamos con lanzar esos clichés con tal de alumbrar la oscuridad de nuestras dudas. Pero su luz y consuelo se desvanecen enseguida.

Puede que los sentimientos más espantosos durante estas frustraciones provengan de un pensamiento oscuro en particular. Esos pensamientos oscuros son mentiras que somos tentadas a creer. Esta idea tiene que ver más con el karma que con la gracia: sospechamos que la manera en que transcurrió el día refleja qué tan complacido Dios está con nosotras.

¿Solo relájate y toma un descanso?

¿Cuál es nuestra esperanza cuando un diluvio de frustraciones domésticas amenaza con arrastrarnos hasta el mar del desaliento? ¿Deberíamos consolarnos pensando que simplemente se trata de una temporada que pronto pasará?

No pulimos nuestros trofeos de realización doméstica como si nos dieran confianza ante el trono de Dios. Cristo es nuestra confianza.

Tal vez esa madre frustrada eres tú, o tal vez seas la mamá que está tratando de alentar a otras amas de casa desesperadas. La vida cotidiana de las madres de otras partes del mundo es diferente, pero nuestra esperanza es la misma. Todas necesitamos experimentar la realidad concreta de una esperanza que nos sostiene en cada temporada y que nunca pasará. Las madres frustradas y las amas de casa desesperadas tienen un problema mucho más profundo que nuestra necesidad de un descanso de la rutina diaria, aunque el descanso físico sí es una necesidad diaria.

Negar que tenemos días difíciles solo funcionará hasta que llegue el próximo día difícil. Y limitarnos a relajarnos de vez en cuando no funciona a largo plazo.

Lo que todas necesitamos es que el Hijo nos rescate de nuestro pecado. Él fue separado del Padre cuando tomó nuestro pecado sobre Sí mismo para que por su gracia pudiéramos estar unidas a Dios por siempre. Lo que necesitamos es ver la luz de la gloria de Dios en el rostro de Cristo resplandeciendo en nuestro corazón (2 Co. 4:6).

Solo la luz resplandeciente del evangelio puede disipar la oscuridad de nuestras dudas e iluminar el pecado del que necesitamos arrepentirnos. Es a través de la luz del evangelio que vemos cómo la bondad de Dios nos lleva al arrepentimiento. Y, por su gracia, Dios hace que nuestras circunstancias frustrantes se sometan a Sus propósitos para nuestra vida. Dios usa estas situaciones para que crezcamos en semejanza a Cristo, para que nos hartemos de nuestro pecado, y para enseñarle a nuestro corazón a anhelar la gracia futura.

 Me encanta lo que dijo Ed Welch sobre la esperanza en la gracia futura de Dios: “Tu futuro incluye el maná. Vendrá. No tiene sentido idear escenarios futuros ahora porque Dios hará más de lo que esperas. Cuando entiendes el plan de Dios de darnos gracia futura, tienes acceso a lo que posiblemente sea el más potente bálsamo de Dios contra la preocupación y el miedo”.

Cristo es nuestra justicia. Por eso no nos atrevemos a depositar nuestra confianza en nuestro mejor día; ni deberíamos temblar por haber tenido un día horroroso

Cuando estamos sirviendo en nuestros hogares, necesitamos ver con los ojos de nuestro corazón que Cristo es la justicia de todo aquel que cree (Ro. 10:4). Eso significa que no tratamos de lavar o reparar los trapos de nuestra justicia propia como si nos justificaran ante Dios. Jesús es nuestra justicia. No pulimos nuestros trofeos de realización doméstica como si nos dieran confianza ante el trono de Dios. Cristo es nuestra confianza. Es como dice Jerry Bridges en su libro The Discipline of Grace [La disciplina de la gracia]: “Tus peores días nunca son tan malos como para que estés fuera del alcance de la gracia de Dios. Y tus mejores días nunca son tan buenos como para que no necesites la gracia de Dios”.

Cristo es nuestra justicia, y Él es el mismo ayer y hoy y por los siglos (Heb. 13:8). Por eso no nos atrevemos a depositar nuestra confianza en nuestro mejor día ni en dulces emociones; ni deberíamos temblar por haber tenido un día horroroso con la mayor indisposición.

Nos deleitamos en Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención (1Co 1:30). Y ese deleite en Jesús hace que desbordemos en alabanza, y el Espíritu da su fruto en nuestras vidas para que sea Dios quien reciba toda la gloria.


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